Don Jacinto llevaba casi treinta años detrás del mostrador de su farmacia, un local estrecho pero ordenado hasta el extremo, donde cada frasco parecía tener memoria propia. Era un hombre de hábitos rígidos: abría a las ocho en punto, cerraba a la una y media, por la tarde de cinco a ocho y jamás, bajo ninguna circunstancia, alteraba el orden de los cajones. Su bata blanca, siempre impecable, contrastaba con sus manos, grandes y algo ásperas… especialmente la izquierda, donde el dedo índice terminaba abruptamente antes de su longitud normal.
La ausencia de aquella primera falange no pasaba desapercibida. Los niños la miraban con una mezcla de fascinación y temor, y los adultos, aunque más discretos, también la notaban. Don Jacinto nunca daba explicaciones completas. A veces decía que fue un accidente con una prensa de botellas cuando era joven; otras, que había sido culpa de una máquina de cortar pastillas en la antigua botica de su maestro. Pero quienes le conocían bien sospechaban que en esa historia había algo más, algo que él prefería dejar diluido en el silencio, como un principio activo demasiado potente.
Esa pequeña mutilación, sin embargo, no le restaba precisión. Medía, pesaba y contaba con una exactitud casi obsesiva. Podía partir una cápsula y dividir su contenido con una habilidad que rozaba lo quirúrgico. Su carácter era seco, pero no cruel; distante, pero no indiferente. Era de los que no preguntan de más, pero recuerdan qué medicina toma cada vecino o vecina, y en qué momento enviudó o tuvo un hijo esta o aquella..
A su lado trabajaba Luiso, su auxiliar desde hacía ya doce años. Si don Jacinto era sobrio y metódico, Luiso era lo contrario: ligero, curioso, con una energía que parecía no agotarse nunca. Su albinismo le daba un aspecto casi etéreo: piel blanquísima, cejas apenas visibles y unos ojos claros que, bajo la luz de los fluorescentes, parecían reflejarlo todo. Siempre llevaba gafas oscuras cuando salía a la calle, por la fotofobia, pero dentro de la farmacia se movía con soltura, como si aquel espacio fuera su verdadero hábitat.
Luiso tenía una manera distinta de tratar a la gente. Don Jacinto despachaba; Luiso conversaba. Sabía escuchar las quejas, reírse con los clientes habituales y tranquilizar a quienes llegaban nerviosos con una receta en la mano. Tenía memoria para los detalles pequeños: el nombre del perro de una clienta, la preferencia de otro por jarabes sin azúcar, el miedo de una anciana a los comprimidos grandes.
Don Jacinto nunca lo admitiría en voz alta, pero sabía que Luiso era el alma de la farmacia. Él ponía el orden; Luiso, la vida.
Entre ambos existía una relación curiosa, tejida con años de convivencia silenciosa. Discutían poco, pero cuando lo hacían era por cuestiones minúsculas: la colocación de una caja, la forma de archivar una receta, la decisión de fiar o no un medicamento. Don Jacinto era inflexible con las normas; Luiso, en cambio, tenía un criterio más humano que reglamentario.
—No podemos seguir fiando —decía don Jacinto, golpeando suavemente el mostrador con su dedo incompleto—. Esto no es una obra de caridad.
—Pero es Doña Carmen —respondía Luiso—. Siempre paga. Solo que a su tiempo.
Don Jacinto resoplaba, miraba sus libros, y al final asentía con un gesto casi imperceptible. Era en esos momentos donde se veía que, pese a su apariencia rígida, había en él una grieta por donde se colaba la compasión… quizá la misma grieta por donde, años atrás, se le escapó un trozo de dedo y, con él, cierta dureza innecesaria.
A veces, al cerrar la farmacia, Luiso se quedaba un rato más, ordenando estantes, mientras tarareaba canciones sin nombre. Don Jacinto, sentado en su banqueta, lo observaba en silencio. Veía en él algo que ya no tenía: ligereza, curiosidad, la capacidad de no cargar cada gesto con el peso del pasado.
—Luiso —decía de pronto—, ¿tú nunca te cansas?
—¿De qué, don Jacinto?
—De la gente.
Luiso sonreía, encogiéndose de hombros.
—A veces. Pero luego se me pasa.
Don Jacinto asentía despacio. Miraba su mano izquierda, la giraba ligeramente, como si aún estuviera acostumbrándose a su forma incompleta, y luego apagaba la luz.
Don Jacinto no siempre fue aquel farmacéutico metódico del barrio. Mucho antes de que su dedo incompleto señalara frascos y recetas, fue el capitán farmacéutico Jacinto Roldán, destinado en la Guinea Española en los años centrales del siglo XX, aproximadamente entre 1948 y 1958, cuando el territorio aún era administrado como provincia africana de España.
Había llegado joven, con uniforme nuevo, título recién obtenido y una idea casi romántica del servicio. Le destinaron primero a Bata, en la región continental del Río Muni, donde el calor no se parecía a nada que hubiera conocido y donde la farmacia militar no era una tienda, sino una línea de defensa contra la enfermedad.
La humedad estropeaba los medicamentos, los insectos se infiltraban en todo, y las epidemias —paludismo, infecciones intestinales, fiebres sin nombre— no esperaban turnos ni horarios. Don Jacinto aprendió a improvisar, a sustituir principios activos, a reutilizar material, a decidir con rapidez quién necesitaba tratamiento urgente y quién podía esperar.
En Guinea, en aquellos años, un error no era una equivocación: era una vida.
Su rango de capitán no era meramente simbólico. Coordinaba pequeños puestos sanitarios dispersos, supervisaba auxiliares locales —a quienes, a diferencia de otros oficiales, sí enseñaba— y mantenía inventarios que llegaban con meses de retraso en barcos desde la península. En ocasiones, debía internarse en la selva para asistir destacamentos o poblaciones aisladas.
Y fue también allí donde perdió la falange.
Nunca contó la historia completa, pero algunos fragmentos se reconstruyen: una tarde de tormenta, un generador defectuoso, un instrumental esterilizado a medias y la necesidad urgente de preparar una solución antiséptica en condiciones precarias. Algo falló. Una explosión menor, quizá un vidrio que estalló por presión. El resultado fue limpio y brutal: la primera falange del índice izquierdo quedó inutilizada. Él mismo se vendó, él mismo se trató.
Regresó a la Península a finales de los años 50, antes del proceso final de descolonización. Nunca volvió.
La farmacia del barrio fue, en cierto modo, su retiro… pero también su continuación. Cambió la selva por estanterías, las urgencias por recetas, pero mantuvo intacta la disciplina. Cada caja alineada, cada dosis exacta, cada gesto medido.
Luiso, que llegó años después, nunca conoció al capitán Roldán. Pero a veces, cuando veía a don Jacinto trabajar en silencio, con aquella mano incompleta moviéndose con precisión casi militar, tenía la sensación de que aquella farmacia no era solo un negocio.
Y así, entre frascos, fórmulas, cajas de medicamentos y pequeñas historias cotidianas, los dos sostenían la farmacia del barrio: uno con la precisión de lo que no cambia, el otro con la calidez de lo que siempre está dispuesto a empezar de nuevo.
(La farmacia en la actualidad sigue abierta; ahora tiene puertas automáticas de cristal, dos chicas auxiliares de farmacia, y la farmacéutica es la Lcda. Dª Gladys “y dos apellidos compuestos”).




