viernes, 2 octubre, 2026

Gaspar Hernández, el «Oscar Schindler guanche»

Cuando terminó la conquista militar de Tenerife, los nativos y los conquistadores castellanos, junto a los primeros colonos portugueses, genoveses y de otros orígenes, no se relacionaron de igual a igual. El trato pasaba por unos pocos personajes de la antigua sociedad isleña que entendieron lo que traerían la conquista y la posterior colonización castellana, y eso les valió cierto acomodo en la nueva comunidad.

Muchos fueron héroes para los suyos: suavizaron en parte el trauma de la conquista y les evitaron el peor destino de un ser humano, la esclavitud.

Entre ellos estaban el gomero Fernando Aguaberque; los canarios Juan Delgado, Fernando Guanarteme (II), Juan Vizcaíno, Juan Doramas y Juan Bermudo; y los guanches Gaspar Hernández, Fernando Tacoronte, la familia de los Ibaute y Andrés de Güimar. Fueron quienes mejor se adaptaron. Supieron sacar partido, con inteligencia, a los restringidos derechos que les quedaron tras la conquista por su condición de nativos.

Una parte de esta población indígena entendió pronto que sobrevivir pasaba por usar en su beneficio, y en el de las familias guanches, las herramientas institucionales y religiosas a su alcance. Una de las primeras lecciones fue el valor que los castellanos daban a los actos protocolarios que registraban los escribanos. Los nativos hicieron suyo el dicho de que «las palabras se las lleva el viento» y se acostumbraron a dejar por escrito, en el papel de las escribanías de la isla, sus actividades sociales, económicas, jurídicas y religiosas de las décadas posteriores a la conquista.

Lo que quedó en las escribanías

Buena parte de la vida social de los nativos quedó reflejada en esos papeles. Los guanches que siguieron viviendo en Tenerife otorgaron hasta 1525 alrededor de un millar de documentos, que dan valiosa información sobre cómo se adaptó este grupo a la nueva sociedad.

La mayoría trata de dinero en obligaciones, arrendamientos, ventas y un buen número de poderes para cobrar y saldar deudas. Otros muestran sus relaciones sociales con donaciones entre guanches, pleitos para hacer respetar sus derechos económicos, cartas de dote y tutelas con las que las familias protegían sus bienes. Están también los testamentos, con los que intentaban ponerse a bien con la Iglesia cristiana y con el dios que se había impuesto en la isla, aunque muchos, 50 años después de la conquista, seguían venerando a las deidades de sus antepasados.

Gaspar Hernández, héroe olvidado

Gaspar Hernández, que en algunos documentos aparece también como “Gaspar Guanche», fue un héroe de su tiempo. Intentó proteger a los nativos de los atropellos de los colonos y organizó con otros naturales una amplia red de apoyo económico y jurídico. Fue uno de los que conectaron a guanches, canarios y gomeros con las directrices de la nueva sociedad tinerfeña. Dejó huella en los archivos con el 7% de la documentación que los guanches protocolizaron en Tenerife hasta 1525, la otorgó él.

Algunos investigadores lo han relacionado con la familia del Mencey de Abona, pero en los casi cien documentos de la época en los que aparece como otorgante, fiador, testigo o familiar nunca dejó constancia de ese supuesto linaje. De haber existido, esa vinculación habría dejado algún rastro, como ocurrió con los descendientes de los menceyes de Abona, Anaga o Adeje, que siempre lo hicieron constar en sus actos protocolarios para beneficiarse de su condición de herederos de la nobleza indígena.

Gaspar fue un guanche horro, es decir, liberado de la esclavitud, posiblemente de la comarca de Abona y de origen humilde. Así lo sugieren los documentos de sus vínculos de parentesco en esa parte de la isla y el hecho de que ningún noble nativo corriera la suerte de ser esclavizado. Las primeras noticias sobre él y sus hermanos, Pedro Bueno y Elvira, los sitúan como esclavos del Adelantado Alonso Fernández de Lugo, conquistador de La Palma y de Tenerife.

