martes, 27 octubre, 2026

El correo de la amistad

Hubo un tiempo en que para conocer a alguien que vivía al otro lado del mundo no hacía falta una pantalla, ni una aplicación, ni siquiera saber muy bien dónde estaba aquel lugar. Bastaba con una dirección escrita en un sobre, uno o dos folios dentro… y un sello.

En aquellos años había que esperar. Una respuesta podía tardar varios días y si la carta tenía que cruzar un océano, incluso semanas. Pero existía una forma bastante curiosa de hacer amigos: los penpals, los amigos por correspondencia.

Aquí los llamábamos, sencillamente, amigos por carta. Se daban a conocer a través de anuncios en  revistas, pequeños apartados dedicados a intercambios internacionales o incluso mediante programas de radio en onda corta que las grandes emisoras internacionales dedicaban a los penpals.

Se enviaba el nombre, la edad, la ciudad, los idiomas que uno hablaba, si es que hablaba alguno además del suyo, y, sobre todo, las aficiones. Música, cine, fotografía, colecciones de sellos, monedas, viajes…

Después tocaba esperar.

Y esperar era parte del juego.

Uno escribía a alguien que no conocía, metía la carta en un sobre, pegaba el sello y la dejaba en el buzón. O se acercaba a Correos para enviarla. A partir de ahí, la historia quedaba en manos del cartero, de los aviones, de los barcos y de la paciencia.

Una de aquellas amistades comenzó, precisamente, por la música.

Nuestro protagonista vivía en Tenerife y entre sus aficiones estaban la escucha de la radio de onda corta, la música tradicional y el intercambio de postales y discos. Al otro lado de la correspondencia apareció un joven irlandés interesado en conocer músicas diferentes de las que escuchaba habitualmente en su país.

La primera carta llegó después de unas semanas.

Aquel sobre tenía algo especial. No era solamente el nombre de una persona desconocida escrito en el remite. Era la prueba de que alguien, a miles de kilómetros, había leído lo que él había escrito y se había tomado la molestia de contestarle.

Las primeras cartas estaban escritas a golpe de diccionario. Una palabra llevaba a otra y una frase sencilla podía convertirse en una pequeña batalla gramatical. Pero había algo que los dos entendían perfectamente: la música.

El irlandés preguntó si podía conseguir alguna grabación de música tradicional canaria.

La respuesta fue afirmativa.

El problema vino después.

¿Cómo saber qué disco enviar? ¿Y qué disco pedirle al amigo?

No había fotografías digitales, ni enlaces, ni posibilidad de escribir un título y encontrar inmediatamente una imagen en la pantalla de un ordenador. Había que explicarlo todo con palabras.

Y así fue apareciendo una especie de lenguaje propio entre los dos.

Los títulos de las canciones se copiaban con cuidado. Los nombres de los instrumentos se acompañaban de dibujos hechos a mano. Si una palabra resultaba demasiado complicada, se buscaba otra más sencilla. Y cuando el diccionario tampoco servía, aparecía el dibujo.

Una vez, incluso, se utilizó una servilleta.

En ella se dibujó un instrumento de cuerda, nuestro “camellito sonoro”, y debajo se escribió:

“Canary traditional Little guitar.”

Al lado había una flecha y una explicación en un inglés bastante rudimentario.

El amigo irlandés entendió perfectamente.

A cambio, envió una grabación de música tradicional irlandesa. Cuando llegó el paquete, aquello parecía un pequeño tesoro. Dentro había un disco cuidadosamente protegido, una carta y unas explicaciones sobre los músicos y las canciones.

La respuesta no tardó demasiado. Desde Tenerife salió otro paquete con una grabación de folklore canario.

Y comenzó el intercambio.

Uno descubría las islas a través de las canciones del otro. El amigo irlandés fue recibiendo discos y casetes de Los Sabandeños, Taburiente, Añoranza y los Chincanayros. Desde el otro lado del Atlántico llegaban grabaciones de grupos como The Chieftains o The Dubliners, que el amigo de Tenerife escuchaba y, como no, enseñaba orgulloso a los colegas de la pandilla.

El irlandés preguntaba por los instrumentos y por las fiestas.

“What are the verbenas?”

Después de una docena de intentos, tachones y vueltas al diccionario, el amigo de Tenerife tiraba palante y contestaba como podía:

“These are popular nighttime festivals held outdoors, typically in public squares or barricaded streets, coinciding with the eve of a patron saint’s feast day (for example, La Verbena de San Juan).”

También preguntaba por aquellas músicas que hablaban de lugares que no aparecían en sus mapas, o eso entendía después de echar mano del diccionario.

Desde Tenerife llegaban explicaciones sobre Canarias, sobre las islas, las fiestas populares y una música que, para alguien que vivía tan lejos, resultaba completamente nueva.

