Antes de empezar a poner «negro sobre blanco» en esta historia, he estado haciendo memoria, tirando de recuerdos más que en otras ocasiones para centrar con claridad la fecha del acontecimiento, en una especie de reto mental. Aunque, como también me ha ocurrido otras veces, si el recuerdo no es fiel al ciento por ciento, tampoco vamos a regañarle.
Lo importante son los recuerdos de lo sucedido vistiendo aquel pantalón beis de pinzas, que llevaba puesto en esa ocasión.
Era noviembre; en un par de días cumpliría años. Dieciséis. Me vienen a la mente un par de regalos que en esas fechas me hicieron: un soldador de estaño de punta fina, una camisa de cuadros y el libro Arena y espuma, de Khalil Gibran.
Tras un largo rato después de comer, logré convencer a mis padres, con la ayuda de mi tío Julio, que había venido a almorzar con nosotros, de que me dejaran ir al cine, al ya desaparecido Cine Numancia, lugar por excelencia del cine de Arte y Ensayo. No pude dar muchas pistas sobre la película que pretendía ir a ver; solo tenía referencias de su director dadas en clase por don Fernando Bello, a la sazón mi profesor de la asignatura de Lingüística aquel año.
Era fumador empedernido, podíamos fumar en clase tanto docentes como alumnado, pero solo los de COU, “lo tengo delante” con su traje de chaqueta color mostaza, sus gafas redondas de “casi alambre”, su voz profunda y su “erre que erre” con Ferdinand de Saussure.
Para Saussure, decía D. Fernando, la lengua no es simplemente una colección de palabras que nombran cosas, sino un sistema de signos en el que cada elemento adquiere su valor por la relación que mantiene con los demás.
Volvamos a la sala de mi casa.
—Creo que la peli va de unas hermanas y una madre enferma o algo así.
Y apuntillé desde mis dieciséis años:
—Ya sabemos todos cómo es el cine de Bergman.
Y me quedé más ancho que alto.
Iba a ir con uno de los mejores amigos que he tenido; y lo digo así, en pasado, porque juntos hicimos todo el bachillerato, COU y luego la carrera. Y, si tengo que explicar qué pasó, porqué dejamos de vernos, no tendría claro lo que debió de suceder. Dejémoslo así.
Mi madre no las tenía todas consigo. Ir al pase de las 22:30 y luego subir hasta el barrio caminando.
—¿Por qué no cogen un taxi? —dijo.
—Mamá, que ya tengo dieciséis años.
Mi tío se “dejó caer” con dos billetes de cien pesetas, aprovechando que coincidimos en la cocina a buscar unos vasos.
—¡Qué por perras no sea!
Y me los metió en el bolsillo.
Yo no veía la hora de que fuera el momento de tirar pá Santa Cruz.
A las ocho y media, Juan A. pasó por casa. Aguantamos consejos y recomendaciones y salimos a la calle. Decidimos bajar caminando y parar a comer unos perritos calientes en la Rambla.
Teníamos tiempo. Juan A. llevaba una camisa verde claro, creo recordar, un pantalón de pinzas gris y un suéter al cuello de punto grueso. Yo, un suéter de cuello alto beis, casi del mismo color que mi pantalón de pinzas, y una rebeca de punto inglés blanca.
Para una fotografía. Pues sí, me acuerdo. Me acuerdo perfectamente.
Amigos comunes, compañeros del instituto, nos habían dicho que, en la sesión de esa hora, los porteros hacían más la vista gorda y no pedían el carné. Eso nos tenía algo preocupados, más a mí, ya que Juan A., con su bigote y su perilla rubios y sus “casi” dieciocho años, daba la talla sin problema.
Dos perritos y una Fanta después, ya íbamos con la idea de que, si me paraban a mí, Juan A. tampoco entraría e intentaríamos vender las entradas en la cola para no perder el dinero.
Ya estábamos a unos metros de la cola, que en ese momento eran dos o tres personas. Dos entradas, por favor.
Vamos allá.
Respiré hondo, alargué el brazo con la entrada en la mano y di las buenas noches al portero.
—Adelante, señor. Que disfrute de la película.
Si lo dijo o no con retintín, no lo sé, pero estaba dentro, en el hall del cine, fumando —¡ay, Dios!, el jodido cigarrito—, de pie con Juan A. alrededor de un cenicero dorado, cuando sonó el timbre del primer aviso.
Allá vamos.
¡Viva el Arte y Ensayo!
La peli iba de cuatro mujeres, tres de ellas hermanas, que se reúnen porque una de ellas está por morir de cáncer. Recuerdo también que dominaba mucho el color rojo en los decorados. Nos llamó mucho la atención la relación entre la enferma y su criada, con escenas de sexo un tanto explícitas. ¡Por eso era la película de Arte y Ensayo!
La actriz que encarnaba a otra de las hermanas también hacía, creo recordar, de la madre de ellas. La peli iba para atrás y para adelante en el tiempo y no nos aclarábamos de cuándo sucedían las cosas ni a quién.
Qué bueno que, tiempo después, gracias a sor Olga, durante la carrera, supimos que aquellos saltos en el tiempo, y aquel p’alante y p’atrás, se llamaban “flashbacks”.
La práctica totalidad de la película transcurría dentro de la casa; me recordaba a aquellos programas que echaban por la tele, los miércoles y luego los viernes: Estudio 1.
Y también recuerdo escenas de “primerísimos primeros planos”. Gracias, de nuevo, sor Olga. Me ponían nervioso y angustiado.
Al final de la peli se pasean las tres hermanas, ¿pero una no estaba muerta?, vestidas de blanco, me parece, por un prado o unos jardines.
En fin, salimos de la sala con aires de entendidos, sin haber entendido una mierdita.
—¿Cogemos un taxi en la Rambla?
—Naaa, déjalo. Vamos caminando y así comentamos y nos despejamos un poco.
—¿Cuál venimos a ver el domingo con la gente?
Lo tuvimos claro: Y si no… nos enfadamos, de Bud Spencer y Terence Hill, los de Le llamaban Trinidad.
¡Viva el Arte y Ensayo!



