A mediados de 1715, Felipe V y Diego de Zárate y Murga, primer marqués de Montesacro, comenzaron a recibir noticias preocupantes desde la provincia de Venezuela.
El marqués había sido secretario real durante los últimos años del reinado de Carlos II, caballero de la Orden de Santiago, asentista, prestamista de la Corona y uno de los hombres de negocios en los que Felipe V había depositado su confianza durante la Guerra de Sucesión. En febrero de 1714, el Rey le había permitido organizar una sociedad comercial destinada a abrir nuevas rutas entre Cádiz, Honduras y Venezuela. Por Real Cédula se denominó Compañía de Honduras, aunque terminaría siendo conocida como el Asiento de Montesacro.
Uno de los barcos de la recién creada compañía era el Nuestra Señora de la Concepción y San Javier, conocido como el Blandón, capitaneado por Amaro Rodríguez Felipe. El navío salió de Cádiz a finales de 1714 y llegó a La Guaira el 8 de enero de 1715.
Amaro, su hermano José Rodríguez Felipe, Francisco González, su contramaestre, Sebastián Curbelo, escribano de a bordo, y los ministros encargados de proteger los intereses de la compañía se encontraron con la oposición de buena parte de la élite gobernante de Caracas. Las operaciones del barco fueron bloqueadas, las mercancías quedaron sometidas a embargos y pleitos y los representantes de la compañía denunciaron que el contrabando y los intereses particulares condicionaban las decisiones del gobierno provincial.
Amaro escribió entonces a la Corte. La carta estaba dirigida a Juan Orry, uno de los principales ministros de Felipe V, pero cuando aquella documentación llegó a Madrid, Orry ya había perdido su posición dentro del Gobierno. Sin embargo, la misiva llegó a buenas manos y la Corona no tardó en reaccionar.

La investigación no quedó en manos de la Audiencia de Santo Domingo, porque uno de sus oidores, Jorge Lozano Peralta, aparecía relacionado con el conflicto venezolano y con el gobernador interino Alberto de Bertodano. Coincidiendo además con la muerte de uno de los oidores de Santafé, la pesquisa acabaría siendo confiada a un nuevo magistrado de aquella Real Audiencia: Antonio de Cobián Valdés, jurista asturiano con experiencia anterior como agente fiscal del Consejo de Indias.
Su nombramiento fue expedido el 3 de julio de 1715. El 19 de octubre obtuvo licencia para viajar al Nuevo Reino acompañado por su esposa, Ana González de Estrada, y tres criados: Felipa Sereno, natural de Madrid; Juan Casimiro, natural de Olite; y Blas de Jove Argüelles, natural de Gijón.
Cobián llegó al Nuevo Reino a comienzos de 1716. Apenas había tenido tiempo de instalarse y tomar posesión de su plaza cuando recibió una comisión especialmente delicada: debía viajar hasta Caracas, localizar a Amaro Rodríguez Felipe y esclarecer los pleitos, las denuncias de contrabando y los enfrentamientos jurisdiccionales que habían paralizado las operaciones del Blandón.
El 18 de abril de 1716 comenzó el viaje.
Junto a él marchaban el escribano receptor Joseph González de la Torre, el alguacil Blas de Jove Argüelles y el promotor fiscal Joseph de Otero. Les esperaban aproximadamente setenta y un días de camino hasta Caracas, por una de las rutas más difíciles e inseguras de la América española.

Desde Santafé, la comitiva debía avanzar hacia el norte, alcanzar Pamplona y entrar después en el amplio corredor formado por Salazar de las Palmas, el valle de Cúcuta, la ranchería de los Vados y las jurisdicciones que rodeaban San Faustino de los Ríos. Más adelante quedaban Lobatera, San Cristóbal, La Grita y Bailadores, antes de continuar hacia El Tocuyo, Parare, San Mateo y Caracas.
Los ríos Pamplonita, Zulia y Catatumbo comunicaban buena parte de aquel territorio con las tierras situadas al sur del lago de Maracaibo. Los caminos entre Pamplona y Mérida y los recorridos próximos a los ríos Zulia y Catatumbo eran especialmente peligrosos. Los viajeros raramente se desplazaban solos y, en muchos casos, buscaban acompañamiento armado antes de continuar.
San Faustino era descrito como una «frontera de guerra». No constituía una línea fronteriza como las actuales, sino una población situada en un territorio donde las autoridades españolas apenas podían garantizar la seguridad de los caminos, las haciendas y los embarcaderos.
Más allá de los últimos asentamientos, distintos grupos indígenas apenas conocidos inspiraban terror en aquel paso: los motilones.
