Las primeras vides que llegaron a Canarias se plantaron en la isla de Lanzarote. Fue entre el año 1402 y el año 1415. Pasó a la historia como la Viña de Aníbal en honor de quién la plantó, un tal Aníbal que era hijo del conquistador Gadifer de La Salle.
Posteriormente, en 1457, un portugués llamado Fernando de Castro plantó vides en Tenerife. Luego le tocó el turno a la isla de el Hierro de la mano de un inglés llamado John Hill. A partir de esas primeras plantaciones se extendió su cultivo por el resto de islas.
La uva se adaptó a nuestro suelo volcánico y a nuestro clima y a partir de ella se empezó producir muy bien vino que cautivó tanto a las por aquellos años colonias españolas, las portuguesas e ingleses y el norte de Europa. Sobre todo, las variedades de Malvasía y el Vidueño.
Esa bonanza económica hizo que se destinaran mas tierras a plantar uvas y se plantaran menos productos para alimentar a los canarios, lo que generó falta de comida a la población local. No se si les suena esa circunstancia a lo que está pasando en la actualidad, en el que turismo hace que tengamos menos casas para vivir nosotros.
Al abrigo del vino muchos extranjeros se establecieron en Canarias, dando origen a una nueva clase social, la burguesía. En las islas empezó a entrar una gran cantidad de dinero que, por supuesto, no repercutió en los canarios de a pie, algo parecido a lo que pasa con el monocultivo actual, el turismo.
La muerte de nuestra relación del vino fue causada por una combinación de factores. El primero de ellos ocurrió en 1666. Los británicos crearon una compañía para monopolizar la compra de vino canario y poder así obtener mejores precios. En Garachico un grupo de entre trescientas y cuatrocientas personas enmascaradas para no ser descubiertas atacaron las bodegas británicas y destruyeron los toneles derramado el vino por las calles. En respuesta el rey de Inglaterra prohibió la compra de vino isleño.
A eso se le sumó que estos estaban mal de dinero y cuando se empezó a comprar de nuevo vino le pusieron altos impuestos para poder ser vendidos tanto en el Reino Unido como en sus colonas.
España no solo no hizo nada para presionar a los ingleses para que bajaran los impuestos, sino que también intervino para intentar acabar con el vino canario. Los exportadores peninsulares se quejaron ante el rey del trato preferente que recibía el vino canario, por lo que presionaron a la monarquía para que los suprimiera. La Corona les hizo caso y limitó los puertos americanos donde podíamos vender nuestro vino.
Estábamos ante el principio del fin del vino canario.

La situación internacional vino a dar algunos años de respiro a la economía canaria. Napoleón ordenó el bloqueo comercial a Gran Bretaña, esperando que esa decisión arruinara su economía. Los puertos canarios se convirtieron entonces en un lugar neutral donde navegaban buques de diferentes nacionalidades llevando y trayendo mercancías de difícil control por parte de Francia y de España, que también se sumó al embargo. Entre las mercancías que se saltaban el embargo y llegaban a Gran Bretaña estaba nuestro vino. En el año 1814 se firma la paz entre Francia y los ingleses y ya pueden llegar otros vinos a Gran Bretaña, mas baratos que el nuestro. De la noche a la mañana nos vimos con un montón de vides plantadas y sin comprador para el vino que se elaboraba con ellas y entramos en una nueva crisis económica, hasta que volvimos a aportar por un nuevo monocultivo, la cochinilla.
Todo indica que no aprendimos con lo que nos pasó con el vino, y que antes no había pasado ya con la caña de azúcar, y seguimos en pleno siglo XXI en las islas “poniendo los huevos en la misma cesta”




