No sé exactamente cuándo dejamos de jugar a ser niños y empezamos a creernos mayores. Quizá fue cuando descubrimos los guateques, aquellos bailes en casa de tal o de cual.
Porque aquello ya era otra cosa.
Una casa sin padres era casi como tener un local de fiestas. Bastaba con que los mayores salieran un rato, que alguien consiguiera unos discos y que otro apareciera con unas botellas de refresco, algo de alcohol —no siempre— y una bolsa grande de papas fritas.
No hacía falta mucho más.
Bueno, sí. Que hubiera pibas.
Y eso era lo complicado.
El tocadiscos ocupaba un lugar de honor. De aquellos con una tapa que se levantaba y un brazo que había que colocar con cuidado sobre el vinilo para que la aguja no saltara.
Allí estaban nuestros discos. Algunos comprados con bastante esfuerzo y otros prestados por algún hermano mayor, que siempre parecía tener una música muchísimo más moderna que la nuestra.
Yo tenía mi papel perfectamente asumido: era el encargado de poner la música.
Aquello me daba un poder considerable.
Yo decidía cuándo sonaba una canción rápida y cuándo llegaba el momento peligroso de poner una lenta.
Porque una canción lenta no era simplemente una canción lenta.
Era una invitación.
Y ahí empezaban los problemas.
Nadie sabía bailar.
Bueno, decir que no sabíamos bailar es quedarse corto. Nos colocábamos delante de la chica con una mezcla de seguridad y pánico, como si fuéramos a realizar una operación quirúrgica.
Después venía lo de las manos.
¿Una en la cintura? ¿En el hombro? ¿Las dos? ¿Y ella dónde ponía las suyas?
Y luego había que moverse.
Pero ¿hacia dónde?
Aquello no tenía nada que ver con los bailes que veíamos en la televisión. Nosotros apenas nos desplazábamos. Un pequeño balanceo, dos pasos hacia un lado y otros dos hacia el otro, procurando que pareciera que aquello era perfectamente normal.
Lo importante no era bailar. Lo importante era conseguir bailar con alguien.
Y, claro, mirábamos de soslayo a los otros para ver si lo hacían mejor o peor que tu pareja y tú.
De vez en cuando ocurría un beso robado. De esos que seguramente hoy nos parecerían inocentes, pero que entonces podían ocuparnos la cabeza durante varios días.
Un roce de labios, una mirada que duraba un segundo más de la cuenta y ya teníamos material suficiente para comentarlo entre nosotros hasta el siguiente guateque.
—¿Tú viste lo que pasó?
Claro que lo habíamos visto.
En aquella época no había móviles, ni mensajes, ni redes sociales. Para enterarse de algo había que estar allí. Y si no estabas, siempre había alguien dispuesto a contártelo, seguramente con algún detalle añadido.
Yo, mientras tanto, seguía controlando el tocadiscos.
Ponía música, cambiaba discos y vigilaba de reojo el ambiente. Tenía que saber cuándo convenía una canción animada y cuándo era el momento de sacar aquella lenta que podía cambiar la tarde-noche.
Pero yo tenía otra carta escondida.
Los ovnis.
Mientras algunos hablaban de pibas, yo podía aparecer con cualquier historia sobre luces extrañas en el cielo, apariciones, casas encantadas o algún caso misterioso que había leído Dios sabe dónde.
Porque aquello era mi gran secreto.
Me interesaban los fenómenos paranormales y los ovnis mucho antes de que se pusieran de moda. Y yo hablaba de esas cosas con una seriedad que probablemente no se correspondía demasiado con mi edad.
—Pues dicen que vieron una luz por la zona de…
Y yo creo que…
Y ya estaba montado el misterio.
No sé si aquello impresionaba a las pibas. Seguramente bastante menos de lo que yo pensaba. Pero, al menos, conseguía que me escucharan.
El guateque no era solamente poner discos y bailar.
Era aprender a estar con los demás, a buscar una mirada, a atreverse a acercarse, a recibir un no y a celebrar un sí como si hubiéramos ganado un campeonato.
Y quizá por eso recuerdo aquellos primeros guateques con una sonrisa.
Mientras sonaban Nino Bravo, Fórmula V, Camilo Sesto, Jeanette, The Carpenters, Bee Gees, The Righteous Brothers, Beatles, Creedence o ABBA, las persianas estaban medio bajadas para que no entrara tanta luz. Las botellas de refresco iban pasando de mano en mano y las papas desaparecían de los platos a una velocidad sorprendente.
