lunes, 27 julio, 2026

The Ghana Club

El haber podido vivir la retransmisión de la final del Mundial desde una silla, junto a unos doscientos invitados, en el exterior de la Embajada de España, rodeado de ghaneses, españoles y diplomáticos de países como Argelia, México o Chile, fue una experiencia que será difícil de olvidar.

Celebrar una misma victoria fue emocionante, si es que esta expresión puede abarcar todo lo que se sintió aquella noche. Copas de Jaume Serra, brindis y algún que otro fuerte abrazo entre personas que apenas conocías precedieron a las decenas de mensajes que iba recibiendo mientras celebrábamos la victoria de España.

Muchas felicitaciones, algún que otro improperio contra los argentinos, muchas frases sobre lo bien que había jugado España en el Mundial y, de repente, vi uno que simplemente indicaba:

—El viernes, a las 13:30, te espero en el Ghana Club. Tenemos que celebrar la victoria de España.

Fue quizás el más seco de todos, pero también el que más me llamó la atención. Venía de mi viejo amigo Paa Kwesi Holbrook-Smith, Pakay para sus amigos.

«¿Al Ghana Club? No lo conozco», fue lo primero que pensé.

Le contesté sobre la marcha:

—I’m in, Pakay —cuenta conmigo—.

Y lo hice sin saber todavía lo que representaba aquel enclave en la historia del país.

A la mañana siguiente recibí otro mensaje de Pakay:

—Mi abuelo perteneció al club, luego mi padre y ahora yo. Es un orgullo invitarte.

En ese instante comprendí que debía de tratarse de algún tipo de asociación privada y de prestigio en el país, pues conozco bien la trayectoria de la familia de mi amigo y los importantes cargos que sus parientes cercanos habían ostentado durante las últimas décadas. El más reciente, por ejemplo, el de su tío, hermano de su padre: ministro de Defensa de la República de Ghana durante ocho años y, a continuación, embajador de su país en Washington.

Mi relación con Pakay viene de lejos. Durante una buena temporada viví con él en su casa de Labone, en un anexo contiguo a donde residía con sus cinco hijos, Bobo y compañía, con quienes solía jugar tardes enteras al fútbol en el jardín trasero. También les regalaba grandes piezas de mis capturas cuando regresaba de mis periplos en la mar, después de salir a curricar con las canoas africanas desde el puerto de Tema o Ada.

Otras veces terminaba un miércoles en una terraza de jazz junto a Pakay y al legendario Ebo Taylor, escuchando música en directo. O simplemente pasaba el atardecer escuchando alguna nueva historia de mi amigo, quien durante años había sido representante de Rita Marley y los Wailers tras el fallecimiento de Bob Marley, y a quienes acompañó por media África dentro de la órbita de Virgin Records, la discográfica impulsada por el magnate británico Richard Branson.

También es conocido en el mundo de la música por haber contribuido a detener una guerra durante un concierto en Sierra Leona. Consiguió una tregua de cuarenta y ocho horas para que ambos bandos pudieran escuchar a Culture, grupo jamaicano de reggae cuyas melodías y letras alentaban a la población con canciones cargadas de mensajes de «Peace and Love». Durante una noche, ambos bandos dejaron atrás las armas y la guerra de los diamantes para compartir un mismo espacio con el enemigo y escuchar música jamaicana, interpretada por una de las bandas más demandadas entonces en el África anglosajona.

Pakay estudió Económicas en la London School of Economics durante los años setenta y, desde entonces, siempre tuvo una estrella ligada a la música. Fue allí donde conoció a Bob Marley, con quien jugaba al fútbol. En uno de aquellos partidos llegó incluso a lesionar a uno de los componentes del grupo, con quien volvería a encontrarse años más tarde en el Festival de Cannes. También conoció a John Lennon, con quien se iba de fiesta, y a Tracy Chapman, a quien, según me contó, acogió cuando todavía vagaba por las calles tocando la guitarra.

La alojó durante cuatro meses junto con su compañero de piso. Después de una discusión, ella abandonó la casa y, meses más tarde, ambos la escucharon por la radio convertida en la artista revelación del momento. Y así podría seguir sin terminar nunca de contar su trayectoria como productor musical, que fue el camino que siguió desde entonces.

Al llegar ayer viernes al Ghana Club, me encontré con un cartel en la puerta principal que indicaba el año 1947. Es decir, se había fundado cuando Ghana todavía no existía como país independiente, sino que seguía siendo colonia británica en la Costa de Oro. Pensé entonces que aquel club no debía de haber sido otra cosa que un lugar de encuentro para la élite británica, al que seguramente ningún africano podía acercarse si no era para servir al hombre blanco.

