lunes, 3 agosto, 2026

La televisión llegó a casa

Hay recuerdos que no necesitan fotografías. Permanecen intactos en algún rincón de la memoria, en algún recoveco de los bolsillos, con los mismos olores, las mismas voces y la misma emoción de entonces. La llegada del primer televisor a casa de mis abuelos es uno de ellos.

Aunque no podría decir el día exacto, puedo aproximarme a la fecha; probablemente abril del 64. Recuerdo la expectación que se respiraba desde varios días antes. Todo el mundo hablaba de aquel aparato que iba a llegar, como si se tratara de un invitado importante. Y quien tuvo el honor de llevarlo fue mi tío Domingo.

Cuando apareció con aquel enorme mueble de madera, brillante y elegante, todos nos quedamos mirándolo en silencio. Aquello parecía un armario pequeño con una ventana de cristal, como el mueble-bar que tenía mi tío Domingo en su casa. Costaba creer que por aquella ventanita fueran a salir personas, películas, noticias y partidos de fútbol.

Durante un buen rato nadie pensó en encenderla. Lo primero era decidir dónde colocarla. La fueron moviendo de un lado a otro de la sala hasta encontrar el lugar que parecía más adecuado. Mi abuelo daba su opinión con la tranquilidad de quien sabía que las cosas importantes no podían hacerse deprisa.

Tampoco había que olvidar dos cosas importantes; el cable de corriente “debía” llegar al enchufe más próximo, y la antena “de bigote”, un cacharro con dos antenas extensibles que se colocaba encima del aparato y había que “dirigir hacia la señal”.

Yo le pregunté a mi tío la marca del aparato a ver si coincidía con alguna de las que empezaban a verse en algunos escaparates de “tiendas del ramo”. Es una Kastell- me dijo. -Fabricación española. Una marca excelente. Hay que consumir y comprar productos españoles, generar comercio, para hacer grande España-. Ahí quedó la frase.

Mi abuela asentía mientras ya imaginaba dónde se sentaría cada uno cuando hubiera visitas. Porque todos sabían que las habría.

En aquellos años nadie cerraba la puerta a los vecinos cuando había algo digno de verse. La televisión era de la familia, sí, pero también era un poco del bloque, del barrio. Bastaba con que empezara la emisión por las tardes para que fueran llegando unos y otros.

—¿Ya se ve?

—¿Empieza pronto?

—Dicen que hoy ponen una película. A ver si es de indios y vaqueros…

Las sillas aparecían de todas las habitaciones. Alguna vecina traía un taburete y los más pequeños acabábamos sentados en el suelo, tan cerca de la pantalla que los mayores nos mandaban echar un poco hacia atrás porque decían que nos íbamos a quedar ciegos.

Días después estaba todo dispuesto para la gran aventura-espectáculo que significaba la colocación de una antena “como Dios manda” y levantarla en la azotea.

Y aquello sí que fue un espectáculo.

Subieron al tejado con el tubo, la antena, las abrazaderas y los alambres que hacían de vientos para sujetarlo todo, maestro Luis, un sobrino de doña Lala del que no recuerdo su nombre, otro señor que no sé quién era, y mi tío Julio. Desde abajo parecía una operación de ingeniería dirigida por mi tío Domingo y mi abuelo Belisario. Mientras unos apretaban tornillos, otros sujetaban el mástil para que no se venciera.

Desde el salón comenzaban las órdenes.

—¡Ahora!

—¡No, no… así no!

—¡Un poco más para el otro lado!

—¡Quieto… quieto… que ahora casi se ve!

—¡Ahora se ve con lluvia!

—¡Ahora tiene doble imagen!

Y de repente la imagen desaparecía.

—¡Ya se fue otra vez!

Entonces había que volver a empezar.

Nunca olvidaré el susto que nos dio mi tío Julio aquel día. Estaba tensando uno de los alambres que sujetaban el tubo cuando, de pronto, el cable resbaló con toda la fuerza que llevaba acumulada. El alambre le pasó por un dedo como una cuchilla. En un instante la gente de la azotea comentaba “a los de abajo” lo que había pasado y alguien dijo que se había cortado medio dedo.

Mi abuela dio un grito que todavía creo escuchar cuando lo recuerdo. Durante unos segundos nadie habló. Parecía que el tiempo se había detenido. Le envolvieron la mano con un pañuelo y lo ayudaron a bajar por la escalera mientras alguien decía que había que llevarlo al médico cuanto antes o mejor, que alguien se acercara ¡pero ya!, a buscar a don Fermín, el practicante.

