Existe todavía una parte de Santa Cruz que todavía “toca el mar”, frente al Cabildo y el edificio Mapfre. Hubo una época en la que podías pasear por la avenida marítima oliendo a salitre, gasoil de barcos y pescado recién descargado; olores que llegaban desde las inmediaciones de la Farola del Mar, el “barco de la luz” y la Marquesina, teniendo cuidado de que la mar no te salpicara al romper contra el muro.
Aún se yergue arropado por ambos lados de edificios similares en presencia y años, el edificio que me saca “ciscos de tiempo” de los bolsillos. Segundo en orden desde la esquina de Imeldo Serís, de dos plantas y que actualmente tiene en sus bajos un bingo, vivían las tres hermanas. Parecía inclinarse un poco hacia la calle, como si escuchara las conversaciones y ruidos que llegaban desde el muelle. Tenía balcones de hierro oscuro y un zaguán grande y fresco donde el eco de los pasos sonaba solemne sobre los grandes escalones de mármol.

Las hermanas eran ya mayores cuando aquel niño comenzó a visitarlas algunas tardes a la semana maravillado por aquella escalera acaracolada de anchos, blancos y gastados escalones, y el pasamanos de madera oscura traída de las Indias, brillante por el roce de tantas manos y tantos años. Las visitaba acompañando a su madre, sobrina carnal de aquellas mujeres, que el pibito también por respeto y costumbre llamaba “las tías”.
Dos de ellas cosían para señoras importantes de Santa Cruz, siendo esa importancia diferente en cuanto a origen y condición. Desde temprano se escuchaba el traqueteo de las máquinas Singer, el roce de las telas y el murmullo de conversaciones que parecían secretos.
Aquel niño observaba fascinado a las clientas que llegaban. Unas con pulseras y pendientes haciendo juego con sus collares y bolsos negros brillantes que no ponían nunca en el suelo, porque “se iba el dinero”; siempre perfumadas, bien peinadas, y aceptando con una mezcla de displicencia y educación, el café que Amparo, una de las hermanas, les ofrecía en una bandejita con galletas inglesas que ellas, las clientas que siempre venían en pareja, preguntaban muy interesadas, dónde unas modistas, sin ánimo de ofender en el comentario, faltaría más, podían tan fácilmente conseguir.
Todas distintas, todas iguales, aquellas señoras, más tarde que temprano, acababan comentando sobre el pibito. Sí, el hijo de su sobrina, la única hembra que había tenido Carmen, la que casó con aquel mecánico de la Singer, que había vivido años en la Palma, estaba cada vez más grande.
¿Qué edad tienes ya, cariño? -Diez años señora. -Pues estás muy grande para tu edad. -Gracias señora.
Y del apuro lo sacaba tía Amparo, que se lo llevaba de la habitación-taller a la cocina “a ayudarla”. Allí le contaba que ellas (las tías) daban horas a estas señoras en días diferentes para “probarse” y que no coincidieran con las otras que cuando venían le daban caramelos de “las vaquitas” que sabían a “cafileche” y que el pibe las llamaba “las señoras que llevaban los labios demasiado rojos y los ojos pintados de azul o verde”.
Entraban riendo, hablando fuerte y en las conversaciones, mientras “se probaban”, dejaban en el aire nombres de hombres desconocidos y promesas de viajes o de cenas en clubes elegantes. Así entre conversa y conversa, la más habladora de las otras dos hermanas, Jerónima, les iba tomando medidas mientras comentaban historias que el pibe, jugando a poner alfileres en fila en “la coqueta” que había en la habitación, o clavándolos en el cuerpo del maniquí que estaba junto a la puerta del balcón, no entendía del todo, pero que le parecían llenas de misterio y pecado; hasta que Milagros, la otra hermana costurera, le decía: Vete a ver que hace Amparo, que la señora se “va a probar”. Y el pibe, se levantaba, daba las buenas tardes, y salía de la habitación-taller, cerrando la doble puerta.
—Ese hombre es un sinvergüenza —decía alguna señora entre carcajadas.
—Sí, pero bien que te gusta —respondía la costurera, sin levantar la vista de la tela, los alfileres y la tiza de marcar.
Entonces todas reían.
Y allí dejamos a Milagros y Jerónima con sus clientas y volvamos a la cocina, o no, mejor al patio interior a regar las helechas, enredaderas y geranios que allí florecían. Amparo era la preferida del pibe; era distinta. Más silenciosa, no hablaba tal alto con modistas y clientas y siempre tenía una sonrisa recogida en la boca que peleaba en sentimientos con la forma en que le brillaban los ojos, redondos, chiquitos, oscuros. Tenía mutilada la falange del índice de la mano derecha, perdida muchos años atrás en un accidente del que jamás daba demasiadas explicaciones. A veces decía que había sido una puerta; otras, una máquina de coser antigua, incluso la feroz mordida de un “tisón”, otras simplemente cambiaba de tema. Pero aquella mano incompleta parecía dar todavía más fuerza a sus gestos cuando contaba historias.
Y contaba muchas.
Historias de barcos fantasmas vistos por marineros a la altura de Anaga, por Almáciga y en la lejanía frente al pueblo de Taganana, donde decían que vivía un “monstruo, un fenómeno” que ella, Amparo, había conocido personalmente y que era una gran persona, sólo que había nacido con una enfermedad, una malformación que lo hacía diferente al resto de las personas.
Historias de cambulloneros que traficaban con tabaco americano; de pescadores que juraban haber oído campanas bajo el mar en noches de niebla; de mujeres que esperaban maridos que nunca regresaban de Venezuela.
El pibito escuchaba inmóvil, sentado en una silla baja, con un bocadillo de mantequilla “El Ancla” y un vaso de leche con un fisco de gofio, mientras la luz de la tarde entraba inclinada a lo alto del patio y levantaba polvo dorado en el aire.
Con los años murió una hermana. Después la otra. La casa fue quedándose silenciosa.
Ya no se escuchaban máquinas de coser ni risas de señoras repintadas. La avenida cambió. Derribaron muchas casitas bajas de pescadores y almacenes viejos. Llegaron edificios altos de oficinas, bancos, cristales oscuros y empleados apresurados que caminaban mirando el reloj. El barrio perdió poco a poco el olor del mar y ganó el del aire acondicionado y café de máquina.
Solo quedó la última hermana.
Vivía entre recuerdos rodeada de muebles antiguos, fotografías amarillentas y cortinas que nunca terminaban de abrirse. Y entonces, cuando ya tenía más de setenta años, se casó con un viudo.
Aquel pibe, convertido ya en hombre, sólo vio una vez al marido. Un hombre serio, de traje oscuro y sombrero en la mano. Nunca logró llamarlo tío. Le parecía un intruso silencioso sentado en medio de una historia que no le pertenecía. Pasaron más años y también el y ella traspusieron.
En los bajos del edificio abrieron un bingo luminoso, lleno de carteles eléctricos y ruido de monedas. Pero arriba, los balcones seguían iguales. El hierro antiguo. Las contraventanas. El eco del zaguán.
Y todavía hoy, algunas tardes, cuando ese hombre pasa caminando por delante del edificio, siente unas ganas inexplicables de tocar los timbres y ver si por casualidad alguien abre y entrar a aquel zaguán otra vez. Sólo para volver a subir aquella escalera enorme de mármol, para apoyar la mano en el viejo pasamanos de madera traída de las Indias, y escuchar, aunque sea por un instante, el sonido lejano de una máquina de coser y las risas apagadas de aquellas mujeres que hablaban de hombres mientras afuera, mucho más abajo, seguía respirando el mar.




