domingo, 26 julio, 2026

El archipiélago que inventaron los dioses: Canarias antes de Canarias

Mucho antes de tener nombre, las islas ya tenían leyenda. Campos Elíseos, Islas de los Bienaventurados, Jardín de las Hespérides, Islas Afortunadas, restos de la Atlántida: durante más de dos mil años, la imaginación de Occidente colocó en el Atlántico canario todos sus paraísos. Esta es la historia de cómo un archipiélago real heredó una geografía soñada.

Hay lugares que existen dos veces: una en los mapas y otra en la imaginación. Las Islas Canarias pertenecen a esa estirpe rara. Antes de que ningún navegante documentara sus costas, antes de que tuvieran nombre, puertos o historia escrita, ya eran un rumor en el extremo del mundo conocido. Para griegos y romanos, el océano que se abría más allá de las Columnas de Hércules era el fin de todas las cosas; y justo allí, donde el sol se hundía cada tarde en el agua, la mitología situó sus recompensas: los prados donde descansan los héroes, los jardines donde maduran las manzanas de oro, las islas donde no existe el invierno. Cuando por fin los barcos llegaron a las Canarias reales, el mito ya llevaba siglos esperándolas.

El paraíso queda al oeste

Todo empieza con Homero. En la Odisea, el viejo dios marino Proteo profetiza a Menelao que no morirá como los demás hombres: los dioses lo enviarán a la llanura Elísea, en los confines de la tierra, donde la vida es dulce, no hay nieve ni tormentas, y el océano envía sin descanso las brisas del céfiro para refrescar a los hombres. Hesíodo, poco después, describe las Islas de los Bienaventurados, donde los héroes de la cuarta edad viven libres de cuidados y la tierra fecunda florece tres veces al año.

Ninguno de los dos poetas había visto una isla atlántica, naturalmente. Los Campos Elíseos y las Islas de los Bienaventurados eran geografía moral, no física: el premio de los justos tenía que estar donde nadie pudiera llegar navegando, y en el siglo VIII antes de Cristo nada quedaba más lejos que el poniente oceánico. Pero la literatura tiene esta costumbre: inventa lugares y luego el mundo se encarga de encontrarlos. Cuando siglos más tarde los marinos mediterráneos empezaron a asomarse más allá del Estrecho y trajeron noticias de unas islas templadas, fértiles y perpetuamente primaverales, la conclusión parecía inevitable. Los poetas no habían mentido: solo se habían adelantado.

El testimonio más delicioso lo recoge Plutarco en su Vida de Sertorio. Hacia el año 81 antes de Cristo, el general romano, derrotado y fugitivo en Cádiz, se encuentra con unos marineros que acaban de regresar de dos islas atlánticas separadas por un estrecho brazo de mar: llueve poco y con moderación, los vientos son suaves, la tierra da fruto casi sin trabajo, y el aire es tan benigno que hasta los bárbaros están convencidos de que allí se encuentran los Campos Elíseos que cantó Homero. Sertorio, cuenta Plutarco, sintió un deseo irresistible de retirarse a vivir en ellas, lejos de la tiranía y de las guerras interminables. No llegó a hacerlo —lo esperaban más guerras y un asesinato—, pero su anhelo quedó escrito, y con él la primera vez que un hombre histórico soñó con jubilarse en Canarias. La industria turística tardaría dos milenios en darle la razón.

Las manzanas de oro y el dragón

Sobre el mismo horizonte se superpone otro mito: el Jardín de las Hespérides, el vergel del extremo occidente donde las hijas de la Noche —o de Atlas, según la versión— custodiaban el manzano de frutos de oro que Gea regaló a Hera en sus bodas, vigilado por Ladón, el dragón de cien cabezas. Hasta allí llegó Heracles en su undécimo trabajo, y allí sostuvo el titán Atlas la bóveda del cielo.

La tradición situó el jardín en las inmediaciones del monte Atlas, en el noroeste de África, y las islas frente a esa costa quedaron naturalmente absorbidas por la leyenda. La imaginación canaria posterior ha hecho el resto, y no sin argumentos poéticos: ¿qué otra cosa es el Teide, visible desde el mar a cien millas, sino un Atlas insular sosteniendo el cielo del Atlántico? El folclore ilustrado llegó a proponer que el dragón Ladón sobrevivía, transfigurado, en el drago canario, ese árbol imposible de savia roja como la sangre que los antiguos llamaron precisamente sangre de drago. Son identificaciones tardías, más literarias que históricas, pero funcionan como toda buena mitología: no explican el territorio, lo consagran.

