Antes uno tenía hambre y comía. Así de sencillo.
Había una relación directa, eficiente y casi admirable entre la necesidad y la solución. Te apetecía pizza, ibas a por pizza. Querías un bocadillo, te comías un bocadillo. Fin del asunto.
Ahora no.
Ahora pedir comida o elegir un restaurante se ha convertido en un proceso tan complejo que, sinceramente, hay momentos en los que se me quita el hambre durante el camino.
El otro día abrí una aplicación para pedir cena a las nueve menos cuarto. Cenaba a las diez y media.
Y ni siquiera cené algo espectacular. Acabé pidiendo lo mismo de siempre, que es probablemente lo más triste de toda esta historia.
Pero antes de llegar ahí tuve que atravesar un proceso psicológico bastante intenso.
Porque ya no basta con elegir comida. Ahora hay que investigar.
Primero miras la puntuación. Luego las fotos. Después lees opiniones escritas por personas que claramente atraviesan demasiadas emociones para estar comentando unos nachos.
“Las papas llegaron templadas y mi experiencia vital cambió para siempre.”
La gente está muy mal.
Aun así, sigo leyendo reseñas como si estuviera evaluando colegios para mis hijos. Y cuanto más leo, menos claro lo tengo.
Porque internet ha conseguido algo increíble: hacer que cualquier decisión parezca potencialmente desastrosa.
En un momento dado tenía abiertas siete pestañas distintas comparando hamburguesas que, honestamente, iban a saber prácticamente igual.
Pero uno entra en una dinámica absurda donde siente que debe optimizar la cena. Como si elegir mal pudiera arruinarte la noche entera.
Y quizá pueda.
Porque hay pocas decepciones más adultas que gastarte veinte euros en una comida mediocre que llega fría y encima tarda una hora.
Eso te afecta más de lo que debería.
Recuerdo una noche especialmente ridícula en la que estuve tanto tiempo buscando qué pedir que el restaurante al que finalmente me decidí ya había cerrado.
Aquello me pareció una falta de respeto mutua.
También he desarrollado manías extrañísimas. Por ejemplo, si un sitio tiene demasiadas opciones, desconfío. Nadie puede hacer sushi, tacos, pasta, poke, hamburguesas y desayunos perfectamente al mismo tiempo. Eso no es un restaurante, es una persona perdiendo el control.
Y luego están las fotos.
Hay restaurantes que parecen haber contratado al director de fotografía de una película de Hollywood para enseñarte una croqueta. Ves la imagen y piensas: “Esto puede cambiarme la vida.”
Luego llega a casa una masa triste dentro de un recipiente de plástico que parece haber vivido momentos difíciles durante el trayecto.
Aun así, vuelves a caer.
Porque el problema no es la comida. El problema es la ilusión. La absurda esperanza de que esta vez sí, esta vez habrás elegido bien y todo encajará perfectamente.
Spoiler: no ocurre casi nunca.
Hace poco quedé con unos amigos para cenar y tardamos literalmente cuarenta minutos en decidir sitio. Cuarenta.
Hubo silencios tensos. Vetos inesperados. Debates sobre si “ese sitio está bien pero tampoco increíble”. Una persona propuso mirar TikTok para buscar recomendaciones y durante unos segundos pensé seriamente en levantarme e irme solo.
Al final acabamos en un sitio normalísimo donde nadie pidió nada memorable y todos dijimos la frase más utilizada después de cualquier cena mediocre: “Bueno… estaba bien.”
Esa frase sostiene actualmente gran parte de la hostelería moderna.
Y pese a todo, me sigue pasando. Sigo abriendo aplicaciones sin hambre real, simplemente por entretenimiento. Como quien entra en Idealista sabiendo perfectamente que no va a comprarse una casa.
Hay algo hipnótico en mirar comida que no vas a pedir.
A veces incluso cierro la aplicación agotado, me hago un sándwich y siento una paz difícil de explicar.
Una paz humilde.
Pero honesta.




