miércoles, 6 mayo, 2026

Nunca pensé que responder “luego te digo algo” tuviera tantas consecuencias

Hay una frase que he utilizado durante años con una ligereza que ahora me parece irresponsable: “luego te digo algo”.

Durante mucho tiempo fue una herramienta útil. Una especie de comodín social que te permitía ganar tiempo, evitar compromisos inmediatos y, sobre todo, no enfrentarte a decisiones en caliente, que es algo que siempre he llevado regular.

El problema es que uno empieza a usarla sin darse cuenta de que tiene efectos secundarios.

Porque “luego te digo algo” no significa lo mismo para todo el mundo.

Para ti, significa:
“Voy a pensarlo con calma, ver cómo me encuentro, valorar opciones, y ya si eso te contesto.”

Para la otra persona, en cambio, puede significar:
“Está dudando, pero seguramente dirá que sí.”
O peor aún:
“Ya me ha dicho que no, pero no se atreve.”

Ahí empieza el conflicto.

Recuerdo una vez que dije esa frase un martes. Un martes completamente normal, sin nada destacable. Me invitaron a un plan para el sábado, algo razonable, nada fuera de lo común. Yo respondí con naturalidad:
“Luego te digo algo.”

El sábado llegó.

Y yo no había dicho nada.

No porque no quisiera ir. Tampoco porque quisiera. Simplemente lo había ido posponiendo mentalmente hasta que la decisión dejó de existir como tal y se convirtió en una especie de ruido de fondo.

A las seis de la tarde recibí un mensaje:
“¿Entonces vienes?”

Ese “entonces” tenía una carga emocional importante. No era una pregunta. Era una evaluación de mi comportamiento reciente.

Respondí con lo primero que se me ocurrió:
“Estoy un poco liado, te digo en un rato.”

Ese “en un rato” fue, probablemente, el punto de no retorno.

Porque cuando duplicas el aplazamiento, ya no estás ganando tiempo. Estás construyendo un problema.

Finalmente no fui. No por decisión consciente, sino porque el tiempo pasó lo suficiente como para que ir dejara de ser una opción lógica. Apareció ese momento incómodo en el que ya no sabes si presentarte, disculparte o desaparecer dignamente.

Elegí desaparecer.

No es mi mejor rasgo, pero es honesto.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que esta frase no solo afecta a los demás, sino también a uno mismo. Porque cada “luego te digo algo” que no resuelves se queda ahí, ocupando espacio mental. Como una pestaña abierta que no cierras nunca.

Y llega un punto en el que tienes demasiadas pestañas abiertas.

Mensajes sin responder, planes en el aire, decisiones aplazadas… Todo convive en una especie de limbo que uno intenta ignorar, pero que aparece en los momentos menos oportunos. Por ejemplo, cuando estás tranquilo en casa pensando que no tienes nada pendiente.

Error.

Siempre hay algo pendiente.

Lo más curioso es que la solución es bastante sencilla: responder. Decir sí o no. Tomar una decisión, aunque no sea perfecta.

Pero claro, eso implica asumir las consecuencias. Y ahí ya no estamos tan cómodos.

Porque decir que sí implica compromiso.
Y decir que no implica cierta incomodidad.

Así que seguimos usando el “luego te digo algo” como si no pasara nada.

Como si no fuera acumulándose.

Como si en algún momento, mágicamente, todas esas decisiones se fueran a resolver solas.

No ocurre.

Ahora intento usar menos esa frase. No siempre lo consigo, pero lo intento. A veces incluso respondo en el momento, lo cual me sigue pareciendo una conducta un poco temeraria.

Pero efectiva.

Porque hay algo liberador en cerrar las cosas. En no dejar todo en el aire. En saber que, al menos por una vez, has tomado una decisión y la has comunicado.

Aunque luego no sea la correcta.

Porque, al final, lo realmente incómodo no es equivocarse.

Es quedarse eternamente en ese “ya te diré algo” que nunca llega.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Escritor canario con amplia trayectoria en comunicación digital. Apasionado de la música, la cultura popular y el mundo del motor, colabora en Página 13 con las secciones La Mirilla, Música y Érase una vez, donde combina el rigor informativo con una mirada personal y cercana. Director y cofundador de Página 13. Impulsor del periodismo independiente en Canarias desde una perspectiva crítica y comprometida con la calidad editorial.

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