El Adelantado, practicó esclavizaciones indiscriminadas y actuaciones arbitrarias con los repartimientos de tierras, que le trajo más de un quebradero de cabeza en la corte en varias ocasiones después de la conquista. Quería que los guanches, canarios y gomeros supervivientes no estorbaran el desarrollo de la nueva sociedad que los europeos imponían en las islas. Con ese fin se sirvió de muchos de ellos haciéndoles creer que merecían su confianza y, como en el caso de Gaspar Hernández, les dio la libertad para poner en marcha la colonización del territorio recién conquistado.

Dentro de esta estrategia política del Adelantado, incluía tomar a su servicio a los naturales que podían serle más útiles para extender el control de la nueva sociedad sobre el resto de la población nativa y para atraerla hacia los nuevos centros poblacionales y económicos. Mantener «aliados» guanches y aprovecharlos para controlar a los demás supervivientes, poniéndolos al servicio y sostén de la nueva sociedad, fue una de las razones por las que el Adelantado tuvo que repartir entre canarios, gomeros y guanches el 12% de las tierras que se distribuyeron en Tenerife entre 1496 y 1525.

Guanches, canarios y gomeros eran sobre todo ganaderos, y en el caso de los guanches la isla misma era el objeto de la conquista y el reparto. Ambas cosas les cerraban el camino como campesinos en el proceso colonizador. El Cabildo los empleó en las explotaciones ganaderas de los conquistadores, no solo como pastores sino también como intendentes de su patrimonio, porque los colonos no conocían como desarrollar el ganado caprino en la isla. Muchos indígenas aprovecharon esa ventaja en beneficio propio y de sus hermanos de sangre, como Gaspar Hernández o Fernando de Tacoronte, que llegó a ser veedor de ganado del Cabildo de Tenerife.

Gaspar no participó directamente en la organización de la ganadería que impuso el Cabildo, como sí hizo Tacoronte, pero fue una de las figuras que más pesó en la integración del resto de los guanches en la nueva sociedad. Tras la conquista y su liberación se instaló con su mujer, Catalina Francés, en la villa de Arriba de La Laguna.

Allí tuvo por vecinos a miembros destacados de la nueva sociedad, como Ybone Fernández o el regidor Guillén Castellano, y a otros guanches residentes en la villa de San Cristóbal: Francisco Tacoronte, Antón Guanche, Alonso de Bonilla, Fernando Tacoronte, María Fernández (también llamada de Güimar) y Diego de Güimar, entre otros.

Desde aquella incipiente villa, Gaspar tejió vínculos con los guanches que intentaban rehacer su vida tras la conquista militar en Anaga, Tegueste, Taoro, Güimar y Abona.

Esos lazos pasaban por sus actividades económicas, y buscaban más ayudar a sus paisanos que enriquecerse. Gaspar había sufrido la esclavitud en carne propia y la combatió con todo su esfuerzo y con los medios a su alcance durante el resto de su vida.

Trabajó sobre todo con ganado caprino y porcino, repartió ropa y calzado entre la población indígena y llegó a hacer de intermediario en el comercio de cereal entre Tenerife y La Palma. Todo eso descansaba en la posición económica cómoda que se labró en las primeras décadas del siglo XVI y tenía como fin vincular a los guanches con la nueva sociedad y apoyar a sus hermanos de etnia en todo lo que pudiera. No se pueden separar sus negocios de su labor a favor de los nativos. Eran un solo conjunto, y su objeto era mejorar las condiciones de subsistencia de parte de los habitantes nativos.

Compromiso con la libertad

Esa habilidad para lograr estabilidad económica y cierto poder social cuajó en 1505, cuando Alonso de Lugo le dio en repartimiento 400 fanegas de tierras de sequero en Abona, en lo que hoy es el municipio de Granadilla de Abona, junto con su libertad.

