jueves, 21 mayo, 2026

La radio

Si a aquel pibe de barrio alguien le hubiera preguntado en aquel tiempo o incluso ahora, hoy, cuándo y cómo empezó todo, probablemente no sabría dar una fecha exacta. Porque la radio no llegó a su vida de golpe: Siempre había estado allí, como un murmullo constante, un sonido más en casa, en el barrio.

De niño, uno de sus lugares favoritos no era el salón, ni su habitación; era el pequeño escalón del baño. Allí se sentaba cada mañana, con las piernas encogidas, mientras su padre se afeitaba frente al espejo empañado. La radio, apoyada en la jabonera, junto al lavabo, hablaba de cosas que él no entendía del todo: crisis, petróleo, conflictos armados, lugares lejanos… Pero le fascinaba el tono grave de los locutores, la forma en que las palabras parecían viajar desde otro mundo hasta aquel baño estrecho.

—Escucha —le decía su padre a veces—. Esto es importante.

Y él escuchaba. Sin saber por qué, sentía que lo era.

Años después, ya adolescente, la radio dejó de ser solo una presencia y se convirtió en un descubrimiento. Todo empezó con un pequeño transistor que su abuelo, con parsimonia, un sábado luminoso le dijo — Para ti —. No era gran cosa: caja de plástico algo amarillento, una rueda de sintonía que crujía ligeramente al girarla… Pero aquella noche, al meterlo bajo la almohada, algo cambió. La magia de la radio de noche, lo envolvió.

En casa también había una radio grande que, con el tiempo, pidió permiso para instalar en su cuarto. Un aparato de fabricación española, una radio marca Siera, que tenía un “ojo mágico”, una bombillita verde, que brillaba más o menos, según la intensidad de la señal que se recibía. Y una serie de teclas con leyendas escritas, que se correspondían con líneas y números del cristal, detrás del que giraba una especie de aguja, que su tío llamaba dial. Y el mundo se abrió.

En aquel aparato, sobre todo a la caída de la tarde y la noche, entre ruido y silbidos, aparecían voces. Algunas claras, cercanas. Otras lejanas, como si vinieran arrastrándose por el aire. Aquel pibe aprendió pronto que aquello no era casual: eran emisoras de onda corta, señales rebotando en la ionosfera, viajando miles de kilómetros para llegar a su habitación en la oscuridad.

Se volvió un ritual. Cada noche, luces apagadas, radio encendida. Girar despacio la rueda. Buscar. Esperar.

Un día escuchó algo en lo que supuso era francés. Otro, una emisora rusa, desde Moscú, en castellano. Otro día música africana, noticias de América Latina, discursos que no comprendía pero que le hacían imaginar ciudades, desiertos, montañas, anchas avenidas.

No tardó en ir un paso más allá. Buscó información en la biblioteca pública y construyó una antena de hilo, para mejorar la recepción; y con otro compañero de colegio y de afición, pronto descubrió que podía escribir a esas emisoras. Informes de recepción, los llamaban. Apuntaba la frecuencia, la hora, la calidad de la señal y enviaba la carta a la dirección postal que, de vez en cuando, repetían los locutores. Más de media asignación de la semana, se le iba en sellos. En algunas ocasiones, los abuelos o los tíos, que sabían de su afición, subvencionaban algunos sellos. Lo hacía con una seriedad casi científica, como si estuviera participando en algo importante.

Y entonces empezaron a llegar las respuestas.

Sobres con sellos extranjeros (que él regalaba solemnemente a su abuelo). Tarjetas postales, QSL las llamaban, con paisajes exóticos, antenas gigantes, logotipos, banderines, libros y folletos de emisoras lejanas que explicaban como mejorar los receptores, las radios multibanda, y daban información del país, de la ciudad desde donde transmitían. Cada carta era una prueba: Había logrado cruzar el mundo sin salir de su cuarto.

Pero no todo era tan claro.

Una noche, mientras recorría el dial, encontró algo distinto. No era música ni noticias. Era una voz… mecánica, casi sin emoción, leyendo números.

—Cinco… ocho… dos… uno… nueve…

Y aquel adolescente radioescucha, diexistas los llamaban a los que como él hacían de escuchar emisoras lejanas por la radio su afición, frunció el ceño. Pensó que era una prueba, o un error. Pero la voz continuó, implacable, repitiendo secuencias interminables.

Había “tropezado” con las emisoras de números.

No sabía cómo se llamaban entonces, pero algo en ellas le inquietó profundamente. No había saludos, ni explicaciones. Solo cifras, a veces acompañadas de tonos o melodías extrañas. Era como si alguien estuviera enviando mensajes secretos… y él los estuviera interceptando sin querer.

Esa noche casi no durmió. Mucho tiempo quedó escuchando, luego comenzó también a anotarlas en una libreta, y cuando acabó aquella voz, buscó más en el dial. Apuntó la frecuencia, para volver a la escucha al día siguiente, a la caza de señales, y al subidón que le venía al ponerse los auriculares, y anotar frecuencias, programas, melodías en su libreta de escucha, siempre en la idea de tener de nuevo la suerte de escuchar…

Tres… Ocho… Cinco… Dos… Siete.

Porque la radio, con sus misterios y sus certezas, ya formaba parte de él. Desde aquel escalón del baño hasta las madrugadas con el transistor bajo la almohada, o los auriculares escuchando la onda corta, siempre había sido una ventana. Una que no necesitaba pantallas, solo paciencia y curiosidad.

Con el tiempo, entendería muchas cosas: cómo funcionaban las ondas, por qué aparecían aquellas voces lejanas, incluso qué podían ser aquellas emisoras de números. (*)

Pero nunca perdería la sensación de la primera vez.

Esa magia silenciosa de descubrir que el mundo está lleno de voces… esperando a que alguien, en la oscuridad, decida escucharlas.

Y ahí sigue, casi sesenta años después de aquellas sentadas en el escalón del baño…

(*) (https:\\cronicasdesanborondon.es/las-extranas-emisoras-de-numeros/)

(17 de mayo, Día Mundial de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información)

Ricardo Martín
Ricardo Martín
Docente jubilado. Curioseante.

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