Apenas habían pasado un par de semanas desde su Primera Comunión cuando el mundo cambió de forma. Tenía siete años, casi ocho, -lo que pasa es que cumplo en noviembre- decía. Hasta entonces nadie había imaginado que aquel pibe no veía bien. Se acercaba demasiado a la pizarra de la escuela, confundía los números de las matrículas de las guaguas o los precios en los escaparates, pero todos pensaban que era simple despiste, aunque a veces se quejaba de algún dolorcillo de cabeza.
Un día llegó el diagnóstico y, poco después, unas gafas de montura gruesa, tan propias de aquellos años. Al principio le parecieron un castigo. Temía las bromas de los amigos y se sentía distinto. Sin embargo, al ponérselas por primera vez descubrió que los árboles tenían hojas perfectamente definidas, que las piedras de los jardines no eran manchas y que los rostros de las personas podían verse con una nitidez desconocida. Era como si el barrio de siempre hubiera estrenado decorado.
No llevaba mucho tiempo con las gafas. Apenas se estaba acostumbrando a ellas. Al principio le daba vergüenza salir a la calle con aquellos cristales gruesos y aquella montura oscura que le hacían parecer mayor. Pero los amigos del barrio tardaron poco en dejar de fijarse en ellas. En cuanto empezaba un partido de fútbol, todos eran simplemente pibes detrás de una pelota.
Las porterías eran dos piedras, o dos montones de ropa. No había árbitro, ni líneas, ni descanso. El balón era de cuero, pesado, y cuando llovía se convertía en una auténtica piedra. Se jugaba en mitad de la calle, apartándose solo cuando aparecía algún coche, que eran pocos. Bastaba oír el grito de «¡coche!» para detener el partido, retirar las porterías unos segundos y reanudar el juego en cuanto pasaba.
Aquel día el encuentro estaba especialmente igualado. Él defendía con entusiasmo una de las porterías improvisadas. En una jugada rápida salió a cortar el avance de un delantero. Hubo un choque inevitable entre dos cabezas o, quizá, fue un codazo involuntario en la confusión. Lo único que recordó fue un golpe seco y el sonido más temido desde que estrenó las gafas:
¡Crac!
Las gafas salieron despedidas y cayeron al suelo. Uno de los cristales se había hecho añicos y una de las patillas colgaba torcida. Durante unos segundos nadie dijo nada. Los pibes rodearon las gafas con el mismo silencio con que contemplaban un balón pinchado. Todos sabían que aquello era un problema serio.
Él sintió un nudo en el estómago. No tanto por el golpe, que apenas dolía, sino por pensar en la reacción de sus padres. Las gafas costaban dinero, mucho dinero para una familia trabajadora de aquellos años. No eran un capricho; eran una necesidad y también un sacrificio económico.
Recogió con cuidado los trozos del cristal, los envolvió en un pañuelo y emprendió el camino de casa. Cuanto más se acercaba, más despacio caminaba. Incluso llegó a pensar si sería mejor esperar a que regresara su padre del trabajo o contárselo primero a su madre.
Al abrir la puerta, escondió las gafas rotas detrás de la espalda, como si así pudiera retrasar lo inevitable.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó su madre al verlo entrar tan callado.
Él no pudo responder enseguida. Sacó las gafas lentamente y las puso sobre la mesa.
—Se rompieron… jugando al fútbol.
Su madre suspiró antes de decir una palabra. Sabía que no había sido una travesura, sino un accidente. Aun así, ambos eran conscientes de que habría que esperar unos días para poder repararlas. Mientras tanto, el niño volvió a ver el mundo borroso, como antes de descubrir que los árboles tenían hojas perfiladas y que las caras podían distinguirse desde la otra acera.
Aquella tarde aprendió una lección que no venía en el catecismo de don Sindo ni en los libros de la escuela: en las familias humildes, cada objeto tenía un valor que iba mucho más allá de su precio. Unas simples gafas representaban muchas horas de trabajo, de ahorro y de renuncias. Y por eso el disgusto duró mucho, mucho tiempo.
A la semana y pico, nuestro protagonista, podía de nuevo ver, de forma nítida, que el barrio seguía creciendo. Parecía hacerse más grande de un mes para otro. Donde antes había solares, huertas o terrenos sin construir, comenzaban a levantarse nuevas casas y bloques de viviendas. El ruido de las hormigoneras, los albañiles y los camiones cargados de ladrillos formaba parte del paisaje cotidiano.
