En el invierno de 1969, un hombre de barba cuidada y voz serena se presentó en la sala de admisiones de un hospital psiquiátrico de la costa este de Estados Unidos. Dijo llamarse David Lurie y aseguró escuchar una voz. No una voz amenazante ni elaborada: apenas tres palabras sueltas, pronunciadas como desde el fondo de un pozo. Empty. Hollow. Thud. Vacío. Hueco. Golpe sordo.
Todo lo demás que contó era verdad. Su matrimonio, su trabajo, su infancia, sus afectos. Solo la voz era inventada. Con ese único síntoma —elegido deliberadamente porque no aparecía en ninguna literatura clínica— fue admitido de inmediato con un diagnóstico de esquizofrenia.
El hombre se llamaba en realidad David Rosenhan, era profesor de psicología en Stanford, y acababa de poner en marcha uno de los experimentos más célebres y demoledores de la historia de las ciencias sociales.
La trampa perfecta
La premisa era de una elegancia casi diabólica: si la psiquiatría es una ciencia, sus expertos deberían poder distinguir a una persona sana de una enferma. Rosenhan decidió comprobarlo enviando personas perfectamente cuerdas a hospitales psiquiátricos para ver si alguien lo notaba.
Según el relato que publicó en 1973, ocho «pseudopacientes» —tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor, un ama de casa y el propio Rosenhan— se presentaron en doce hospitales de cinco estados distintos. Todos siguieron el mismo guion: la voz, las tres palabras, y a partir de la admisión, comportamiento absolutamente normal. Nada de fingir. Si les preguntaban, debían decir que la voz había desaparecido y que se encontraban bien.
Los doce fueron admitidos. Once con diagnóstico de esquizofrenia, uno con psicosis maniaco-depresiva. Y aquí empieza lo verdaderamente perturbador: ninguno fue descubierto. Las estancias oscilaron entre 7 y 52 días, con una media de 19. Cuando finalmente les dieron el alta, no fue porque alguien reconociera su cordura, sino con la etiqueta de «esquizofrenia en remisión». La locura, una vez diagnosticada, era una mancha que no se borraba: solo se atenuaba.
La cordura invisible
Lo que los pseudopacientes documentaron desde dentro es material de pesadilla kafkiana. Tomaban notas constantemente sobre lo que observaban, a la vista de todos, y el personal interpretó esa escritura como un síntoma: en un historial clínico quedó registrado que el paciente «exhibía conducta de escritura». Hacer cola temprano ante el comedor se anotó como manifestación de la «naturaleza oral-adquisitiva» del síndrome. Todo comportamiento, por banal que fuera, se leía a través del prisma del diagnóstico.
Hubo, eso sí, quien no se dejó engañar: los otros pacientes. «Tú no estás loco», les decían algunos internos. «Eres periodista o profesor. Estás inspeccionando el hospital.» Los locos reconocían a los cuerdos; los expertos, no.
Rosenhan lo condensó en una frase que se convirtió en el título de su artículo en la revista Science: «On Being Sane in Insane Places» —sobre estar cuerdo en lugares dementes—. Su conclusión era un misil a la línea de flotación de toda una disciplina: «Está claro que en los hospitales psiquiátricos no podemos distinguir a los cuerdos de los locos».
Hubo un segundo acto todavía más cruel. Un hospital universitario, ofendido, aseguró que a ellos no se les colaría ningún impostor. Rosenhan aceptó el reto: en los tres meses siguientes enviaría a uno o más pseudopacientes. El personal, en alerta máxima, identificó como sospechosos a 41 de 193 pacientes reales. Rosenhan no había enviado a nadie.
El terremoto
El artículo apareció en 1973, en pleno auge del movimiento antipsiquiátrico, con Foucault, Goffman y Szasz cuestionando los manicomios como instituciones de control social, y apenas dos años antes de que Alguien voló sobre el nido del cuco llevara esa sospecha al gran público. El estudio de Rosenhan les dio a todos munición empírica.
Las consecuencias fueron reales y duraderas. El experimento aceleró el cierre de grandes hospitales psiquiátricos en Estados Unidos y, sobre todo, empujó a la Asociación Americana de Psiquiatría a reinventarse. El DSM-III de 1980, con sus listas de criterios diagnósticos estandarizados, fue en buena medida una respuesta a la humillación de Rosenhan: si el juicio clínico era tan falible, habría que sustituirlo por casillas verificables. El manual que hoy rige buena parte de la salud mental mundial lleva, en su ADN, la cicatriz de aquellos ocho impostores.
El giro final: ¿y si el impostor era él?
La historia podría terminar ahí, como fábula moral sobre los límites del saber médico. Pero tiene un epílogo que la vuelve todavía más vertiginosa.
En 2019, la periodista Susannah Cahalan —que sabía algo del asunto: había sido diagnosticada erróneamente de enfermedad psiquiátrica antes de descubrirse que padecía una encefalitis autoinmune— publicó The Great Pretender, fruto de años de investigación en los archivos personales de Rosenhan, fallecido en 2012. Lo que encontró es desconcertante.
De los ocho pseudopacientes, Cahalan solo pudo verificar la existencia de dos, además del propio Rosenhan. Uno de ellos, Harry Lando, había tenido una experiencia positiva en su hospital y fue excluido del estudio, sospechosamente, como una nota al pie. Los registros médicos del propio Rosenhan revelaban además que su presentación clínica no había sido tan inocente como contó: según el historial de admisión, dijo que las voces le hacían la vida insoportable y mencionó ideas suicidas, síntomas mucho más graves que las tres palabritas del guion. El libro prometido a una editorial nunca se terminó; Rosenhan devolvió el anticipo y guardó silencio durante décadas.
¿Inventó Rosenhan parte de su experimento? Cahalan no puede afirmarlo con certeza absoluta, pero las piezas que faltan son demasiadas. La ironía es de una perfección literaria casi insoportable: el estudio que demostró que los psiquiatras no podían detectar la impostura podría haber sido, él mismo, una impostura que nadie detectó durante cuarenta años. La revista Science, los medios, la profesión entera: todos vieron lo que esperaban ver. Exactamente el sesgo que Rosenhan denunciaba.
Lo que queda en pie
Sería cómodo cerrar el caso con un veredicto de fraude y pasar página. Pero la verdad incómoda es que el experimento, verdadero o embellecido, señalaba problemas reales. El poder de las etiquetas diagnósticas para reorganizar retroactivamente toda una biografía. La deshumanización institucional. La dificultad, todavía hoy, de trazar fronteras nítidas entre salud y enfermedad mental, cuando no existe un análisis de sangre para la esquizofrenia ni una radiografía de la depresión.
Estudios rigurosos posteriores han confirmado que la fiabilidad diagnóstica en psiquiatría sigue siendo un desafío abierto, y el debate sobre la validez de las categorías del DSM está más vivo que nunca. Rosenhan, con métodos que hoy nos parecen turbios, puso el dedo en una llaga que aún supura.
Quizá esa sea la lección definitiva de esta historia doble: que las verdades importantes pueden viajar dentro de relatos defectuosos, y que nuestra credulidad no distingue entre unas y otros. Cuidado con las historias perfectas, decía el viejo consejo periodístico. La de Rosenhan lo era. Dos veces.




