viernes, 1 mayo, 2026

Pancho, el de las guaguas

Pancho el de las guaguas, subía la guagua por la empinada cuesta, recién asfaltada, de entrada al barrio, como si la carretera fuera una extensión de su propio cuerpo. Cuarentón largo, alto como una torre, rubianco, de piel tostada por el sol y ancho de hombros, de esos que parecían hechos para sostener el peso de medio mundo sin quejarse.

Siempre llevaba el mismo gesto tranquilo, medio serio, medio burlón, y un cigarrillo de tabaco negro colgándole de la comisura de los labios. Condal, caja dorada, de los que dejaban un olor denso y dulzón flotando en el aire incluso cuando ya no estaba. Decía que los había fumado toda la vida, y que a esas alturas cambiar sería como cambiar de nombre.

La guagua era su trasatlántico. Nadie la llevaba como él. Subía por las cuestas del barrio sin tirones, con una suavidad que parecía mentira, esquivando los coches mal aparcados y las esquinas cerradas como si estuviera bailando con la calle. Los chavales lo sabíamos: si conducía Pancho, el trayecto era distinto, más corto, más seguro, más nuestro.

Pero lo que de verdad lo hacía especial pasaba en la parada de la esquina de la calle Siete con el torreón.

Allí, siempre, sin falta, echaba el freno con un suspiro de la máquina, abría la puerta y se levantaba del asiento con una calma que imponía respeto. Bajaba los dos escalones y, antes de que nadie pudiera decir nada, ya estaba ayudando a las señoras mayores a descender. Les cogía las bolsas como si no pesaran nada, aunque fueran llenas hasta arriba de papas, gofio, leche y lo que hiciera falta.

—Despacio, doña Carmen… —decía, o— cuidado con el escalón, María…

Las trataba a todas por su nombre, como si fueran familia.

Dejaba la compra en la acera, bien colocada, y entonces venía lo mejor: se llevaba dos dedos a la boca y pegaba un largo y agudo silbido o, si estaba de humor, tocaba la pita de la guagua, larga y clara, como una llamada que recorría todo el barrio.

Y no pasaban ni diez segundos.

De alguna esquina, de detrás de un muro, de una puerta que se abría de golpe, salía corriendo una nieta, una sobrina, una vecina joven. Venían casi sin aliento, riéndose a veces, con esa mezcla de vergüenza y prisa.

—¡Ya voy, ya voy!

Pancho las miraba con media sonrisa, como si aquello fuera un ritual secreto que solo ellos entendían. No se iba hasta que la compra estaba en manos seguras. Solo entonces subía de nuevo, se sentaba, abajo el “frenomano”, ajustaba las manos al volante con un gesto mecánico y arrancaba.

Y la guagua seguía su camino.

Para nosotros, los chiquillos del barrio, Pancho era otra cosa. No era solo el conductor. Era parte del paisaje, como los bloques, como el descampado, como las porterías hechas con piedras.

Cuando éramos pequeños, nos arrimábamos a los bloques en círculo donde los conductores hacían mentidero mientras esperaban su turno. Allí estaban, apoyados en la guagua o sentados en el bordillo, hablando de todo y de nada: del tiempo, del fútbol, de la vida que pasaba lenta y rápida al mismo tiempo… Y en voz baja, del tiempo que le quedaba a Franco.

Pancho siempre estaba en medio, pero no era el que más hablaba. Escuchaba, asentía, soltaba alguna frase corta que hacía reír a los demás. Y fumaba. Siempre fumaba.

Nosotros nos acercábamos poco a poco, como quien no quiere molestar, pero esperando algo.

Y casi siempre pasaba.

—Vengan pa’ cá, carajo —decía sin mirarnos directamente, como si lo dijera al aire.

Entonces sacaba del bolsillo un paquete arrugado, no de tabaco esta vez, sino de regaliz. Negro, brillante, pegajoso. Lo abría y nos daba un trozo a cada uno, sin hacer cuentas, sin preguntar cuántos éramos.

Aquel regaliz sabía mejor que cualquier cosa. No por el sabor, sino por el gesto.

—Pero no se lo digan a sus madres, que después se tufan conmigo —añadía, guiñando un ojo.

Nos sentábamos cerca, chupando el regaliz, escuchando las conversaciones que no entendíamos del todo, pero que nos hacían sentir parte de algo más grande. A veces Pancho nos preguntaba por la escuela, otras veces solo nos revolvía el pelo con una mano enorme que olía a tabaco y a gasoil.

Había días en que parecía cansado. Se le notaba en la forma de caminar, en cómo se quedaba un segundo más mirando al vacío antes de subir a la guagua. Pero nunca dejó de hacer su parada en la calle Siete como siempre. Nunca dejó de silbar o tocar la pita. Nunca dejó de cargar las bolsas.

Decían que había tenido una vida dura. Que había empezado joven, que había pasado por mil trabajos antes de quedarse en la guagua. Que había querido irse del barrio más de una vez, pero siempre volvía.

Quizás por eso entendía a la gente como la entendía.

Con los años, el barrio cambió. Algunas caras desaparecieron, otras nuevas llegaron. Los bloques se pintaron, se despintaron, se volvieron a pintar, prácticamente todas las calles se asfaltaron… Nosotros crecimos, dejamos de esperar el regaliz, dejamos de sentarnos en el mentidero.

Pero Pancho siguió.

Un poco más encorvado, tal vez. Con el pelo más claro, casi blanco. Con el mismo Condal (caja dorada) en la boca. Y la misma manera de conducir.

Y la misma parada en la calle Siete.

A veces, ya de mayores, coincidíamos con él. Subíamos a la guagua sin decir nada, pagando el billete como cualquiera. Él nos miraba un segundo más de la cuenta, como intentando colocarnos en algún recuerdo.

—¿Tú no eres…? —empezaba.

Y nosotros sonreíamos.

—Sí, Pancho… del bloque del carrito de D. Jorge, o del torreón, o del bloque del depósito del agua arriba.

Entonces asentía, satisfecho, como si hubiera resuelto un acertijo.

—Ya decía yo.

No hacía falta más.

Porque en el fondo, todos sabíamos que Pancho no era solo el conductor de la guagua. Era una de esas personas que sostienen un barrio sin que nadie lo note demasiado. De las que están siempre ahí, haciendo pequeñas cosas que, juntas, terminan siendo enormes.

Como parar en la calle Siete. Como silbar o tocar la pita.

Como esperar a que alguien llegue corriendo desde la esquina.

Como darnos, cuando éramos niños, un trozo de regaliz que aún hoy, si cerramos los ojos, sigue sabiendo a barrio, a tarde, a vida.

( In memoriam de todos y cada uno de “los Panchos”, que se cruzaron en nuestras vidas).

Ricardo Martín
Ricardo Martín
Docente jubilado. Curioseante.

3 COMENTARIOS

  1. ¡Magnífico relato! Gracias Ricardo por escribir estas historias que nos transportan a otro tiempo, con una descripción clara y precisa, casi como si lo viéramos en acción y envuelta de sentimiento y emociones🥰😍😍👏👏👏👏👏

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