Aquel crecimiento tenía una explicación. Las islas, y todo el país, atravesaban un intenso proceso de emigración interior. Muchas familias abandonaban los pueblos buscando una vida mejor en las ciudades donde la industria, la construcción y los servicios ofrecían trabajo. Los nuevos vecinos llegaban con pocas pertenencias, pero con la esperanza de encontrar un futuro más próspero para sus hijos. Los niños convertían la calle en su patio de juegos. Las viviendas se construían con rapidez para responder a la demanda. Algunos barrios nacieron como promociones de viviendas protegidas; otros crecieron casi de forma espontánea, ampliándose calle a calle conforme llegaban nuevas familias.
Las escuelas pronto se quedaban pequeñas. Abrían nuevos comercios: otra panadería, una carnicería, una mercería, una farmacia. También aparecían bares, talleres y tiendas de ultramarinos que abastecían a esos vecinos que cada vez eran más numerosos. La vida transcurría al ritmo que algunos empezaron a llamar “desarrollismo”.
Los jueves por la tarde —que era el día que las señoras del ropero no lo abrían— tocaba catecismo. Los pibes acudían con más obediencia que entusiasmo y sentados en aquellos bancos de madera, aprendían de memoria las preguntas y respuestas del catecismo: Quién era Dios, cuántos eran los mandamientos, qué era el pecado mortal y qué era el venial. La memorización importaba casi tanto como la comprensión, y no era raro que alguna respuesta olvidada mereciera una severa llamada de atención por parte de Don Sindo y la promesa de este, de decirlo -a su señora madre, para que tome medidas-.
También se acercaba a nuestro protagonista y revolviéndole el pelo, le decía: Vaya, caballerete, gafas nuevas… A ver si le duran, que el sacrificio de su padre y su señora madre no es poco para que usted vea de forma apropiada.
La parroquia era uno de los centros de la vida del barrio. La figura de don Sindo era muy respetada; para los niños, una mezcla de autoridad y misterio. Su sotana negra, su voz grave y su manera de imponer silencio bastaban para mantener el orden. Era exigente con la disciplina y esperaba que los pibes conocieran bien las oraciones y acudieran puntuales a misa. Pero, al mismo tiempo, conocía a casi todas las familias, preguntaba por los enfermos y, cuando alguna casa atravesaba dificultades, procuraba ayudar dentro de las posibilidades de la parroquia.
Aquella era una época en la que la religión impregnaba buena parte de la vida cotidiana. La Primera Comunión no era solo una celebración familiar; marcaba un paso importante en la infancia. Después llegaban la continuidad de las clases de catecismo, el mes de María, las novenas y las fiestas patronales de Santiago, que formaban parte del calendario sentimental y religioso del barrio.
Con aquellas gafas que ya formarían parte de su personalidad, las tardes de juegos en la calle, el sonido de las campanas de la iglesia y los temas del catecismo aprendidos de memoria bajo la mirada de don Sindo, fue nuestro protagonista creciendo. Sin saberlo, estaba reuniendo los recuerdos que, muchos años después, se permitiría sacar de sus bolsillos, y reconstruir una época que hoy pertenece a la historia: la de los barrios populares de la España de los últimos años del franquismo, donde la familia, la escuela y la parroquia marcaban el compás de la vida cotidiana, siendo estás dos últimas, el germen en muchos aspectos de los cambios que vendrían después.
¿Lentillas? De momento no, gracias. Ese pibito sigue pensando que uno de los pequeños placeres de la vida, es limpiar los cristales de las gafas, tranquilo, sin prisas, y al colocárselas de nuevo, ver que el mundo sigue ahí, con las hojas de los árboles perfiladas, y que las manchas del jardín, no son tales, sino piedras.
Hoy cierro esta serie de relatos con la misma emoción con la que la empecé. No he querido escribir historia, sino memoria; esa memoria que no siempre recuerda exactamente lo que ocurrió, pero que jamás olvida cómo me hizo sentir. Si alguno de estos recuerdos ha despertado también los tuyos, entonces habrá merecido la pena escribir cada una de estas historias.
Esta no es una despedida de mis recuerdos, sino el final de un capítulo. El niño y el adolescente que fui seguirán caminando conmigo mientras tenga memoria. Gracias por acompañarme en este viaje. Si alguna vez estas historias te hicieron sonreír, emocionarte o regresar por un instante a tu propia infancia, entonces habrán cumplido su verdadera misión. Porque, al fin y al cabo…
Todos llevamos un poco de tiempo guardado en los bolsillos.




¡Me encanta! Por favor no dejes de escribir y relatar todo lo que muchas personas vivimos y que a veces, no somos capaz de relatar con tanta marstría. GRACIAS y hasta disfrutar de nuevos relatos 🥰😍🙏🌻
Gracias Maritza, por leer. Espero «vernos» el próximo curso.
🫵🫵👍👍👍👍👏👏👏👏👏👏👏muy bueno Karin