Recuerdo aquel día de finales de noviembre de 2023. Después de tomar dos aviones y llegar por fin a Gran Canaria para pasar unos días de descanso en mi tierra, recibí el mensaje de mi amigo Félix, natural de La Laguna. Cuando él me envía algo, casi siempre tiene relación con mi investigación.
Entraba en casa y noté que el móvil no paraba de vibrar. Dejé las maletas en medio de la entrada, me senté un momento y empecé a leer.
La noticia era fascinante: se habían puesto a disposición miles de manuscritos antiguos conservados en una colección británica conocida como los Prize Papers. No eran otra cosa que cartas, documentos comerciales y papeles privados incautados por buques ingleses durante el apresamiento de embarcaciones enemigas.
Entre aquellos fondos podían aparecer historias interrumpidas: viajes que nunca llegaron a destino, cartas que jamás alcanzaron a sus destinatarios, negocios detenidos en mitad del mar y nombres que, durante siglos, habían quedado atrapados en los archivos.
Aquello me llamó la atención de inmediato. Si esos documentos procedían de barcos capturados, y si muchos de ellos pertenecían al tráfico atlántico del siglo XVIII, era posible que entre sus páginas aparecieran conexiones con Canarias.
Y así fue.
Uno de esos documentos mencionaba una embarcación llamada Franciscus de Hamburgo, que había salido de Tenerife con destino a Dunkerque en junio de 1744. El viaje, sin embargo, quedó interrumpido el 12 de junio de ese año, cerca de Beachy Head, en la costa sur de Inglaterra, cuando la nave fue capturada por el Dover, bajo el mando de James Gravener.
Lo que al principio parecía una simple noticia de archivo empezaba a abrir un nuevo campo en la investigación: Tenerife, Hamburgo, Dunkerque, Inglaterra. Una ruta comercial europea atravesada por la guerra, el comercio y la correspondencia privada.
Entre los papeles incautados aparece una carta fechada en San Cristóbal de La Laguna el 8 de marzo de 1744 y firmada por Amaro Rodríguez Felipe. El documento iba dirigido a la viuda de don Thomas Richter, en Hamburgo, por medio de su hijo don Zacharias Richter.
La transcripción parcial permite determinar varios aspectos relevantes. El primero es evidente: Amaro tenía conocimiento del fallecimiento de Thomas Richter y mantenía relación comercial con la casa familiar a través de sus herederos.
El segundo resulta aún más interesante. La carta no parece indicar que la mercancía destinada a los Richter viajara necesariamente en el mismo barco en el que fue interceptada la correspondencia. Más bien apunta a una operación comercial ya en marcha, en la que Amaro actuaba como vendedor o exportador desde Canarias hacia el norte de Europa.
Ese matiz es importante. No estamos ante un comerciante canario comprando mercancía alemana, sino ante Amaro enviando efectos desde las islas para su venta en Hamburgo. Entre los productos mencionados aparecen varios cajones de cera blanca y lienzos, distribuidos en distintas embarcaciones. La operación parece realizarse a crédito o, al menos, bajo consignación, pues se solicita que los efectos se vendan “según convenga” y que después se informe de los precios obtenidos y del importe resultante.
La transcripción parcial permite leer lo siguiente:
A la viuda de don Thomas Richter, en Hamburgo,
por medio de su hijo don Zacharias Richter.
Muy señora mía:
respondo a su carta fechada el 19 de febrero de 1743,
en la que se acusa recibo de la mía anterior,
en la que incluía una relación […] para su cobro.
Le doy las gracias por […]
y por la confianza depositada en mi persona y en el negocio.
En las embarcaciones en las que se envían estos efectos
van incluidos varios cajones
de cera blanca y lienzos.
Asimismo, se solicita
que se entreguen correctamente
y se proceda a su venta
según convenga.
Se pide que se informe de los precios obtenidos
y del importe resultante.
También se envían otros efectos,
y se ruega que se atienda todo lo relativo a su gestión.
Y ruego a Dios que guarde a usted muchos años.
La Laguna, 8 de marzo de 1744.
Amaro Rodríguez Felipe.



La casa Richter pertenecía a una familia integrada en la élite mercantil del norte de Europa, con base en Leipzig y presencia en Hamburgo, vinculada a redes comerciales consolidadas y con capacidad de operar en distintos mercados. Es decir, Amaro no escribía a un destinatario de dudosa reputación, sino a una estructura mercantil con peso en el comercio europeo.

También resulta significativo que Amaro escribiera en español a una casa alemana. En el comercio internacional del siglo XVIII esto era habitual: las grandes casas mercantiles trabajaban con agentes, intérpretes o empleados capaces de leer, traducir y gestionar correspondencia en distintas lenguas. La carta, por tanto, no solo habla de mercancías. Habla de intermediarios, de crédito y de una economía transnacional plenamente operativa, que anticipa, en muchos aspectos, dinámicas que hoy asociamos a la globalización.
Resulta interesante que la carta esté escrita desde La Laguna. El hecho de que firme en la ciudad no solo permite situarlo físicamente en su entorno habitual de trabajo en la Calle Real, sino que invita a replantear su lugar de residencia en ese momento.
Pero este detalle va más allá de una simple cuestión geográfica, pues sitúa a Amaro, con cerca de sesenta y seis años, en el centro de su actividad, plenamente operativo a una edad en la que cabría esperar una retirada. Permite entender también que, lejos de apartarse, seguía directamente implicado en sus operaciones comerciales.
La importancia del documento está precisamente ahí. Estamos ante una prueba directa de que Amaro Pargo, décadas después de sus años más conocidos como hombre de mar, continuaba operando dentro de una red comercial internacional.
Una última etapa de su vida que no solo conecta Canarias con una de las casas de comercio más relevantes del norte de Europa, sino que obliga a replantear la verdadera dimensión de su figura.




