Había una cosa que tenían los veranos de entonces y que, ahora que lo pienso, seguramente no volverá a existir nunca y era que parecían eternos.
No era el verano de las vacaciones que empieza el 21 de junio y termina en septiembre. No. Para mí el verano empezaba cuando llegábamos a Bajamar y terminaba cuando había que regresar a casa.
No es que duraran más días. El calendario tenía los mismos meses y agosto terminaba cuando tenía que terminar, incluso algunos teníamos prórroga de algunos días de septiembre. Pero para nosotros, cuando llegábamos a Bajamar, el verano acababa de empezar y no había ninguna razón para pensar que algún día tendría que terminar.
Aquello era lo bueno de tener aquellos años. No teníamos prisa. Los días comenzaban pronto, aunque no madrugáramos. Bastaba con abrir la ventana y escuchar dentro de la casa los ruidos en la cocina para saber que ya había empezado el día. Después venía el desayuno, alguna discusión en casa porque había que recoger la habitación o porque “alguien” quería que hiciéramos “algo” que, naturalmente, podía esperar hasta mañana.
El desayuno, leche y colacao, bocata de carne “enjamonada” y poco más, para no tener problema con las horas de digestión antes de bañarnos.
No hacía falta decirle a nadie adónde íbamos. — ¿Dónde vas? — Por ahí.
Y aquel «por ahí» podía significar cualquier cosa.
Los que veraneábamos en la bajada al club náutico, aunque había alguno que otro con bicicleta, nos movíamos caminando. Atravesando las fincas y tirando por veredas en veinte minutos estábamos en el pueblo. Acortábamos por caminos que hoy seguramente miraríamos con otros ojos, por lugares donde entonces no había más peligro que caerse por ir haciendo el gili, rasparse una rodilla, un fisco de saliva en el sitio apropiado, y a seguir caminando. Porque eso también formaba parte del verano. Las rodillas llenas de pequeñas heridas, los codos raspados, los pies negros de andar descalzos, el pelo tieso de sal… Y esa mezcla de sudor y agua del mar que se quedaba en la piel durante horas.
La pandilla se reunía casi sin necesidad de quedar. Uno aparecía con la bicicleta, después llegaba otro caminando, y otro. Y cuando nos queríamos dar cuenta ya éramos cinco o seis.
—¿Vamos a bañarnos? Aquella pregunta era suficiente para organizar la mañana.
No necesitábamos toallas buenas. Ni bolsas especiales. Ni cremas solares con nombres imposibles. Cada uno llevaba lo que tenía y, si se olvidaba algo, tampoco pasaba nada. El mar y las piscinas eran nuestros.
Bajamar y sus alrededores tenían entonces una manera especial de hacerse pequeños y enormes al mismo tiempo. Pequeños porque conocíamos cada rincón y enormes porque siempre quedaba algún sitio al que llegar, alguna caminata que hacer, alguna roca que escalar, alguna aventura que inventar.
Nos bañábamos hasta que los dedos se nos quedaban arrugados. Salíamos del agua, nos sentábamos un rato al sol y, cuando empezábamos a tener calor, alguien decía: -Vamos otra vez. -Y otra vez al agua. No había relojes.
O, mejor dicho, los había, pero nosotros no les hacíamos caso. A mediodía regresábamos a casa con un hambre tremenda.
Y allí estaba la vida familiar: la comida, el calor, algún padre o alguna madre preguntando dónde habíamos estado y nosotros respondiendo con un “por ahí, en las piscinas” que no aclaraba absolutamente nada.
Después de comer había que soportar aquel momento en el que los adultos querían que estuviéramos tranquilos.
A veces incluso había que dormir la siesta. Eso sí que era una pérdida de tiempo.
¿Cómo iba uno a dormir con toda la tarde por delante?
Yo recuerdo aquellas horas con una sensación extraña.
El calor, la casa medio en silencio, las ventanas abiertas, alguna radio sonando, el olor de la comida todavía flotando por la casa…
Y nosotros esperando el momento de volver a salir.
La tarde. Las tardes de Bajamar o por la zona de la bajada al club podían durar una barbaridad.
Hoy me parece increíble recordar cómo podíamos pasar tantas horas sin hacer prácticamente nada y, sin embargo, no aburrirnos.
Una bicicleta apoyada contra una pared. Una pelota. Unas cartas. Una guitarra, o dos.
Una conversación que empezaba hablando de cualquier tontería y acababa quién sabe dónde. Alguna radio sonando en una casa cercana.