Don Fermín llegó en pocos minutos y después de un rato, de valoración y curas en el salón en la mesa del comedor, mi abuelo y mi tío Domingo mandaron a todos los que allí estábamos afuera, a sentarse y esperar en los escalones de la escalera o a la calle. Por suerte, el dedo seguía donde tenía que estar. El corte era profundo y muy aparatoso, pero todo quedó en un enorme susto y unos cuantos puntos. Con los años, la historia terminó convirtiéndose en una anécdota inevitable. El montaje tuvo aún que esperar un par de semanas.

Cada vez que alguien recordaba la llegada de la televisión, siempre aparecía la misma frase:

—A Julio casi le cuesta un dedo poner la antena.

Y todos acabábamos riéndonos, incluido él.

Cuando por fin apareció una imagen nítida en la pantalla, se hizo un silencio difícil de explicar hoy. Nadie hablaba. Todos mirábamos aquella caja de madera como si dentro hubiera un pequeño milagro.

Yo observaba más a los mayores que a la propia televisión. Me fascinaban sus caras de sorpresa. Algunos sonreían sin darse cuenta. Otros no entendían cómo podían viajar las imágenes por el aire hasta llegar a nuestra casa. La voz de la radio… Vale. Pero ¿imágenes en movimiento? Había quien aseguraba que aquello era cosa de la ciencia y quien decía que parecía magia. Tal vez las dos cosas.

¿Cómo era aquella televisión? Solo existía un canal, el de TVE. Las emisiones eran en blanco y negro. Al principio se emitían pocas horas al día, generalmente por la tarde y la noche. Como Canarias aún no estaba conectada por satélite con la Península, los programas se veían con retraso. Esto hizo que TVE Canarias desarrollara abundante programación propia.

Las emisiones duraban pocas horas al día. Entre los programas más populares estaban: Los espacios infantiles, concursos, teatro televisado, retransmisiones deportivas, series extranjeras dobladas al español; español latino, con giros y frases que no eran habituales en nuestro hablar del día a día en nuestro entorno.

“El óbito debió producirse hace pocas horas; Jackie encontró el cuerpo al regresar del peinador, y colocar el saco en el closet”

Antes de empezar las emisiones aparecía la famosa carta de ajuste, que servía para calibrar el televisor.

En el barrio donde los pibes pasábamos buena parte del tiempo jugando en la calle —al fútbol, al trompo, a las chapas o al escondite— la televisión aún no había sustituido esa vida al aire libre. De hecho, muchos padres tenían que llamar a sus hijos desde el balcón cuando comenzaba el programa que querían ver.

En 1971 se estableció la conexión vía satélite con la Península mediante el sistema Intelsat, permitiendo que los canarios vieran la programación nacional al mismo tiempo que el resto de España. Ese mismo año nació el informativo regional Telecanarias.

Con el paso de los meses, aquella sala de mis abuelos dejó de ser solo una sala. Se convirtió en el lugar donde nos reuníamos para ver el Telediario, un programa de noticias mezcla del No-Do y del “parte”. Los concursos, recuerdo “Reina por un día”, “La unión hace la fuerza” y el mítico “Cesta y puntos”, las películas del sábado y los festivales de Navidad. Allí compartimos risas, silencios y conversaciones que hoy siguen vivas en mi memoria.

Ahora cada uno lleva una pantalla en el bolsillo y vemos el mundo sin levantarnos del sofá, o poniendo en peligro nuestra integridad cruzando sin mirar por los pasos de peatones o por esquinas sin señalizar. Sin embargo, ninguna de esas pantallas ha conseguido devolverme la emoción de aquella tarde en que un televisor entró por la puerta de casa de mis abuelos y, sin que nadie lo supiera, también entró una nueva forma de reunir a la familia.

La televisión llegó a Canarias en 1964, con el inicio de las emisiones de Televisión Española. Hay dos fechas históricas que suelen citarse: 12 de febrero de 1964, cuando comenzaron las emisiones regulares de TVE en Canarias desde la Casa del Marino, en Las Palmas de Gran Canaria, a las 19:00 horas, y el 21 de febrero de 1964 como la fecha de la primera programación plenamente estable o de la inauguración oficial de las emisiones.

Aquella caja de madera y cristal no solo trajo imágenes en blanco y negro a la sala; trajo una magia nueva que nos cambió para siempre. El televisor se convirtió en el fuego alrededor del cual nos reuníamos, borrando por unas horas las distancias del mundo y recordándonos que, al final del día, lo mejor de mirar la pantalla era tener a los que queríamos sentados al lado.»

Como hemos cambiado.

 

Ricardo Martín
Ricardo Martín
Docente jubilado. Curioseante.

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