Cuando el mito tocó tierra: las Fortunatae Insulae

El salto de la leyenda a la geografía tiene fecha y protagonista. Hacia el cambio de era, Juba II —rey de Mauretania, erudito criado en Roma, uno de los hombres más cultos de su tiempo— envió una expedición a las islas, y Plinio el Viejo conservó el informe en su Historia Natural. Por primera vez, las islas soñadas tienen inventario: una llamada Ombrios o Pluvialia, otra Junonia con un pequeño templo de piedra, Capraria poblada de lagartos, Nivaria —cubierta de nieblas y nieve, transparente retrato del Teide nevado—, y Canaria, así llamada por la multitud de perros de gran tamaño que la habitaban, dos de los cuales fueron llevados al rey. De aquellos perros, reales o legendarios, tomó nombre una isla, luego el archipiélago entero, y de rebote hasta un pájaro amarillo que hoy canta en medio mundo.

Los romanos las bautizaron Fortunatae Insulae, las Islas Afortunadas, y el nombre era ya en sí mismo un veredicto teológico: afortunadas porque en ellas la naturaleza dispensaba de la maldición del trabajo. El geógrafo Ptolomeo les otorgó en el siglo II un honor cartográfico extraordinario: hizo pasar por ellas su meridiano cero, el borde occidental del mundo habitado. Durante siglos, hasta que Greenwich se impuso en 1884, buena parte de los mapas de Occidente midieron la Tierra desde el meridiano de El Hierro. El planeta entero empezaba a contarse, literalmente, desde Canarias.

La sombra de la Atlántida

Faltaba el mito mayor. En el Timeo y el Critias, Platón relató la historia de una isla inmensa situada frente a las Columnas de Hércules, sede de un imperio poderoso y soberbio que, tras intentar someter el Mediterráneo, fue castigado por los dioses: en un solo día y una noche terribles, la Atlántida se hundió en el mar. Platón lo presentaba como relato recibido de Egipto vía Solón; los estudiosos modernos tienden a leerlo como fábula filosófica sobre la decadencia de las civilizaciones. Pero el relato era demasiado bueno para quedarse en alegoría.

Cuando Europa redescubrió las Canarias en la Baja Edad Media y encontró en ellas un pueblo enigmático —los guanches y demás aborígenes canarios, gentes de origen bereber que habitaban las islas sin barcos, como náufragos de un continente desaparecido—, la tentación fue irresistible. ¿Y si las islas eran las cumbres de la Atlántida sumergida, y sus habitantes los últimos atlantes? La hipótesis, acariciada por cronistas e ilustrados como Viera y Clavijo con distintos grados de escepticismo, estalló en el siglo XIX y principios del XX, cuando la atlantología se convirtió en género propio y las Canarias, junto con Azores y Madeira, en su escenario favorito. La ciencia ha sido tajante: la geología demuestra que las islas son edificios volcánicos surgidos del fondo oceánico, no restos de un continente hundido, y la genética y la arqueología han devuelto a los aborígenes canarios a su verdadera historia norteafricana. Pero el mito atlante sigue rondando el imaginario isleño con la persistencia de la calima: inverificable, irrenunciable.

Y como toda geografía encantada, esta tiene su fantasma propio: San Borondón, la octava isla, la que aparece y desaparece entre las brumas al oeste del archipiélago. Durante siglos figuró en mapas solemnes, se organizaron expediciones para encontrarla y hubo testigos que juraron haberla visto desde las cumbres de La Palma. Nunca existió, o existió solo como existen las cosas importantes: en la obstinación de quienes la buscaban. Un archipiélago que heredó todos los paraísos de la Antigüedad casi estaba obligado a inventarse uno más, de cosecha propia.

El mito como segunda naturaleza

¿Qué queda hoy de todo aquello? Más de lo que parece. «Islas Afortunadas» sigue siendo el sobrenombre oficial y sentimental del archipiélago, repetido en himnos, membretes y folletos con una naturalidad que ya no recuerda su origen pagano. El turista que desciende del avión buscando la eterna primavera está repitiendo, sin saberlo, el gesto de Sertorio: perseguir un rumor de felicidad situado en unas islas del poniente. Los antiguos lo llamaron Elíseo; el siglo XXI lo llama temporada alta.

Quizá la verdadera lección de esta historia sea que los mitos no describen los lugares: los fundan. Las Canarias geológicas son hijas del fuego submarino; las Canarias culturales nacieron en los versos de Homero, en el informe de Juba, en el diálogo de Platón. Todo territorio necesita su capa de relatos como necesita su capa de suelo fértil, y pocas tierras del mundo han sido sembradas con semillas tan ilustres. Al fin y al cabo, no cualquier archipiélago puede presumir de haber sido, sucesivamente, el descanso de los héroes, el huerto de los dioses, el meridiano del mundo y la última esquina visible de un continente soñado.

El sol sigue poniéndose cada tarde al oeste de las islas, exactamente donde los griegos situaban el paraíso. En eso, al menos, los mapas y los mitos siguen estando de acuerdo.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Escritor canario con amplia trayectoria en comunicación digital. Apasionado de la música, la cultura popular y el mundo del motor, colabora en Página 13 con las secciones La Mirilla, Música y Érase una vez, donde combina el rigor informativo con una mirada personal y cercana. Director y cofundador de Página 13. Impulsor del periodismo independiente en Canarias desde una perspectiva crítica y comprometida con la calidad editorial.

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