El olor a mar que traía el viento. Y nosotros sentados en cualquier sitio, hablando de chicas, de profesores, de música, de películas, de lo que haríamos cuando fuéramos mayores.
Porque también hablábamos mucho de ser mayores, aunque no teníamos ni idea de lo que significaba.
Creíamos que ser mayor era tener coche, dinero, poder llegar tarde a casa y que nadie te preguntara dónde habías estado.
No sabíamos que también significaba pagar facturas, despedirse de gente, perder amigos, ver cómo los padres envejecían y descubrir que los veranos empezaban a pasar cada vez más deprisa.
Pero entonces no. Entonces todo estaba por delante. Por eso las tardes parecían interminables.
A veces salíamos a caminar sin un destino concreto. Simplemente echábamos a andar. Eso hoy sería difícil de explicar.
¿Caminar para qué? Para nada. Precisamente para nada. Caminábamos porque sí.
Íbamos hablando, empujándonos, riéndonos por cualquier cosa. Nos deteníamos para mirar algo que nos llamaba la atención y luego continuábamos.
No había móviles. No había mensajes. No había nadie preguntando dónde estábamos cada diez minutos.
Si querían encontrarnos, tenían que salir a buscarnos. Y si no nos encontraban, ya apareceríamos.
Y aquellas pequeñas rivalidades.
Quién tenía la bicicleta más rápida. Quién saltaba mejor. Quién aguantaba más tiempo bajo el agua. Quién se atrevía a llegar más lejos nadando (Qué peligro, carajo). Quién tenía más éxito con las chicas.
Todo aquello era importantísimo. Cosas pequeñas, pero nuestros veranos estaban hechos precisamente de cosas pequeñas, y por eso quizás, más difíciles de olvidar.
Pero la vida está hecha de esas cosas pequeñas. Y quizás por eso son las que más cuesta olvidar.
Y nosotros seguíamos allí.
Nadie quería ser el primero en decir:
—Me tengo que ir.
Porque decirlo era reconocer que el día se acababa. Y nosotros no queríamos que acabara.
De hecho, durante aquellos veranos yo tenía la sensación de que aquello iba a continuar para siempre.
El verano siguiente volveríamos, y allí estaríamos todos… Las bicicletas seguirían allí, nos seguiríamos bañando en los mismos sitios, a caminar por los mismos caminos. Las tardes volverían a ser largas…
No percibíamos que el tiempo estaba pasando.
Por las noches, cuando regresábamos a casa, todavía quedaban ganas de salir otra vez; una ducha rápida, cena… Alguna conversación familiar…La eterna pregunta: ¿Y por dónde has estado? Y la eterna respuesta: Por ahí.
Un rato más en la entrada del edificio, Planta, le decíamos. Algún cigarrillo a escondidas. En fin, una última oportunidad para alargar un poco más el día.
Y siempre quedaba mañana. Ese era nuestro gran secreto. Siempre quedaba mañana.
Volveríamos a coger las bicicletas, volveríamos a bañarnos, caminaríamos hasta aquel sitio al que nunca habíamos llegado.
Mañana volveríamos a reírnos de lo mismo; mañana seguiría siendo verano.
Y así pasaban los días, sin que fuéramos conscientes de que, en realidad, estábamos viviendo algo que algún día echaríamos muchísimo de menos.
Septiembre era una palabra que estaba muy lejos.
Después vendría el colegio, los libros, los profesores, los madrugones, los deberes… La rutina.
Ahora, tantos años después, cuando pienso en aquellos veranos en Bajamar, no recuerdo una fecha concreta. No sé qué día ocurrió cada cosa, ni siquiera estoy seguro de recordar los acontecimientos exactamente como sucedieron.
Un día, sin darnos cuenta, dejamos de ser aquellos pibes.
Cada uno empezó a tomar su camino; llegaron los estudios, la universidad…
Los trabajos, las novias, las obligaciones… la vida.
Y Bajamar siguió allí.
Eso es quizá lo más curioso; el lugar permaneció, los que cambiamos fuimos nosotros. A veces me pregunto qué sentiría si pudiera volver ahora a una de aquellas tardes, con los años setenta todavía por delante y toda aquella pandilla esperándome.
Seguramente no haría nada especial.
No buscaría ningún gran acontecimiento.
No intentaría cambiar nada.
Simplemente me gustaría estar allí.
Sentarme con ellos.
Escuchar de qué hablábamos.
Reírme de alguna tontería.
Mirar el mar.
Sentir el calor en la piel.
Y esperar a que alguno dijera:
—¿Nos bañamos?



