Aquel chalet, ¿o era una “casa de campo”? estaba en las medianías del norte de Tenerife, donde el aire tiene ese frescor distinto y las tardes parecen durar más que en cualquier otro lugar. Vivía en él mí tío Julio, el más chico de los hermanos de mi madre, al que siempre quise de manera especial por las “cosas que hacía y tenía”. Tenía escopetas, compraba todos los colorines (comics ahora) de la época todas las semanas y también pescaba y tenía decenas de cañas y un coche descapotable que me dejaba embelesado. Ya yo tenía mis añitos y comprensión de las situaciones familiares, y aunque algunas conversaciones se callaban o se cambiaban rápidamente si yo aparecía de repente, tenía claro que mi tío se había casado, separado y ahora vivía solo en aquella casa.
Yo recordaba perfectamente su boda, y a la que seguía siendo, al menos “técnicamente” mi tía; tampoco hacía tanto de eso. Durante muchos fines de semana “casa Julio” se convertía en el punto de encuentro de la familia; nosotros, mis abuelos y a veces mis otros tíos y tías. Bastaba llegar y abrir la puerta metálica que separaba el interior de la finca de la carretera, para sentir que entrábamos en un mundo aparte.
La casa estaba rodeada de huertas ajardinadas ¿o jardines “ahuertados”? que para mí, eran territorios a explorar cada vez que íbamos por allí. Había rincones escondidos entre las plantas, muretes de piedra, senderos de tierra y dos árboles que recuerdo perfectamente, una gran higuera y un nisperero. En el centro de todo se alzaba el chalet, con tres puertas; una grande con un escalón y una maceta con una Capa de la Reina, en la fachada principal de la casa; otra en un lateral, por la que se entraba directamente a la cocina y la tercera de aluminio, con grandes ventanales de corredera que daban paso a un salón desde el amplio porche donde por las tardes los mayores se reunían a las conversas, los cafés… y los güisquitos.
La cocina estaba a un nivel diferente, tres escalones más arriba que el nivel del salón. Desde allí llegaba el olor inconfundible de la comida que preparaba mi abuela Carmen. Su menú para nosotros los niños, parecía repetirse muchas veces, pero yo nunca me cansaba de él: una gran ensalada fresca y aquellos bistecs rusos con papas fritas que servía con orgullo y que desaparecían de los platos en cuestión de minutos. Los mayores, comían otras cosas.
Después de comer comenzaba la verdadera expedición. Salíamos, mi hermano y yo, a buscar lagartos entre los muros de piedra y las zonas soleadas del jardín. ¡Mira otro…Mira una lisa! ¡Ños “peaso” verdino allí en el sol y sombra de la higuera!
Los observábamos correr con esa velocidad inesperada que tienen estos bichos cuando se sienten descubiertos. A veces intentábamos acercarnos sigilosamente; casi siempre eran ellos quienes ganaban la partida.
También dedicaba largos ratos a mirar el cielo. Los cernícalos aparecían suspendidos en el aire, inmóviles pensaba yo gracias al viento, hasta que mi tío Julio me explicó que no era tan sencillo, que hacía falta una buena combinación de habilidad física, adaptación aerodinámica y el uso estratégico del viento, para sostenerse así antes de lanzarse en picado sobre las huertas o los descampados cercanos. Aquella forma de volar me fascinaba. Podía pasar minutos enteros observándolos sin decir una palabra.
Y el porche. Quizá sea lo que más permanece en mi memoria. Desde allí se contemplaba el Teide dominando el horizonte, majestuoso y tranquilo, en su labor de vigilante. Al caer la tarde, el sol descendía lentamente adentrándose en el mar, silueteando la Palma y el cielo se teñía de tonos dorados, anaranjados y rojizos. Los mayores seguían conversando mientras el día se apagaba poco a poco, y mi hermano cansado de saltar y correr, y yo de sus saltos y correteos, nos quedábamos sentados mirando aquel espectáculo que se repetía cada visita a casa de tío Julio y que, sin embargo, nunca parecía igual.
Nos quedaba la cena, que pedíamos el enano y yo comerla en el porche. Tortilla francesa, tomates de la huerta partidos con un chorrete de aceite, un plátano y un vaso de cola cao. Mis abuelos se quedaban a dormir allí, pero nosotros volvíamos a Santa Cruz, ya de noche cerrada. Con mi hermano durmiendo en el sillón de detrás con la cabeza apoyada en mi muslo, mi padre atento a la carretera, y mi madre dándome conversación para que yo no me durmiera también, en aquel 1430 de color marrón.
¿Viste muchas lisas? Con el abuelo casi llenaron la cesta de higos, ¿verdad?
¿Al final que le hizo la abuela de merienda? No me fijé.
Con el paso de los años he olvidado muchos detalles. No recuerdo el color de las paredes de las habitaciones o de ciertos muebles. Pero todavía puedo evocar el olor de la ensalada recién aliñada, la luz de aquellas tardes, los bistecs rusos de mi abuela, las papas fritas, el vuelo de los cernícalos y la silueta del Teide recortada contra el atardecer.
A veces pienso que aquel chalet existió para que, entre otras cosas, pudiera yo sacar el tiempo (vivido) de mis bolsillos… ¿Creerán que hace casi sesenta años que no paso por delante, ni cerca, de la casa de Tío Julio? Tal vez ni exista ya, o yo ni supiera llegar.