Era una zona amplia, poco apta para el cultivo europeo, pero decisiva para los guanches y los gomeros avecindados en Tenerife tras la conquista, por tres motivos.

Primero, porque su lejanía de los centros de la nueva sociedad les permitía seguir con sus formas de vida relativamente aislados, lo que hizo menos traumáticas las últimas etapas de la colonización del territorio, y los guanches alzados en las cumbres podían encontrar allí cierto refugio. Segundo, porque era un área tradicional de pastoreo guanche. Y tercero, porque las ordenanzas del Cabildo habían expulsado de otras zonas de la isla los ganados de gomeros y guanches. Por eso las medianías del sur de Tenerife, desde las lomadas de Agache, Icor y Abona, se convirtieron tras la conquista en un área de concentración de población indígena.

Pese a la distancia, la zona tenía una comunicación relativamente fluida con los núcleos que fundaron los castellanos. Los contactos pasaban por los amplios vínculos familiares de Gaspar y de otros guanches notables, sobre todo por sus yernos Juan Alonso y Francisco Fernández, que vivían habitualmente allí.

Con las tierras que recibió en datas en Abona, Anaga y Tegueste, Gaspar no tardó en ser un referente para los guanches que vivían en Tenerife e incluso en La Palma.

En 1509, ante la escasez de trigo en esa isla, compró a su vecino lagunero Ybone Fernández 51 fanegas (unos 10.800 kilos) por 10.200 maravedíes para llevarlas allí. En La Palma había una comunidad de guanches desterrados de su isla por las autoridades coloniales, entre ellos Francisco del Castillo y Juan Vizcaíno. Con algunos de ellos estaba emparentado Gaspar.

Antes de partir hacia La Palma, en el verano de 1509, formó compañía con el canario Lucas Alonso para rescatar al esclavo guanche Pedro de Santana. A su regreso, a finales de año, liberó a otro esclavo guanche, Alonso Felipe. Empezaba así lo que sería una constante de su vida al rescatar a los guanches, canarios y gomeros esclavizados, dentro y fuera de Tenerife.

Para conseguirlo se valía de la riqueza que iba acumulando. Compraba a los esclavos nativos a sus dueños, los hacía de su propiedad y después les otorgaba carta de ahorría, el documento de libertad, y les daba trabajo con el ganado. A cambio, los liberados debían aportar parte de los ingresos de ese trabajo para pagar la libertad de otros esclavos indígenas.

Sus negocios y su labor social iban de la mano. En julio de 1509 tomó en renta del vecino Juan Zapata 100 puercas parideras de dos y tres años, por un año a contar desde la Navidad de 1509. Para atender a los cochinos contrató al guanche Juan de Tacoronte por el mismo tiempo que duraba el arrendamiento. Gaspar se aseguraba así la mitad de las crías, como fijaba el contrato. Tacoronte entraba a soldada por 5.000 mrs. anuales, más ropa y comida, como se disponía para los pastores guanches, y con ello cumplía las normas de la nueva sociedad y se ponía a salvo de los excesos y la violencia de las leyes contra los indígenas.

Esas normas obligaban a «que todos los guanches horros se poseyesen a soldada y que saliesen de donde andan alzados y fuera de poblado, con cargo que no cumpliéndolo serían cautivos».

El Cabildo las pregonaba desde 1500 y las repitió en 1504 y 1507.

La solidaridad de Gaspar y de otros guanches libres, como Fernando Delgado, los llevó a presentarse como fiadores de Diego, un esclavo guanche que había sido capturado, herrado en la cara y encarcelado por Juan Enríquez de Guzmán para venderlo al regidor Andrés Suárez Gallinato por 30.000 mrs., por no cumplir esas normas. Gaspar y Fernando afianzaron con 100 doblas de oro la salida de Diego de la cárcel, aun sabiendo que volvería a alzarse en las montañas. Un año después, Diego reapareció y quedó rescatado de la esclavitud de forma definitiva cuando el yerno de Gaspar, Alonso González, y los naturales Antón de los Frailes y Diego de Armas lo compraron a Suárez Gallinato por 60 doblas de oro.