En Tenerife no vivíamos aislados musicalmente. Los discos, las emisoras de radio, las tiendas dedicadas al tema —¿recuerdas alguna? — y los familiares que viajaban hacían que muchas de aquellas canciones llegaran bastante pronto.
El guateque tenía también su pequeña liturgia.
Había discos para animar la fiesta y discos para crear ambiente. Ya habíamos descubierto que una canción lenta podía ponernos el corazón a toda velocidad.
Había canciones que tenían una función perfectamente conocida por todos: poner una lenta y esperar a ver quién se atrevía a sacar a bailar a quién.
Y había un detalle importante: la canción no tenía que ser lenta desde el principio.
El que manejaba el tocadiscos podía poner una canción animada, esperar a que todos estuvieran en la pista y, cuando ya había ambiente, colocar LA LENTA.
Entonces ocurría aquel pequeño milagro adolescente.
Unos seguían bailando, otros aprovechaban para acercarse y los que estaban sentados miraban al resto intentando aparentar que aquello no les importaba.
Y yo, como era el que ponía la música, tenía una ventaja considerable: podía decidir cuándo llegaba el momento.
Estuve tentado de no ponerla.
Pero ahí va. Sucumbí a la tentación.
¿Te reconoces? ¿O reconoces a “alguien”?
Los personajes del guateque
Porque, bien mirado, allí había de todo.
Estaba el dueño o la dueña de la casa, que tenía la suerte —o el peligro— de que sus padres se fueran y dejaran el salón disponible.
Estaba el pinchadiscos. El que controlaba el tocadiscos y decidía cuándo tocaba rápida y cuándo lenta. Ese era yo.
Estaba el que tenía los discos buenos. Aparecía con una bolsa de vinilos y era recibido casi como una celebridad.
Como me rayes uno, te capo.
Estaba el ligón. Siempre sabía bailar, aunque en realidad tampoco sabía demasiado, y nunca se quedaba sin pareja.
El tímido o la tímida llevaba media tarde esperando que alguien lo sacara a bailar y, cuando sonaba una lenta, se quedaba pegado a la pared.
El lanzado no esperaba a que pusieran una canción apropiada. Sacaba a bailar y punto.
También estaba el que iba “a ver qué había”. Aparentemente no tenía interés en ninguna chica, pero sabía perfectamente quién había venido.
La piba popular. Alrededor de ella parecía organizarse todo el guateque.
Y su inseparable, que sabía todos los secretos y, en realidad, era quien controlaba quién gustaba a quién.
Estaba la que bailaba con todos. No necesariamente porque le gustaran todos, sino porque sabía bailar y no quería dejar a nadie sentado.
Y la que esperaba que la sacaran. Sentada con sus amigas, mirando de reojo hacia la pista.
Luego estaba el amigo consejero:
—Sácala ahora, que está sola.
El aguafiestas siempre encontraba algún problema con la música, el volumen o la bebida.
El gracioso hacía imitaciones, contaba chistes y convertía cualquier momento serio en una carcajada.
Estaba el que bebía demasiado refresco porque, naturalmente, todavía no era cuestión de ponerse con otras cosas.
Y el explorador del mueble-bar, que siempre sabía dónde estaban las botellas de los padres.
También estaba el que desaparecía durante una lenta. Curiosamente, siempre con la misma persona.
Y el vigilante de la puerta, pendiente de que no apareciera ningún padre antes de tiempo.
El hermano mayor, aunque no estuviera invitado, tenía una autoridad enorme. Sus discos, su ropa y sus consejos parecían pertenecer a otra categoría.
Luego estaba el entendido en música, aquel que decía que lo comercial no valía nada y que él escuchaba grupos que nadie conocía.
El misterioso hablaba poco, pero todos querían saber qué pensaba.
El que sabía de chicas. O eso aseguraba él.
Y, por supuesto, el que sabía de ovnis, fantasmas y sucesos inexplicables.
Ese era yo.
Mientras los demás hablaban de quién había besado a quién, tú podías estar contando que alguien había visto una luz sobre el Teide.
Y entonces llegaba un momento fundamental.
La última canción lenta.
Porque después de aquella ya no quedaba mucho más que hacer. Quizá recoger los vasos, guardar los discos, comprobar que nadie hubiera roto nada y esperar que los padres tardaran un poco más en volver.
Después llegaron las discotecas.
Y se comieron a los guateques, a los tocadiscos y a aquella magia tan nuestra de una casa sin padres, unas cuantas botellas de refresco, una bolsa de papas y una canción lenta que, durante unos minutos, podía cambiarte la tarde-noche.
—Pon la última y recogemos.