Desde Irlanda llegaban nombres igualmente extraños: reels, ballads, fiddles, pipes… Hasta un llavero con un leprechaum y su olla de oro, que se perdió hace años, probablemente en alguna mudanza.

Y desde Tenerife partían otros: timple, tambor, chácaras…

Había que preguntar qué significaba cada cosa.

El diccionario se convirtió, de alguna manera, en un tercer miembro de aquella amistad.

Con el tiempo ocurrió algo curioso: ya no necesitaban traducirlo todo.

Fueron aprendiendo bastantes palabras del idioma del otro.

El irlandés aprendió expresiones españolas y algunas palabras propias de Canarias. El chicha empezó a reconocer términos ingleses que al principio parecían imposibles.

Cuando una palabra no se entendía, se explicaba de otra manera. Si una frase resultaba complicada, se escribía más sencilla. Y cuando todo fallaba, quedaba la música.

Porque la música no necesitaba traducción.

Un reel irlandés podía provocar una sonrisa y un movimiento de pies en Tenerife. Una pieza de folklore canario podía despertar curiosidad en Irlanda.

Y los dos descubrieron que, aunque sus países estaban separados por casi tres mil de kilómetros de océano, había cosas que se parecían mucho más de lo que podían imaginar: la gente reunida, las fiestas, los bailes, los instrumentos, las canciones heredadas de los mayores y esa necesidad tan humana de conservar aquello que pertenece a un lugar.

Las cartas fueron haciéndose más largas.

Ya no hablaban solamente de discos. Empezaron a hablar de sus familias, de los estudios, de los amigos, del tiempo, de las fiestas y de lo que soñaban hacer cuando fueran mayores.

Y, como ocurre tantas veces con las amistades verdaderas, llegó un momento en que dejaron de ser dos desconocidos que intercambiaban discos.

Eran amigos.

Amigos que nunca se habían sentado juntos. Que nunca habían tomado un barraquito en la misma mesa. Amigos que todavía habrían tenido dificultades para mantener una conversación cara a cara porque hablaban idiomas diferentes.

Pero se conocían.

Quizá esa sea una de las cosas más bonitas que tuvo el correo de la amistad.

No prometía respuestas inmediatas. No había fotografías instantáneas. No existían traductores automáticos. Ni siquiera se podía saber si la otra persona había recibido la carta hasta que aparecía una nueva en el buzón.

Cada sobre traía una pequeña dosis de incertidumbre.

Y también de ilusión.

Había algo especial en reconocer la letra del amigo incluso antes de abrir el sobre.

Nombre. País. Sello extranjero.

Y finalmente, la carta.

Con sus tachones, sus palabras buscadas en el diccionario, sus errores y sus historias.

Muchos años después, el correo electrónico hizo posible que una carta atravesara el mundo en cuestión de segundos. Pero quienes alguna vez esperaron una carta saben que había algo que se perdió por el camino.

La espera formaba parte de la amistad.

Y quizá por eso aquellos discos tenían un valor especial. No eran solamente grabaciones de música.

Eran canciones cruzando el Atlántico. Un disco llevaba consigo un pedazo de una tierra. Y una carta conseguía que dos personas que hablaban idiomas diferentes descubrieran que, después de todo, no necesitaban entender todas las palabras para entenderse.

A veces bastaba con poner un disco.

Y escuchar.

Curiosamente, esta forma de relacionarse no ha desaparecido del todo. Hoy ha mutado en una tendencia nostálgica y artística conocida como Snail Mail —correo caracol—, llamada así en contraste con la rapidez del correo electrónico.

Miles de jóvenes y adultos de la Generación Z están recuperando esta práctica. Decorar las cartas a mano, utilizar técnicas de caligrafía, lacre y papelería cuidada se ha convertido para algunos en una manera de desconectar de las pantallas.

Encontrar hoy un amigo por correspondencia, un penpal, resulta además más sencillo que entonces. Existen comunidades en línea dedicadas a poner en contacto a personas interesadas en el snail mail y en el intercambio cultural.

Son directorios y comunidades donde se pueden rellenar perfiles, compartir gustos y dejar claro desde el principio que lo que se busca es escribir y recibir cartas en papel.

En un mundo acelerado por las pantallas, los amigos por correspondencia nos recuerdan el valor de la pausa. La ilusión de abrir el buzón. La curiosidad por reconocer un sello extranjero. La sensación de tener entre las manos algo que alguien, en algún lugar, ha escrito pensando en nosotros.

Al final, un penpal no es más que un amigo lejano que convierte la distancia en una bonita espera.

A veces solo hacen falta un bolígrafo, papel, un sobre, un sello y un poco de paciencia.

 

Ricardo Martín
Ricardo Martín
Docente jubilado. Curioseante.

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