La vida de Marcos Rodríguez Pantoja, fallecido a los 80 años en tierras de Ourense, está documentado en estudios, reportajes y hasta una película. Pero reducirlo a «el niño que vivió con lobos» es quedarse en la superficie. Su historia es, sobre todo, la de un abandono, una supervivencia extraordinaria y un regreso que nunca terminó de completarse.
Una infancia rota en la posguerra
Marcos nació el 7 de junio de 1946 en Añora, un pueblo de Córdoba, en plena posguerra y en un entorno de pobreza extrema. El primer golpe llegó pronto. Su madre murió durante el parto de su octavo hijo, y su padre volvió a casarse con una mujer que, según los testimonios recogidos después, lo sometió a malos tratos constantes. La familia se había trasladado a Fuencaliente, en Ciudad Real, en plena Sierra Morena, donde sobrevivían fabricando carbón vegetal.
Lo que vino después es difícil de asimilar con ojos de hoy. Hacia 1953, con unos siete años y tras una infancia de malos tratos, Marcos fue vendido o entregado a un terrateniente local, que a su vez lo puso al cuidado de un cabrero para que le sirviera de relevo. El niño vivía con aquel anciano pastor en una cueva, y fue a la muerte del cabrero cuando quedó completamente solo en medio de la naturaleza.
Más de una década solo en el monte
Con esa soledad absoluta empezó el capítulo que haría célebre su nombre. Pasó más de doce años en el monte, hasta que la Guardia Civil lo encontró en 1965, cuando tenía 19 años. Para entonces, la naturaleza era su casa y los animales, su única compañía; había aprendido a desenvolverse solo y a relacionarse con los lobos mediante sonidos y aullidos.
Conviene detenerse en un matiz, porque cambia por completo el sentido de la historia. Lo que para los demás era una hazaña extraordinaria, para Marcos había sido simplemente la manera que encontró de sobrevivir. Él nunca lo contó como una tragedia. «Me sentía un hombre feliz porque tenía todo lo que quería, yo no conocía otra cosa». Entre lobos, ciervos, serpientes y murciélagos, en las cuevas de la sierra de Cardeña y Andújar, aquel niño encontró algo que los humanos no le habían dado: un lugar donde nadie le hacía daño.
El regreso más difícil
La paradoja de su vida es que lo verdaderamente duro no fue el monte, sino la vuelta. La Guardia Civil lo localizó y lo devolvió por la fuerza a una sociedad cuyas costumbres apenas comprendía. Había sustituido buena parte de las palabras por sonidos, y le resultaban extraños la ropa, los cubiertos, el dinero y las normas más básicas de convivencia.
La reintegración fue lenta y dolorosa. Un sacerdote y varias religiosas tuvieron que enseñarle de nuevo a hablar, a vestirse, a caminar erguido y a comer con cubiertos. Pasó por el Hospital de Convalecientes de la Fundación Vallejo, en Madrid, y luego fue enviado a Mallorca, donde trabajó en la hostelería. Ya como hombre adulto tenía que reaprender lo que para cualquiera es cotidiano, y muchas de esas reglas sociales, sencillamente, no las compartía: las cuestionó siempre.
A esa dificultad se sumó otra más cruel. Algunos de sus conocidos se aprovecharon de él económicamente en numerosas ocasiones, mediante engaños y estafas, porque su aislamiento le había dejado un escaso manejo del dinero y de los códigos sociales. El hombre que había sabido sobrevivir solo en la sierra estaba indefenso entre los suyos.
De historia de periódico a vecino de Rante
Su caso trascendió lo anecdótico y llamó la atención de científicos y creadores. Su historia fue objeto de la tesis doctoral del antropólogo Gabriel Janer Manila, que la convirtió en el libro He jugado con lobos, y en 2010 llegó al cine con Entrelobos, dirigida por Gerardo Olivares. La película, protagonizada por Juan José Ballesta, tuvo gran éxito, y el propio Marcos participó en el rodaje como asesor principal. Nunca dejó de contarse: durante años siguió llevando su experiencia a colegios, campamentos y asociaciones, y en 2021, ya con 75 años, acudió a clases para aprender a leer y escribir.
Pero quizá el capítulo más hermoso, y el menos conocido, sea el último. El del Marcos que dejó de ser una historia de periódico para convertirse en vecino de una aldea ourensana, el que encontró en Rante una red de personas que lo cuidaron y lo acompañaron. Allí fue acogido por Manuel Barandela, un policía jubilado al que llamaba «el jefe» y consideraba de su familia. No siempre fue fácil: en 2018 vivía solo y con dificultades para afrontar los gastos de su casa, y una asociación llegó a impulsar una campaña para ayudarle a pagar una caldera. Aun así, allí estaba tranquilo. Contaba que se encontraba mejor en aquel rincón que en cualquier otro lugar, y sus vecinos lo habían hecho uno más.
El sueño que nunca se apagó
Durante toda su vida entre los hombres, Marcos arrastró una nostalgia que no disimulaba. Recordaba a los lobos, los animales y el silencio del monte como la parte más feliz de su existencia, y llegó a decir: «Sueño con volver a vivir entre lobos». Repetía que había sido más feliz entre animales que entre personas, porque los animales nunca lo traicionaron. Y sin embargo, en Ourense encontró personas que rompieron esa idea y le demostraron que también se podía confiar en los demás.
Murió el pasado 17 de agosto, lejos de aquella sierra donde aprendió a sobrevivir, pero acompañado. Uno de sus últimos deseos era que sus cenizas se quedaran en Rante, la aldea que hizo suya. Hasta el final conservó una mirada limpia, casi infantil, y una capacidad de asombro que no lo abandonó nunca. Puede que ese fuera su mayor logro: después de que la vida le quitara casi todo dos veces, no perdió la inocencia.