El miedo era tal que terminaría deformando incluso la imagen que se tenía de ellos. Sobre los motilones se decía que vivían sin ley ni religión, que aparecían sin ser vistos y que, a diferencia de los demás hombres, poseían cola, como los demonios. Era parte de un miedo compartido, alimentado por vecinos y funcionarios que ni siquiera habían logrado «hallar» dónde dormían.
La documentación utilizada para este estudio emplea habitualmente la expresión «nación motilona», pero aquel nombre tampoco identificaba siempre de manera precisa a un solo pueblo. Las autoridades reunían bajo esa denominación a diferentes comunidades que habitaban los montes, las cabeceras de los ríos y las tierras situadas entre el Catatumbo, el Zulia y las serranías próximas.
El primer antecedente del expediente está fechado el 13 de noviembre de 1714. En él ya se habla de las invasiones de los motilones en la jurisdicción de San Faustino, de la necesidad de defender las haciendas y de las pérdidas sufridas en propiedades dedicadas al cacao y a otros frutos.
Los documentos posteriores hablan de «diferentes muertes e insultos». La palabra insultos no se refería a ofensas verbales. En el lenguaje judicial de la época indicaba irrupciones violentas, ataques y daños contra personas y propiedades.
Cuando el oidor abandonó Santafé en abril de 1716 en dirección a Caracas, las poblaciones de aquella frontera llevaban años denunciando ataques y solicitando recursos para defenderse. A pesar de ello, era como luchar contra un enemigo invisible.
En aquella misma región vivían los chinatos, indígenas aliados que se encontraban bajo la protección de las autoridades españolas. Diego Ramírez de Rojas recibió de la Real Audiencia de Santafé un nombramiento para actuar:
«[…] para el amparo de los indios chinatos y reparo contra los de nación motilona».
Los chinatos también sufrían las incursiones, llegando a abandonar sus cultivos:
«Por el próximo peligro se han retirado, dejando sus sembríos y arboledas de cacao».
Cuando Cobián atravesó aquel corredor pudo encontrar viviendas vacías, fogones apagados y cultivos que nadie se atrevía a recoger. Pero ¿llegaría a encontrarse con los motilones?
Los motilones no avanzaban como un ejército visible. Aparecían en grupos reducidos, atacaban y desaparecían antes de que los vecinos pudieran organizarse.
En una de las alarmas recogidas por el expediente, varias personas procedentes del valle de Lobatera comunicaron que habían encontrado «cuatro rastros frescos» y que las huellas se dirigían hacia la quebrada de La Arenosa.
Aquello bastó para movilizar a la población.
Diego Ramírez de Rojas ordenó reunir a todos los vecinos, habitantes y forasteros disponibles, cada uno con las armas que poseyera. Fue una convocatoria urgente para formar una fuerza de defensa y salir al reconocimiento del terreno, pero las armas reunidas en San Faustino apenas bastaban para hacer frente a los motilones.
Acudieron vecinos con espadas, escopetas, picas, dagas, lanzas, arcos y flechas. Entre ellos había pardos libres, negros, mulatos, indígenas aliados, ancianos e incluso un hombre enfermo que formaba parte de aquella pequeña e improvisada fuerza.
Uno llevaba una lanza. Otros únicamente una espada. Algunos portaban arcos y unas pocas flechas. También fue incluido un hombre considerado demasiado viejo, pero cuando se preguntó si quedaban más vecinos capaces de acudir, respondieron que aquello era todo lo que San Faustino podía reunir para defenderse.
Las actuaciones más precisas de Diego Ramírez de Rojas comenzaron los días 26 y 27 de junio de 1716, cuando Cobián probablemente ya había dejado atrás San Faustino y se acercaba a Caracas.
Antes de enfrentarse en Caracas a Bertodano, Lozano Peralta y a los poderosos intereses que habían bloqueado al Blandón, el nuevo oidor tuvo que atravesar una frontera con leyendas de hombres con cola, crecidas de ríos, frío de páramo, cultivos abandonados y vecinos que no se separaban de sus armas.
Cobián buscaba a Amaro Rodríguez Felipe, pero antes de encontrarlo tuvo que cruzar un territorio donde cuatro huellas recientes bastaban para anunciar la muerte.
Fuentes principales
Archivo General de la Nación de Colombia: Fondo Curas y Obispos, Sección Colonia, SC.21, tomo 20, documento 27. Expediente relacionado con Miguel Flórez, Diego Ramírez de Rojas y las incursiones motilonas en la frontera de San Faustino, 1714-1718.
Archivo General de Indias: CONTRATACIÓN, 5468, N.2, R.48. Expediente de información y licencia de pasajero de Antonio de Cobián Valdés.



