Hubo un tiempo en que la televisión era un lujo. En muchos pueblos y barrios de España, durante los años sesenta, pocos hogares podían permitirse comprar un televisor. Aquel mueble de madera, con una pequeña pantalla en blanco y negro, representaba el progreso y la modernidad. Pero mientras algunos lo contemplaban desde el salón de su casa, miles de personas descubrieron la televisión gracias a una institución que marcaría toda una época: el teleclub.
Los teleclubs, en algunos barrios nacieron en los primeros años de la década de los 60 como una iniciativa impulsada por el Ministerio de Información y Turismo. Su objetivo oficial era acercar la cultura, la educación y la información a las zonas rurales y periféricas de las ciudades, aunque también cumplían la función de difundir la programación de Televisión Española y contribuir a la cohesión social de una España todavía muy dispersa entre el campo y la ciudad.
Cada pueblo, cada barrio, aspiraba a tener el suyo. Podía instalarse en un local municipal, en una escuela, en una antigua casa del pueblo o incluso en dependencias parroquiales. Bastaban unas cuantas sillas, una mesa, un receptor de televisión y una buena antena para que el local se convirtiera, cada tarde, en el centro de reunión de los vecinos.
La llegada del televisor transformó las costumbres. Familias enteras acudían caminando desde las distintas zonas de los barrios o caseríos para reunirse ante aquella pequeña pantalla. Los hombres ocupaban los primeros bancos; las mujeres se agrupaban algo más atrás, y los niños encontraban cualquier rincón desde donde asomarse. Nadie quería perderse el comienzo de la emisión.
Las emisiones comenzaban a determinadas horas y no ocupaban todo el día. Antes del inicio podía verse la carta de ajuste, acompañada por un característico tono musical que todavía permanece en la memoria de muchas generaciones. Cuando finalmente aparecía la imagen, el silencio se hacía en la sala.
En los teleclubs se seguían los concursos, los programas musicales, los espacios infantiles y los grandes acontecimientos nacionales. Series como Bonanza, Rin Tin Tin, El Fugitivo, Los Intocables o Viaje al fondo del mar, congregaban a numerosos espectadores. Los domingos, el fútbol, y también ocupaban los fines de semana festivales musicales y los discursos oficiales (faltaría más) también eran seguidos con atención. Pero el teleclub era mucho más que un lugar para ver televisión.
Muchos disponían de una pequeña biblioteca con libros de consulta, novelas y enciclopedias… Y billares, chapolines y futbolines. Se organizaban charlas, cursos de alfabetización para adultos, proyecciones cinematográficas, conferencias agrícolas, reuniones de asociaciones locales (y de otro tipo no autorizadas por la legislación vigente) y actividades para los jóvenes.
En las largas tardes de invierno, mientras fuera soplaba el viento o caía la lluvia, el teleclub, “la sociedad”, como se conocía en algunos barrios, ofrecía un espacio cálido donde conversar. Allí se comentaban las noticias, se debatían los acontecimientos del pueblo o del barrio y se compartían experiencias. Muchas amistades nacieron entre aquellas paredes, y no fueron pocos los noviazgos que comenzaron tras coincidir cada semana en las mismas filas de sillas.
La figura del monitor o responsable del teleclub tenía una gran importancia. Era quien abría el local, cuidaba del televisor, organizaba las actividades y velaba por el buen funcionamiento del centro. En ocasiones debía subir al tejado para orientar la antena cuando el viento desplazaba su posición y la imagen aparecía cubierta de nieve o interferencias. Entonces alguien gritaba desde abajo:
—¡Ahora… ahora se ve mejor!… ¡Un poco más hacia la derecha!… ¡Quieto “Grabiel” … Ahora perfecto.
Y el improvisado técnico continuaba moviendo lentamente la antena hasta conseguir una imagen aceptable, y aplausos de los asistentes, en muchas ocasiones…
Con el paso de los años, la situación comenzó a cambiar. Durante la década de 1970 el precio de los televisores descendió progresivamente. Cada vez más familias adquirieron un aparato para su hogar. Poco a poco, la costumbre de acudir cada noche al teleclub fue desapareciendo. Las reuniones colectivas dejaron paso a la televisión familiar desde el salón de casa.
Muchos teleclubs buscaron entonces una nueva función. Algunos se transformaron en centros culturales, bibliotecas municipales, asociaciones vecinales o locales juveniles. Otros acabaron cerrando definitivamente cuando dejaron de cumplir la misión para la que habían nacido.
Sin embargo, quienes vivieron aquella época recuerdan los teleclubs con una mezcla de nostalgia y cariño. No eran únicamente salas donde se veía la televisión. Eran auténticos lugares de encuentro, donde el entretenimiento, la cultura y la convivencia caminaban de la mano.
Para toda una generación, el teleclub fue la primera ventana abierta al mundo. Desde un pequeño pueblo podían contemplarse ciudades lejanas, acontecimientos históricos, deportes internacionales o películas que hasta entonces solo existían en la imaginación. Aquella pantalla de apenas veinte pulgadas consiguió reunir a vecinos de todas las edades alrededor de una misma ilusión.
Hoy, cuando cada persona lleva una pantalla en el bolsillo y el entretenimiento es completamente individual, cuesta imaginar aquellas noches en las que un pueblo, un barrio entero, compartía el mismo programa, las mismas risas y el mismo silencio. Los teleclubs fueron mucho más que una etapa de la historia de la televisión española; constituyeron un símbolo de convivencia, de progreso y de una forma de vivir que pertenece ya a la memoria colectiva de varias generaciones.
¡Niño, llégate a la sociedad y tráeme un paquete de Krüger azul, y pregúntale a “Grabiel” la hora a la que dan el partido!




Preciosos y precisos recuerdos, yo conocí uno en el barrio de la Salud bajo, se mantuvo bastante tiempo y ciertamente hacía muchas actividades. Creo recordar que un cura era el responsable en la época que lo conocí.
En mi barrio los niños, ya no tan niños, veíamos la 🎥 de la tarde del sábado, casa Doña Margarita, pero esa es otra historia.
Un abrazo Karin 🤗🍀