Esa trayectoria le granjeó reconocimiento, prestigio y afecto entre la gente de sangre nativa. Lo prueban las cartas de poder que le otorgaron Miguel de las Hijas, Juan Fernández, Francisco Fernández, Alonso González, Hernando Castellano y Juan Gutiérrez; su presencia como albacea en los testamentos de Fernando de Tacoronte, Juan Alonso y Juan Gutiérrez; y las curadurías que ejerció sobre los menores de Pedro Bueno, Juan de Vera, Francisco Fernández y Juan del Hierro.

Rebaños y enemigos poderosos

Esos lazos lo pusieron a la cabeza de un extenso grupo de familias guanches y lo llevaron a reunir importantes rebaños. El ganado que gestionaba superaba con creces las 3.000 cabezas de caprino, entre cabras y cabritos de un año, a las que se sumaban medio centenar de cochinos, una treintena de burros, una decena de novillos y cinco bueyes. Para explotarlo tomaba ganado a medias de conquistadores y colonos, contratando a antiguos esclavos indígenas para que lo atendieran. Pero lo más habitual era arrendar sus animales a otros naturales, guanches, canarios y gomeros, por una renta anual del 15%.

Su especialización ganadera, su ascenso económico y sus múltiples lazos con los indígenas supervivientes fueron aprovechados por las instituciones eclesiásticas.

Querían extender su brazo recaudador y cristianizador hasta las comarcas más recónditas, adonde un recaudador del diezmo foráneo no habría podido llegar y habría sido incapaz de cobrar, incluso podría costarle la vida. Gaspar, por su parte, usó esos cobros para conseguir beneficios para los recién bautizados y para tener a la Iglesia de su lado.

Lo necesitaba. La acumulación de riqueza, y sobre todo el uso que daba a buena parte de sus ingresos, habían despertado el recelo y la indignación de Alonso Fernández de Lugo, que se declaró abiertamente enemigo de su persona y de su hacienda. Mantuvieron varios pleitos porque el Adelantado hacía capturas arbitrarias y sometía a esclavitud a indígenas que Gaspar Hernández había liberado y bautizado.

Los beneficios del ganado siguieron destinándose al rescate de nativos esclavizados, a comprar ropa y calzado para vestir a los pastores nativos y a adquirir cereal con el que completar su dieta. Las compras las hacía a mercaderes como Juan Sánchez o Jaime Joven. En total, Gaspar dedicó más de 125.000 mrs. a cumplir las obligaciones de su papel de defensor del extenso grupo de naturales que encabezaba.

El análisis de sus pagos muestra cuáles eran sus prioridades. El 37% fue al rescate de sus hermanos de etnia esclavizados. Otro 35% se fue en grandes cantidades de ropa, calzado y cereal, imposibles de consumir por una sola persona o por su familia, lo que confirma su compromiso. La ropa y el calzado llegaron a costar 12.000 y 15.000 mrs., una suma desorbitada para prendas de vestir en aquella época.

En el sur de la isla, los contratos de arrendamiento de ganado y la mediación de Gaspar libraron de la esclavitud a parte de la población nativa. En el norte, sus esfuerzos fueron en la misma dirección para que las nuevas instituciones, con el apoyo del poder eclesiástico, respetaran el patrimonio económico y los derechos sociales de los grupos nativos que vivían alrededor de los asentamientos europeos.

