Don Raimundo era un hombre de estatura baja, de complexión más bien gruesa, con ese aire compacto de quien parece ocupar más espacio del que su altura sugiere. Su rostro estaba dominado por una nariz aguileña que le daba un perfil afilado y casi inquisitivo. Los ojos, pequeños y atentos, solían moverse con rapidez, como si estuviera evaluando constantemente lo que ocurría a su alrededor.
Transmitía autoridad por la firmeza contenida en su postura y en su voz. No necesitaba elevar el tono para imponerse; bastaba su forma de mirar o de guardar silencio para dejar clara su posición.
Vestía Don Raimundo en casa camisa remangada hasta el antebrazo, con las mangas dobladas de forma cuidada, nunca descuidada. Un chaleco de lana inglesa, siempre cerrado, que le daba un aire de austeridad doméstica y pantalón de raya marcada. En la calle recuperaba su uniforme de respeto y jerarquía. Pantalón oscuro bien planchado, chaqueta a juego y, en muchas ocasiones, un chaleco de botones que completaba el conjunto con una sobriedad clásica. Todo parecía elegido para transmitir orden y control, como si su ropa fuese una extensión de su carácter castellano.
Siempre corbata. Incluso en los días más calurosos o en jornadas largas, perfectamente anudada, recta, sin concesiones. Más que un accesorio, era una declaración de autoridad que Don Raimundo no estaba dispuesto a abandonar ni en los momentos más cotidianos.
Casado con Doña Rosario en segundas nupcias, esta era pequeña y delgada; su figura estaba siempre cuidada con una delicadeza casi ritual. El cabello, primorosamente peinado, nunca mostraba un solo mechón fuera de lugar; había en ello una constancia meticulosa, más de hábito que de esfuerzo.
Sus manos, finas, solían llevar anillos discretos pero visibles, y pulseras que tintineaban suavemente al moverlas. Ese pequeño sonido parecía formar parte de su manera de estar en el mundo. Tenía ojos claros, atentos y expresivos, y una nariz perfecta, proporcionada, que reforzaba una armonía general de rasgos serenos.
Su caminar era de una elegancia natural, casi antigua, como si hubiese aprendido a desplazarse en otro tiempo.
En su vestir tampoco había improvisación. En casa, falda y blusa abotonada, siempre con una pulcritud impecable. Para salir a la calle, añadía una chaqueta bien cortada, pañuelos al cuello cuidadosamente colocados y zapatos bajos, cómodos pero elegantes. Todo en ella parecía equilibrado entre la distinción y la discreción junto a Don Raimundo, sin necesidad de imponerse.
Entre sonrisas, besaba a una y a otro. Cada día estás más alto decía mi abuela. Es que ya es un hombrecito; ya son once años- decía mi abuelo. Era sábado, y como cada sábado, una vez me dejaba mi padre en su casa, siempre alrededor de las diez de la mañana, vivíamos los tres, el ritual del sábado.
Con mi abuelo ya vestido para salir y mi abuela en la cocina, empezando a preparar el almuerzo, nos despedíamos y a la calle. Caminábamos los cien metros más o menos que nos separaban de la parada de la guagua y mientras esperábamos me preguntaba por mis clases, por mis cada vez menos faltas de ortografía gracias a mamá, y por mi hermano, que como aún es pequeño, no viene a almorzar y pasar la tarde, con nosotros.
Nos bajábamos en una parada que estaba en la plaza Weyler, y bajábamos la calle Barranquillo; allí, por fuera del edificio de la estación, aquel edificio que tenía un gran cartel de Anís La Asturiana en su parte superior, siempre veíamos aquellos coches “tipo rubia”, muchos de ellos Peugeot, que sin licencia hacían transporte de viajeros por toda la isla y los llamaban “los piratas”. Para aquel niño, de paseo y compras con su abuelo, una mañana de sábado, las escenas y los lugares, aunque repetidos, siempre le parecían nuevos.
Llegábamos a la esquina de la calle Barranquillo con la calle Valentin Sanz, una de nuestras paradas, en un recién abierto supermercado, La Cadena.
Me llenaba de orgullo ver como las dependientas saludaban a mi abuelo por su nombre y como le atendían, sobre todo el dependiente de la charcutería. ¿Serrano y cocido D. Raimundo? ¿Lleva una cuña de manchego? – Mi abuelo asentía y pedía también unas ruedas de mortadela, para la merienda del caballero, mientras me daba una palmada en la cabeza. Y una vez pagado todo en la caja, mi abuelo guardaba los diferentes paquetes en una cartera de aquellas de “cremallera corrida”, que, si la abrías toda y la dejabas extendida, parecía un doble folio.
Luego subíamos caminando la calle Castillo, despacio, mientras mi abuelo volvía a la carga.
– ¿Cómo se escribe Valdivia? ¿Y exótico? ¿Cartaginés, lleva tilde? Por cierto, ¿Quiénes eran los cartagineses? Y entre preguntas y respuestas llegábamos a la Weyler y a la parada de la guagua.
El trayecto hasta casa, lo hacíamos en silencio y yo miraba por la ventanilla, edificios, calles, personas, coches… Pues ya hemos llegado, hijo; vamos, que la abuela ya tendrá la comida a punto.
Comíamos en el comedor, con el servicio montado: platos, vasos, copas como “para una boda en un hotel”. Yo ya había ido a alguna, y no se me ocurría comparar el montaje con otra cosa.
Después de comer, mi abuela se metía en la cocina; me llamaba para que la ayudara a secar los cubiertos y guardarlos, muy bien ordenados en el cajón correspondiente de la vitrina del comedor.
Luego, me sentaba con D. Raimundo en su despacho y ante mi asentimiento a su pregunta de si me apetecía escuchar algo de música y leer, me bajaba de la estantería un libro de la colección “El mundo de los niños”. Y música… Unas romanzas, a un volumen que nos permita leer y comprender. ¿De acuerdo? – Si abuelo. Y hasta las siete más o menos, en que mi padre en su Renault “cuatro latas”, llegaba a buscarme.
¿Qué tal el día? ¿Lo pasaste bien de paseo con el abuelo?
Ajá.




