En 1479, en plena negociación de paz entre las coronas de Castilla y Portugal, los representantes de ambos reinos incluyeron en un documento oficial una isla que nadie había conseguido localizar. No se trataba de un error de los escribanos ni de una broma diplomática. San Borondón, la octava isla del archipiélago canario según la tradición, entró en el Tratado de Alcáçovas con la misma seriedad jurídica que Lanzarote, La Palma o El Hierro.
Un tratado para repartirse un océano

El acuerdo se firmó el 4 de septiembre de 1479 en la villa portuguesa de Alcáçovas por los negociadores de ambas coronas: Rodrigo Maldonado, oidor de la Real Audiencia, en representación de Isabel y Fernando, y João da Silveira, barón de Alvito, por parte de Alfonso V de Portugal y su hijo Juan. El rey de Portugal lo ratificó el 8 de septiembre de 1479 y los reyes de Castilla y Aragón lo hicieron en Toledo el 6 de marzo de 1480.
El documento puso fin a la guerra de sucesión castellana y, sobre todo, resolvió el asunto que de verdad preocupaba a ambas coronas: quién tenía derecho a explotar y colonizar los territorios que se iban descubriendo en el Atlántico. A Castilla le correspondían las islas Canarias, mientras que a Portugal se le reconocía el control sobre Guinea, Madeira, las Azores, Cabo Verde y cualquier otra tierra que se hallara desde Canarias hacia el sur, en dirección a Guinea. Fue el precedente directo del Tratado de Tordesillas, trece años posterior.
Entre el listado de posesiones canarias que se atribuían a Castilla apareció un nombre que ningún navegante había podido situar con certeza en un mapa: San Borondón, descrita en la documentación de la época como una isla «aún por ganar».
Una leyenda con siglos de recorrido
El origen de la historia se remonta al siglo VI, con las navegaciones legendarias de un monje irlandés, Brandán de Clonfert, conocido en castellano como San Borondón o San Brandán. La leyenda quedó recogida por primera vez en una obra del siglo X, la Navigatio Sancti Brendani, que narra cómo el monje partió junto a otros dieciocho religiosos en busca de una isla maravillosa situada más allá de todas las tierras conocidas.
Desde finales del siglo XIII, la isla empezó a aparecer representada en la cartografía europea. Figura en el planisferio de Richard de Haldingham y en el mapamundi alemán de Ebstorf, este último con una inscripción que resume bien el misterio: «Isla Perdida. San Brandán la descubrió pero nadie la ha encontrado desde entonces». Con el paso de los siglos su posición fue variando según el cartógrafo: unas veces cerca de las Azores, otras al suroeste de Madeira, otras en pleno centro del Atlántico. Fue el ingeniero italiano Leonardo Torriani, encargado por Felipe II de fortificar las Canarias a finales del siglo XVI, quien terminó fijándola en las proximidades del archipiélago y llegó a describir sus supuestas dimensiones y su relieve, con dos montañas en los extremos y un valle central.

Expediciones que volvían con las manos vacías
La inclusión de la isla en un tratado internacional no quedó en un simple trámite administrativo. Entre los siglos XVI y XVIII se organizaron numerosas expediciones desde Tenerife, Gran Canaria y El Hierro con el objetivo de encontrarla y tomar posesión de ella. Entre los expedicionarios documentados figuran Fernando de Viseu, sobrino del Infante Don Enrique el Navegante, a finales del siglo XV, o Hernando de Troya y Francisco Álvarez, vecinos de Gran Canaria, en 1526. Algunos regresaron asegurando haber avistado sus costas o incluso haber perdido tripulantes en ella; ninguno aportó una prueba que resistiera un segundo viaje.
La polémica sobre su existencia llegó a ocupar páginas enteras de la literatura ilustrada. El benedictino Benito Jerónimo Feijoo la incluyó entre las «fábulas de países imaginarios» en su Teatro Crítico Universal de 1730, mientras que otros autores de la época defendían con vehemencia que la isla era real y que su desaparición obedecía a causas divinas o diabólicas.
Del mito a la fotografía
El siglo XX no cerró el asunto, más bien lo reavivó. En 1953, el diario ABC publicó que la isla había vuelto a ser vista al noroeste de El Hierro, bajo el nombre de Isla Sirena. Cinco años después, el 10 de agosto de 1958, un vecino de La Palma llamado Manuel Rodríguez Quintero tomó lo que se presentó como la primera fotografía de la isla errante, también publicada por ABC. Las imágenes, examinadas con posterioridad, muestran en realidad una capa de bruma sobre la superficie del mar.
La explicación que hoy maneja la comunidad científica apunta a un fenómeno óptico conocido como espejismo superior o fata morgana: la refracción de la luz entre capas de aire con distinta densidad, habitual en situaciones de inversión térmica, que proyecta sobre el horizonte una imagen deformada y elevada de una isla real, presumiblemente La Palma. El resultado es una silueta montañosa que parece flotar sobre el agua y que, según el ángulo y las condiciones atmosféricas, resulta indistinguible de una isla desconocida.

Una leyenda convertida en identidad
Ningún cartógrafo se atrevió a fijar la posición de San Borondón con tanto detalle como Leonardo Torriani, el ingeniero italiano que Felipe II envió a finales del siglo XVI para fortificar las Canarias. Torriani no se limitó a repetir la leyenda: la documentó como si fuera un encargo técnico más, con rumbo, distancia y medidas.
Situó la isla al oeste del archipiélago, a unos 550 kilómetros en dirección oeste-noroeste desde El Hierro, y le calculó un tamaño considerable para los estándares canarios: cerca de 500 kilómetros de largo por 155 de ancho. Otras fuentes de la época, más comedidas, la describían con un perfil menor, de unos 30 kilómetros de norte a sur y 15 de este a oeste, con dos montañas en los extremos y una hondonada central por la que corría un río. La cartografía de los siglos XVI y XVII, en cualquier caso, coincidía en un dato: la situaban en torno a los 28 grados de latitud norte, formando un triángulo imaginario con La Palma, El Hierro y La Gomera.
Ninguna de estas cifras se sostuvo cuando la navegación moderna, y después los satélites, barrieron esa zona del Atlántico sin encontrar nada. Pero el hecho de que un ingeniero real llegara a darle coordenadas precisas, como si de una isla catastrada se tratara, explica por qué la leyenda sobrevivió tanto tiempo a la simple tradición oral.
San Borondón nunca llegó a incorporarse a los mapas oficiales del Estado ni a ningún registro catastral, y las expediciones modernas, con satélites y sonares, han descartado por completo su existencia física. Pero el hecho de haber figurado por escrito en un tratado firmado por los Reyes Católicos le dio a la leyenda un estatus que pocas historias de islas fantasma han alcanzado en Europa. En Canarias, la octava isla sigue presente en el imaginario popular, en topónimos, en relatos y en la memoria de quienes, generación tras generación, aseguran haber visto asomar sus montañas entre la bruma del Atlántico.




