miércoles, 2 septiembre, 2026

La Guerra del Cerdo: cómo un puñado de papas estuvo a punto de enfrentar a Estados Unidos y al Imperio Británico

En 1859, un colono americano disparó a un cerdo británico que le estaba destrozando el huerto. La bronca por aquel animal acabó con dos ejércitos, varios buques de guerra y miles de soldados frente a frente en una pequeña isla del Pacífico. El único muerto de toda la guerra fue el cerdo.

El 15 de junio de 1859, en la isla de San Juan, un colono estadounidense llamado Lyman Cutlar encontró a un cerdo hurgando entre sus papas. No era la primera vez. El animal, un verraco propiedad de la británica Hudson’s Bay Company, tenía la costumbre de colarse en su huerto, así que Cutlar cogió su arma y lo mató de un tiro. Con ese disparo, sin saberlo, encendió uno de los conflictos internacionales más ridículos de la historia.

Para entender cómo un cerdo muerto pudo poner a dos potencias al borde de la guerra, hay que retroceder unos años. En 1846, Estados Unidos y Gran Bretaña habían firmado el Tratado de Oregón para fijar la frontera entre el territorio estadounidense y la Norteamérica británica. El problema es que el tratado trazaba la línea de forma ambigua: la frontera debía pasar por el canal que separa el continente de la isla de Vancouver, pero había más de un canal posible. Uno, el estrecho de Rosario, dejaba las islas de San Juan en manos británicas. Otro, el de Haro, se las daba a Estados Unidos. Cada país, como es lógico, defendía la interpretación que le convenía. Y en medio de esa disputa geográfica quedaron unas islas que ambos reclamaban y que ambos habían empezado a colonizar.

En San Juan convivían, mal, dos grupos: los pastores de la Hudson’s Bay Company, que había convertido la isla en una gran granja de ovejas, y unos veinticinco o treinta colonos estadounidenses que se habían ido instalando allí. La tensión venía de lejos, alimentada por los intentos de las autoridades americanas de cobrar impuestos a todos los residentes, británicos incluidos. Solo faltaba una chispa. La puso el cerdo.

Cuando Cutlar mató al animal, la Hudson’s Bay Company le exigió cien dólares en compensación y amenazó con detenerlo. Él se negó a pagar, los colonos americanos se sintieron amenazados y pidieron protección militar a su país. A partir de ahí, todo se desbordó con una rapidez absurda. Estados Unidos envió al capitán George Pickett con una compañía de infantería, que desembarcó en la isla el 27 de julio de 1859. Gran Bretaña respondió mandando buques de guerra. En pocas semanas, lo que había empezado como una discusión por un animal de granja se convirtió en un pulso militar con todas las de la ley.

La escalada llegó a extremos que alarmaron a los gobiernos de ambos lados del Atlántico. En el punto álgido, había frente a frente hasta tres buques de guerra, más de ochenta cañones y en torno a dos mil seiscientos hombres. Del lado americano, unos 460 soldados con catorce cañones; del británico, más de dos mil combatientes y cinco navíos artillados. Todo por una isla de apenas unos treinta kilómetros de largo y un cerdo ya enterrado.

Hubo, sin embargo, un momento clave en el que primó la cordura. El oficial británico al mando de la Marina, el capitán Geoffrey Phipps Hornby, se negó a desembarcar a sus marines para enfrentarse a los estadounidenses de Pickett, pese a que el gobernador James Douglas quería plantar cara. Aquella decisión, contraria a las órdenes, evitó que alguien disparara el primer tiro entre humanos. Y una vez que nadie disparó, hubo tiempo para pensar.

Cuando la noticia del enfrentamiento llegó a Washington, el presidente James Buchanan mandó al general Winfield Scott, comandante en jefe del Ejército y hombre con experiencia en resolver disputas fronterizas con los británicos en la década de 1830, a apaciguar la situación. Scott llegó a las islas en octubre de 1859 y pactó con Douglas una solución sensata: rebajar la presencia militar y compartir la isla. Ambas naciones dejarían solo una pequeña fuerza simbólica, sin más de un centenar de hombres cada una, hasta encontrar una solución definitiva. Los británicos montaron su campamento en el norte de la isla y los americanos en el sur.

Esa «ocupación conjunta» se prolongó durante trece años, mucho más de lo que nadie imaginó. Durante buena parte de ese tiempo, Estados Unidos estuvo enfrascado en su propia Guerra Civil, un conflicto real y sangriento que dejó la disputa por San Juan en un segundo plano. Mientras los americanos se mataban entre sí en el este, en aquella isla del noroeste británicos y estadounidenses convivían sin mayores problemas, esperando un árbitro.

El árbitro llegó de fuera. En 1871 ambos países acordaron someter la cuestión a un tribunal internacional, y la decisión final recayó en una figura insólita para un pleito angloamericano: el káiser Guillermo I de Alemania. El 21 de octubre de 1872, la comisión falló a favor de Estados Unidos y fijó la frontera por el estrecho de Haro. San Juan y el resto del archipiélago pasaron a ser territorio estadounidense, y con el tiempo dieron lugar al actual condado de San Juan, en el estado de Washington. Los soldados británicos abandonaron la isla ese mismo noviembre.

Así terminó, sin un solo disparo entre soldados, un enfrentamiento que había reunido ejércitos, cañones y buques de guerra durante trece años. La Guerra del Cerdo se recuerda precisamente por eso: porque se resolvió con negociación y no con las armas, y porque su único caído fue el animal que la empezó. Hoy los dos campamentos, el británico y el americano, pueden visitarse dentro de un parque histórico nacional, como recuerdo de la vez que dos imperios estuvieron a punto de ir a la guerra por un cerdo y un huerto de papas.

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