El edificio, una casa con una estructura colonial típica de la época y orientada hacia la costa, debía de ser el lugar idílico para que los viernes sirvieran de recogimiento tras la semana de trabajo, entre buenas conversaciones, comida y whisky. Aquella costumbre de reunirse los viernes se sigue manteniendo más de setenta años después.

El acceso al club, cuyas paredes parecen estar cayéndose, continúa siendo muy estricto y solo es posible tras recibir la invitación de alguno de sus miembros. Mientras esperaba a mi amigo, me dispuse a dar una vuelta por el terreno, donde aún podían distinguirse los lugares que ocuparon las pistas de tenis construidas por los ingleses junto a la casona. Si bien el viernes era la jornada del alboroto y la bebida, durante los fines de semana la élite colonial acudía con sus esposas e hijos a practicar deporte mientras se relacionaban entre ellos.

Tras sacar una fotografía del club, me llegó la primera reprimenda. Es algo habitual en estos países: que te llamen la atención si haces una fotografía y te ven extranjero. Sin embargo, enseguida le apagué los humos a quien, según él, era miembro del club y sospechaba que quizás yo no estaba esperando a nadie y me había colado sin invitación. Ese recelo, o esa necesidad de echarle una bronca a un extranjero, resulta bastante frecuente, pero, tras casi treinta años aquí, te entra por un oído y te sale por el otro.

A los pocos minutos llegó mi amigo y subimos a la primera planta, donde habría medio centenar de ghaneses distribuidos en cuatro o cinco mesas grandes. Junto a ellas destacaba otra enorme, de snooker, traída por los británicos. Los numerosos cuadros de personalidades africanas y una antigua barra de bar al fondo del salón principal permitían hacerse una idea de cómo podía haber sido el ambiente durante la época británica.

Sin orden ni lugares asignados, cada uno tomaba un plato de comida del bufé y se sentaba en cualquier asiento libre.

Pakay me pidió que me sentara con él en la terraza exterior. Cuando me di cuenta de que venía acompañado de su hijo mayor, sentí una enorme alegría al verlo después de casi una década. Él mismo se abalanzó sobre mí y me dio un fuerte abrazo, indicándome que me había echado de menos durante todos aquellos años.

Ahora es ya un hombre hecho y derecho, universitario y también involucrado en el mundo de la música, continuando así con el legado de su padre. Me estuvo explicando el macroconcierto que preparaba para el 5 de septiembre en la plaza de la Independencia, la misma plaza de los Black Stars que podía verse desde el club donde estábamos, con algunos de los mejores artistas del afrobeats del momento.

A mi derecha tenía a dos miembros del club que, aunque al principio se mostraron cautelosos conmigo, poco después comenzaron a mantener una conversación fluida con nosotros. El que se sentaba junto a mí era de Elmina, precisamente el enclave más importante que tuvieron los holandeses en este país para la trata de esclavos. Según me contó, su padre había sido el jefe de una asociación de tribus panafricanas tras la independencia de Ghana.

Castillo de Elmina (Cape Coast, Ghana)

El hombre sentado a su lado, con una muleta apoyada sobre la silla, había sido un conocido actor de televisión y también ministro de Información durante el gobierno de John Atta Mills, allá por 2009.

Me hablaron de cómo funcionaba el club cuando se inauguró y de que, durante los pocos años en los que permaneció bajo bandera británica, el lugar había recibido a figuras conocidas como Hemingway, y tras la independencia figuras como Richard Wright o Louis Armstrong. Ahora ellos, orgullosos de pertenecer a una institución por la que habían pasado distintas generaciones de dirigentes y personalidades ghanesas, celebraban conmigo la victoria de España y me invitaban a compartir aquel momento tan especial, que no tenía precio.

Hemingway en Kenia, 1952.

Ni por asomo hablé de Amaro Pargo. Ni se me ocurrió decir que precisamente desde Elmina uno de los barcos abordados por Amaro terminaría llegando a aquel puerto para cargar más esclavos y enviarlos a la Guayana a cambio de mosquetones.

Documento hallado en el Archivo de Simancas con el nombre del barco que abordó Amaro Pargo frente a las costas de la Guayana

Pero quien había sido ministro de Información se apellidaba Baffour y, según me explicó, aquel apellido procedía de la deformación de una palabra local que significaba «mosquetón». Por eso, según entendí, hacía siglos que a su familia se la conocía como la familia de los mosquetones, porque comerciaba con aquella mercancía durante la venta de esclavos.

En fin, por un momento me encontré completamente inmerso en la historia, pero me limité a seguir escuchando e interactuando con ellos.

La despedida fue un hasta luego, pues volveré a ver a Pakay el 5 de septiembre en la plaza de la Independencia, durante el concierto que está organizando junto a su hijo. Allí volveré a encontrarme con mi viejo compa de fútbol.

Marco Polo Alonso
Marco Polo Alonsohttps://amaropargo.es/
Investigador, escritor y empresario.

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