En la calle San Agustín, en pleno casco histórico de La Laguna, la Casa Lercaro reúne dos relatos que parecen hechos para convivir: el de una residencia señorial que ha atravesado siglos de cambios en Tenerife y el de una joven que, según la tradición, sigue vagando por sus pasillos.
La familia Lercaro, originaria de Génova, llegó a Tenerife tras la conquista y prosperó gracias al comercio y a sus vínculos con las principales familias de las islas. La construcción del palacio comenzó a finales del siglo XVI; el Ayuntamiento de La Laguna sitúa su inicio en 1593, por iniciativa de Francisco Lercaro de León, y señala que se levantó sobre un solar donde antes estuvo la vivienda del escribano Gaspar Justiniano.
Una casa con huella italiana
La fachada combina mampostería y piedra, con una portada de inspiración genovesa en la que destacan el escudo familiar y sus elementos decorativos. En el interior, la vivienda se organiza alrededor de patios y galerías de madera. La escalera de piedra, los artesonados y los esgrafiados recuperados durante la restauración muestran tanto el carácter acomodado de sus antiguos moradores como la influencia italiana en la arquitectura lagunera.
El palacio no permaneció siempre como residencia familiar. Con los años tuvo distintos usos, entre ellos alojamiento militar, aulas, escuela y talleres. Tras su restauración, abrió como museo en diciembre de 1993. Hoy es una de las sedes del Museo de Historia y Antropología de Tenerife, que conserva, investiga y difunde colecciones sobre la evolución institucional, social, económica y cultural de la isla, desde los siglos XV al XX.
La historia de Catalina
La leyenda más conocida sitúa en la casa la tragedia de Catalina Lercaro. Según el relato transmitido oralmente, la joven fue obligada a casarse con un hombre mayor al que no amaba y, vestida de novia, se arrojó a un pozo del patio. La historia añade que su fantasma permanece en el edificio.
Pero el relato no está acreditado como un hecho histórico. La información turística municipal indica que las investigaciones del museo no han podido confirmar documentalmente la historia ni la identidad de Catalina. Además, en los registros parroquiales consultados, no aparece una Catalina Lercaro de la época que encaje con la leyenda.
Quizá hay una posible inspiración: Úrsula María de los Remedios, nacida en 1695, se casó con Pedro de Nava y murió de forma repentina dos años después. No hay pruebas de que sea la mujer de la leyenda, pero la coincidencia de algunos elementos pudo alimentar, con el paso del tiempo, una historia distinta y más inquietante.
La Casa Lercaro sigue despertando curiosidad precisamente por esa mezcla: una arquitectura que permite asomarse a la vida de otra época y un misterio que pertenece, por ahora, al terreno de la tradición. Sus salas cuentan la historia documentada de Tenerife; la leyenda de Catalina recuerda cómo, a veces, una ciudad también conserva lo que no ha podido demostrar.