Un ejemplo es el del guanche Juan Gutiérrez, cuyo testamento tras su muerte hizo Gaspar como apoderado e intérprete. Gutiérrez había enfermado en la fuente de los Castrados, en Taoro (La Orotava), donde no había escribano que recogiera su última voluntad, y menos aún en su lengua nativa. Muchos indígenas de cierta edad, aun bautizados, seguían sin hablar castellano 30 años después de acabada la conquista, pero se apresuraban a testar, incluso donde no había escribanos, con un intérprete de confianza en el acto final de la confesión.

Así intentaban que las autoridades respetaran los derechos de la familia del difunto.

Un testamento sin tierras y una memoria larga

 

Al final de su vida, Gaspar testó varias veces. El último testamento es de 1521, aunque murió en 1529. Nombró albaceas a su vecino Ybone Fernández y a su mujer, Catalina Francés. Sus herederas fueron sus hijas Elvira, Juana, Catalina e Inés, siguiendo la tradición nativa de transmitir el patrimonio por vía matrilineal, una vez apartada la mitad de los bienes, que correspondía a su mujer.

Legó ganado, cereal, sus casas en la villa de Arriba y algunos bienes muebles, como ropa. No especificó sus tierras, y tampoco lo hacían en general los nativos de las demás islas, pues en las creencias heredadas de su pasado ancestral, la tierra seguía sin tener dueño, pese a las datas que habían recibido en escribanía. Esa característica de los testamentos nativos originó pleitos y particiones de bienes inmuebles entre los naturales que tardaron varias décadas en resolverse tras la muerte del testador. Afectó en particular a las propiedades de Gaspar en Abona, que no las mencionó en sus testamentos.

En 1579 todavía no se había hecho la partición entre sus nietos, medio siglo después de su muerte.

Su recuerdo perduró entre la población de ascendencia nativa de la isla, sobre todo en el sur de Tenerife, durante el siglo XVI. Pesó su labor para evitar la esclavitud de los indígenas y rescatarlos de ella, y también la influencia que su persona seguía teniendo en las familias con antepasados liberados y ayudados por él. Esta gratitud se constata 61 años después de su muerte, cuando su bisnieto Juan Gaspar ocupó hacia 1590 la alcaldía real de Candelaria por consenso unánime de los descendientes de nativos del sur de la isla.

Gaspar Hernández es una figura imprescindible para entender lo que les tocó vivir a los indígenas de la isla de Tenerife tras la conquista. Su habilidad para prosperar y ganar notoriedad en la sociedad colonizadora le permitió trazar una estrategia para amortiguar entre los supervivientes nativos el desgarro traumático de la conquista y ayudarlos a integrarse sin caer en la esclavitud, como les ocurrió a muchos. Puso desde el principio su patrimonio personal al servicio de esa causa y merece ser recordado como un héroe por ello.

Durante años, su labor constante impidió que las autoridades coloniales esclavizaran a miles de familias guanches por no atenerse a los nuevos criterios sociales que en la mayoría de los casos no entendian, y rescató a centenares de nativos de la servidumbre más cruel.

No en balde, si usted, que está leyendo este artículo es de la isla de Tenerife es muy probable que alguno de sus antepasados indígenas esquivaran o se liberaron de la esclavitud, gracias a la persona de Gaspar Hernández.

Fernando Hernández González
Fernando Hernández González
Antropólogo por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, especializado en la cultura de los antiguos canarios y en la etnografía de la cosmovisión del archipiélago. Su trabajo se centra en la tradición oral, las prácticas propias de la cosmovisión de los canarios actuales —brujas, santiguados y «lugares de poder» de las islas— y la antropología de las poblaciones nativas. Es director científico de la expedición Raíces Ancestrales, que investiga las conexiones ancestrales entre la cultura canaria y otros pueblos originarios. En Página 13 firma la sección «El Guirre», donde rescata y divulga la memoria etnográfica y las tradiciones del pueblo canario.

1 COMENTARIO

  1. Gracias Fernando, por narraciones como ésta, muchos toman conciencia de sus orígenes, sin miedo, con confianza y ganas de mantener ese conocimiento.

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