Hay sucesos históricos que nos recuerdan que los humanos somos capaces de realizar los actos más crueles y viles, a la vez que también podemos dar ejemplo de sacrificio y solidaridad.
En esta ocasión quiero recordar uno de esos hechos lamentables del que fue testigo la isla del Hierro.
Esta historia la encontré hace algún tiempo en un libro editado en el año 1983 por el Cabildo del Hierro escrito por José Padrón Machín, cronista de la isla en ese momento. Aún conservo el libro y los subrayados que hice en él, ya que la historia me impactó.
Dentro de las noticias históricas de la Isla que relaciona en la obra su autor la tituló “La matanza de los Lajiales”. Califica el suceso de “hecho bárbaro, indigno de cualquier mentalidad, cruel, horrible, inhumano”.
La matanza de la que vamos a hablar se desencadenó a principios de diciembre de 1784, cuando el Capitán General de Canarias comunicó a todos las islas que un barco portugués con “apestados” se encontraba cerca de nuestras aguas. Para evitar el contagio pedía que se estableciera un servicio de vigilancia que impidiera el desembarco de sus tripulantes en ninguna isla. Si fuera necesario se pedía para ello “incluso haciendo uso de las armas”.
Con esa circular en vigor el día seis de diciembre de ese año de 1784 se divisó un barco en la costa sur de El Hierro. Nunca se aclaró si el barco era americano o británico ni la nacionalidad de los pasajeros. De él desembarcaron en lanchas 36 personas, entre hombres, mujeres y niños. Seis soldados que se encontraban en la costa no pudieron hacer nada para evitar la llegada a tierra de los pasajeros.
La noticia llegó a oídos del teniente coronel Bríz Calderón sobre las 10 de la noche, lo que le imposibilitó consultar con el alcalde mayor o convocar a los regidores para tomar una decisión colegiada ante dicho desembarco.
Lo normal y mas humanitario hubiera sido aislar a los recién desembarcados y hacerles llegar, con las necesarias medidas sanitarias, alimentos y abrigo. Luego esperar un periodo de cuarentena que permitiera averiguar si estaban enfermos o no
Sin embargo, Bríz tomó otra decisión. Tocó las campanas a “arrebato” y juntó a los milicianos que había en la isla bajo su mando.
Al amanecer del día 7 de diciembre estos milicianos, bajo las ordenes del Capitán Fernández Paiva se trasladaron a la costa. Este había recibido el encargo del teniente coronel Bríz de “si esa gente no hubiese vuelto a bordo, échelos al agua sin dejar vestigios de ellos”.
En la mañana del 9 de diciembre de ese año de 1784 Bríz ordenó la ejecución de los 36 pasajeros desembarcados y estos fueron acribillados a balazos por las milicias.
Cuando el suceso llega a oídos del Capitán General de Canarias, el Marques de Branciforte, este montó en cólera y ordenó abrir una investigación para aclarar lo ocurrido.
Como ocurre en estos casos se entró por todos los participantes en una fase de mentiras y medias verdades para intentar no ser señalados como los culpables de este horrendo e inmoral crimen.
El único que no pudo alegar nada en su defensa por el propio Bríz, ya que la orden directa de matar a los infortunados fue suya. El resto, otros mandos, el alcalde, los regidores…declararon que nada tuvieron que ver y que ellos intentaron convencer a este de que lo mejor era darles alimentos y mantenerlos aislados en la playa.
En las conclusiones del juicio se eximió de toda responsabilidad al pueblo herreño, es más se le reconocía su carácter hospitalario que ya había demostrado en otras ocasiones. Se condenó al Teniente Coronel Bríz a cadena perpetua y al Capitán Fernández Pavía a seis años de presidio.
José Padrón Machín se llega a plantear en su libro que a muchos “les parecería mejor que al escribir la historia de El Hierro se omitieran esos tristes y sangrientos episodios”.




