miércoles, 26 agosto, 2026

Los cinco niños del Pim-Pam: tres días bajo tierra que paralizaron a Gran Canaria

En agosto de 1987, cinco críos de El Polvorín entraron a explorar una cueva con una vela y una caja de fósforos. No salieron hasta tres días después. Las autoridades dijeron que no estaban allí dentro. Una vidente y el hermano de uno de ellos dijeron lo contrario. Y acertaron.

Sábado 14 de agosto de 1987, hora de comer. En el barrio de El Polvorín, en Las Palmas de Gran Canaria, cinco niños de entre 9 y 14 años no aparecen para almorzar. Nadie lo sabe todavía, pero están a 150 metros bajo tierra, a oscuras, sin agua ni comida, en una de las cuevas más laberínticas de la Ciudad Alta. Van a pasar allí tres días. Lo que ocurrió durante esas horas conmocionó a toda España.

Los cinco menores eran: el mayor, Alejandro Calimano, de 14. Con él iban Antonio Ramón Pérez, de 13; Alberto González, de 11; Carmelo Miguel Hernández, de 10; y el pequeño del grupo, Alexis Hernández, hermano de Carmelo, de tan solo 9 años.

Para entender cómo pasó esto hay que entender cómo era El Polvorín. Los chavales del barrio entraban de forma habitual en las numerosas grutas de la zona; era parte de su juego cotidiano. A esa costumbre se sumaba la dejadez de las instituciones, que nunca se molestaron en tapiar aquellas oquedades pese al peligro que suponían.

La cueva del Pim-Pam era la más temible de todas. Era una de las mayores por la longitud de sus túneles y por sus numerosas ramificaciones. Quienes la conocían aseguraban que sus galerías llegaban hasta lugares tan lejanos como Las Alcaravaneras, la desembocadura del Guiniguada o el antiguo Hospital Militar. Su entrada no invitaba precisamente a entrar: una fisura de apenas medio metro en la ladera de San Antonio.

Los niños entraron al mediodía con lo puesto: una vela y varios fósforos. No esperaban gran cosa. Alejandro Calimano lo resumió años después con una frase que lo dice todo: entraron pensando que la cueva era pequeña, pero resultó ser «un mundo, una ciudad debajo de la tierra».

Se perdieron. La vela y los fósforos no daban para mucho en semejante laberinto, y pronto quedaron completamente a oscuras, sin forma de encontrar la salida. Acabaron acurrucados en una zona de unos tres metros de diámetro, con las paredes y el techo secos, que sin saberlo les dio refugio durante los tres días.

Cuando se dio la voz de alarma, El Polvorín se volcó. El barrio en peso salió a buscar a los cinco vecinos. Pero pronto apareció un problema que hoy cuesta de creer: las autoridades y los servicios de rescate hicieron un primer rastreo dentro del túnel, se quedaron a unos 30 metros de la entrada y descartaron que los niños estuvieran dentro.

Es más, desde algunas instituciones llegó a dudarse de la propia versión: se planteó que quizá los niños no se habían perdido en la cueva. Esa duda se desmontó cuando los investigadores encontraron dentro de la gruta las huellas de los pequeños y los restos de su paso. Estaban allí. Solo que nadie con autoridad quería seguir buscando.

Aquí es donde la historia da su giro más insólito, y conviene contarlo con precisión: esto es lo que sostuvieron sus protagonistas y lo que recogió la prensa canaria.

Manuel Calimano, hermano mayor de Alejandro, no se resignó. Confió en Lidia Padrón, una joven vidente que aseguraba que los niños seguían dentro de la cueva. Según relataron después ella y su entorno, había usado las cartas y un péndulo sobre un plano de Las Palmas, situando a los niños en la zona de El Polvorín y afirmando que seguían vivos, aunque cada vez más débiles.

Con las autoridades desentendidas, un grupo entró por su cuenta y a escondidas de la policía. Junto a Manuel Calimano se metieron en el Pim-Pam varios espeleólogos aficionados y vecinos del barrio (entre ellos Juan Jesús González, Bernabé Jiménez, Manolo Calimano y un tal Lelo), siguiendo las indicaciones de la vidente. De madrugada, sobre las 2.15, aquella expedición encontró a los cinco menores acurrucados en el suelo, muertos de miedo pero vivos, tras tres días de oscuridad total sin comer ni beber. Estaban a unos 150 metros de la entrada.

El rescate cambió el barrio. Tras la enorme repercusión mediática, el Ayuntamiento de Las Palmas, con el alcalde José Vicente León al frente, mandó tapiar todas las cuevas de la zona. Con los años, las entradas quedaron directamente ocultas bajo los chalets que se construyeron después en el paseo de San Antonio. El Pim-Pam, literalmente, desapareció del mapa.

A Alejandro Calimano le quedó el suceso pegado para siempre, hasta en el apodo: desde entonces lo llaman «El Cueva». Es el único de los cinco que sigue viviendo en El Polvorín; los demás, por unos u otros motivos, acabaron marchándose del barrio. Décadas después seguía señalando el punto exacto por donde se accedía a la gruta y recordando con detalle aquellos días.

No olvida a quienes lo sacaron. Reconoce que él y sus cuatro compañeros de aventura le deben la vida a dos personas: la vidente Lidia Padrón y su hermano Manuel, ambos ya fallecidos. A ellos y al trabajo de mucha gente de su barrio, dice, les deben estar vivos.

El caso de los cinco niños del Pim-Pam tiene todos los ingredientes de un relato imposible de olvidar: unos críos jugándose la vida por explorar, un barrio pobre y desatendido que se organizó solo, unas autoridades que dieron por perdida la búsqueda y un desenlace tan feliz como polémico. Aún hoy sigue fresco en la memoria de quienes se echaron a la calle aquellos tres días de agosto.

Las cuevas están tapiadas y bajo el asfalto. Pero la historia de los cinco niños que entraron con una vela y salieron tres días después sigue siendo uno de los sucesos que marcó a Gran Canaria.

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