Todo empieza, como tantas cosas extraordinarias, con una carta. En 1955, el astrofísico Morris Jessup recibió una serie de misivas de un tal Carlos Allende —también conocido como Carl M. Allen— en las que este hombre afirmaba haber presenciado desde otro barco cómo el USS Eldridge, un destructor de la Marina de los Estados Unidos, se volvía invisible durante unos breves pero inquietantes segundos en el puerto de Filadelfia. Según Allende, el experimento era parte de un programa secreto del gobierno para aplicar la Teoría del Campo Unificado de Albert Einstein a fines militares: específicamente, hacer invisibles a los barcos ante los radares alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
La leyenda, tal como se fue construyendo en las décadas siguientes, sostiene que el experimento no solo logró la invisibilidad electromagnética, sino que el barco entero fue transportado de manera instantánea desde Filadelfia hasta Norfolk, Virginia, y de vuelta. Los marineros a bordo habrían sufrido consecuencias devastadoras: algunos quedaron fundidos con el casco del barco, otros enloquecieron, y varios se volvieron invisibles ellos mismos durante días o semanas después del experimento. Es una historia que mezcla física teórica, horror de guerra y ciencia ficción con una eficacia narrativa difícil de ignorar.
El nombre de Einstein aparece en la historia no de manera casual. Jessup, el destinatario de las cartas, era un científico con credenciales reales y cierto prestigio en los círculos de la astronomía. Cuando la Marina de los Estados Unidos recibió una copia anotada del libro de Jessup sobre los ovnis —anotada presuntamente por Allende y otros dos individuos con referencias crípticas al experimento— el interés institucional, aunque fuera marginal, añadió una capa de verosimilitud a lo que de otro modo habría sido una anécdota de un excéntrico. En 1956, la Marina reprodujo ese libro anotado en una edición limitada de solo 100 ejemplares, algo que los creyentes interpretan como evidencia de un interés oficial y que los escépticos explican como simple curiosidad burocrática.
La historia cobró nueva vida en 1979, cuando el escritor Charles Berlitz —el mismo autor que popularizó el mito del Triángulo de las Bermudas— publicó junto a William Moore el libro El experimento Filadelfia. Berlitz tenía un talento innegable para convertir ambigüedades y testimonios de segunda mano en narrativas apasionantes, y el libro vendió cientos de miles de ejemplares. Cinco años después llegó la película homónima, que trasladó el mito a la cultura popular con definitiva eficacia: un marinero de 1943 viaja al presente, desorientado, perseguido por agentes del gobierno, portador de secretos que el establishment quiere silenciar. Era el cine de conspiraciones de los años ochenta en su forma más pura.
¿Qué dice la historia oficial? Los registros de la Marina son categóricos: el USS Eldridge no estaba en Filadelfia el 28 de octubre de 1943, fecha en que supuestamente ocurrió el experimento. El diario de a bordo, documentos públicos de acceso libre desde los años noventa, lo sitúa en otro lugar. Los marineros que sirvieron en el barco y que aceptaron ser entrevistados negaron que hubiera ocurrido nada inusual. El propio Allende, cuya salud mental fue cuestionada en varias ocasiones, llegó a recantarse de partes de su relato en distintos momentos de su vida, aunque nunca de manera completamente definitiva.
La física tampoco ayuda a sostener el mito. La Teoría del Campo Unificado que Einstein intentó desarrollar durante décadas nunca fue completada; el propio Einstein reconoció su fracaso. La idea de que en los años cuarenta existiera tecnología capaz de doblar campos electromagnéticos con la precisión necesaria para volver invisible un barco de guerra de casi 95 metros de eslora es, en el mejor de los casos, inverosímil. Los físicos que han examinado la hipótesis señalan que incluso si tal tecnología existiera, los efectos secundarios para los seres humanos a bordo serían letales de maneras muy distintas a las descritas por Allende.
Y sin embargo, el experimento Filadelfia persiste. Se adapta, muta, absorbe nuevos elementos. En las últimas décadas ha sido vinculado al Proyecto Montauk, otra supuesta operación secreta con viajes en el tiempo y experimentos de control mental en Long Island, creando una mitología expandida que conecta conspiraciones de la posguerra con tecnología alienígena, portales dimensionales y gobiernos sombra. En internet, la leyenda vive en foros, canales de YouTube con millones de visualizaciones y documentales de plataformas de streaming que presentan testimonios de testigos anónimos con la misma retórica visual de los grandes misterios sin resolver.
Lo fascinante del experimento Filadelfia, desde una perspectiva cultural, no es la pregunta de si ocurrió, sino la de por qué seguimos necesitando que haya ocurrido. La historia nació en plena Guerra Fría, en un momento en que la ciencia parecía capaz de cualquier cosa —los mismos años produjeron la bomba atómica, los primeros cohetes, el inicio de la carrera espacial— y en que la desconfianza hacia los gobiernos era una actitud razonable más que paranoica. La idea de que el Estado pudiera estar haciendo experimentos aterradores con sus propios soldados no era descabellada: el Proyecto MKULTRA, el programa de control mental de la CIA que sí existió y está documentado, fue desclasificado en los años setenta y demostró que lo inimaginable también tiene expediente oficial.
El experimento Filadelfia funciona como una especie de recipiente cultural donde depositamos nuestras ansiedades sobre el poder, la ciencia y los límites del conocimiento oficial. Cada generación lo actualiza con los miedos del momento: en los ochenta era el complejo militar-industrial; en los dos miles, el control gubernamental posterior al 11-S; hoy, en la era de la inteligencia artificial y la vigilancia digital, ha adquirido nuevas resonancias. La historia es lo suficientemente vaga y lo suficientemente evocadora como para cargarse con el significado que cada época necesite.
Hay algo casi poético en eso. Carl Allen, el hombre que inició todo con sus cartas alucinadas a un astrofísico de Ohio, era un marinero errante, probablemente con serios problemas psiquiátricos, que había leído demasiado y dormido poco. Y sin embargo, sin quererlo o quizás queriéndolo mucho, creó uno de los mitos más persistentes del siglo pasado. El USS Eldridge, que terminó sus días vendido a Grecia y desguazado en 1999, navegó de verdad por mares reales. Pero el barco que importa, el que se hizo invisible, el que saltó en el tiempo, ese sigue navegando en algún lugar donde los hechos y el deseo de que el mundo sea más extraño de lo que parece no han terminado de separarse del todo.




