Dos meses después del inicio de los bombardeos de EE.UU. e Israel contra Irán, el conflicto ha entrado en una fase de parálisis diplomática tan delicada como la propia guerra. El mundo contiene la respiración mientras Pakistán intenta lo que Washington y Teherán no han podido hacer solos: sentar a las dos partes a negociar de verdad. Según fuentes familiarizadas con el proceso de mediación, las posiciones no están tan alejadas como aparentan públicamente, aunque los gestos sobre el terreno cuentan una historia distinta: bloqueos navales, misiles y el estrecho de Ormuz semicerrado siguen sacudiendo a la economía mundial. El presidente Donald Trump, por su parte, afirmó esta semana durante una cena con el rey Carlos III que Irán ha sido “vencido militarmente”.
El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, confirmó que el organismo dispone de imágenes satelitales que muestran los efectos de los ataques aéreos sobre las instalaciones nucleares iraníes bombardeadas en junio pasado durante los 12 días de guerra inicial. Mientras tanto, la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos denunció que al menos 21 personas han sido ejecutadas en relación con las protestas de enero de 2026, y que más de 4.000 individuos permanecen detenidos por cargos relacionados con la seguridad nacional.
El Pentágono advirtió de que podría tardar hasta seis meses en despejar completamente el estrecho de minas una vez termine el conflicto, mientras expertos del sector marítimo alertan de que el comercio de fertilizantes ya se está reduciendo, lo que amenaza con convertir la crisis energética en una crisis alimentaria de alcance global. China, por su parte, observa atentamente: funcionarios iraníes han barajado fijar el precio de algunos envíos de petróleo en yuanes, una señal de que el orden financiero internacional también está en juego. La mediación pakistaní representa hoy la opción más concreta sobre la mesa para evitar que la tregua actual derive en una nueva escalada.




