viernes, 10 julio, 2026

Venezuela 1716: cuando Amaro tuvo que reinventarse

La Compañía del Marqués de Montesacro fue concebida como una operación pionera dentro del comercio ultramarino español. Su creación respondía al intento de articular una compañía mercantil capaz de competir y generar ingresos, en cierta medida, siguiendo los modelos que desde el siglo anterior habían desarrollado Holanda e Inglaterra, como la VOC y la WIC neerlandesas, o las compañías inglesas vinculadas al comercio con África y las Indias.

La diferencia principal estaba en su origen y funcionamiento. Mientras aquellas compañías habían nacido sobre una base de capital privado, con amplias concesiones de sus respectivos Estados, en el caso español el impulso tuvo un carácter más centralizado y dependiente de la Corona. Aun así, el asiento de Montesacro permitió también la participación de capital privado. De hecho, en la carga conducida hacia América desde Cádiz, una parte considerable correspondía a particulares que embarcaron mercancías a flete, es decir, inversiones privadas en géneros seleccionados para su venta en América.

La estrategia comercial consistía en llevar a Tierra Firme todo tipo de géneros que pudieran encontrar demanda en el mercado americano, venderlos en los puertos autorizados y, con el producto de esas ventas, conseguir liquidez, recuperar el dinero de los inversores y activar nuevas rutas dentro del espacio hispano-caribeño.

En el caso del navío Nuestra Señora de la Concepción y San Xavier, conocido como el Blandón, del que Amaro Rodríguez Phelipe era capitán factor, la misión consistía en arribar a La Guaira, vender la carga conducida desde Cádiz y comenzar después la carga de cacao para transportarlo a Veracruz. Al mismo tiempo, el patache San Diego y otro navío armado debían continuar hacia Honduras, conforme al plan establecido para la Compañía.

El navío llegó al puerto de La Guaira el 8 de enero de 1715. Desde ese momento comenzó una larga disputa entre los ministros enviados por la Compañía y las autoridades de la provincia de Caracas. Las diferencias afectaron a la descarga, reconocimiento, venta y administración de los géneros.

El 30 de agosto de 1716, en Caracas, Thomás Cróquer de los Cameros y Amaro Rodríguez Phelipe firmaron una relación jurada sobre el estado de la cargazón, nombre que empleaban para referirse al conjunto de la carga. En ella hicieron constar el valor total de los géneros traídos desde Cádiz, lo vendido hasta esa fecha y lo que todavía permanecía en almacenes y tiendas.

Según aquella relación, el total de la cargazón importaba 894.015 reales y medio de plata antigua, equivalentes a 111.751 pesos y 7 reales. De esa suma, 525.442 reales y un cuartillo correspondían a la Compañía, y 368.572 reales y un cuartillo a particulares que habían cargado mercancías a flete.

Descripción de la carga embarcada en bodega:

Recreación del almacén custodiado por las autoridades en la Guaira. 1716.

1.212 cabos de hierro, con 601 quintales y 51 libras; 25 cajones y 13 espuertas de clavazón; 681 hachas de Vizcaya; 102 rejas de arar; 420 palas de hierro; 5 azadas; 12 cajones y 44 barriles de acero; 521 sombreros ordinarios y 40 finos; 15 quintales y 92 libras de romero; 69 botas y 150 barriles de aguardiente; 700 botijas de vino; 5 pipas de vino tinto; 60 botijas de vinagre; 400 botijas de aceitunas; 918 botijuelas de aceite; 650 docenas de loza de Sevilla; 222 piezas de crehuelas o coletas, con 23.123 varas; y 25 piezas de bayetas.

Asimismo, 767 piezas de crudo, con 21.117 varas; 150 varas de dicho crudo de envolturas; 20 piezas de crudo de Hamburgo, con 1.222 varas; 56 piezas de paños ordinarios de diferentes colores; 158 piezas de droguetes; 48 piezas de sargas y 50 piezas de sarga en grana; 26 piezas de estofas; 62 piezas de choletas, con 1.720 varas; 30 piezas de lana; 29 piezas de otra lana; varias piezas de estopillas; 1.346 piezas de platillas; 169 piezas de capa de rey, con 5.255 varas; 12.530 varas de listado; 80 piezas de lienzo de colchones, con 3.240 varas; 291 piezas de sempiternos y 36 piezas estrechas; 42 piezas de chamelotes de lana; 62 piezas de indianas; 105 piezas de lienzos finos; 12 piezas de lienzos de forros; 75 docenas y 11 pares de medias de lana; 33 piezas de ruán; 4.710 varas de dicho ruán; otras piezas de ruán contrahecho; 373 piezas de sangales; 612 piezas de lamparillas; varias piezas de bocadillos; 153 toallas; 946 piezas de bretañas anchas y angostas; 4.876 varas de bretaña ancha y 42 piezas de bretañas contrahechas; 599 piezas de estopillas; 15 piezas de creas anchas, con 2.160 varas; 6 tapetes afelpados; 505 libras de hilo blanco; 1.190 libras de hilo de color, además de otras partidas de hilo y vela; 20 piezas de anascotes negros y blancos; 40 piezas de picotes de lana y seda; 16 piezas de palometas; 122 piezas de pelo de camello; 1.282 docenas de cintas de reata; 200 piezas de lienzos tornasolados; 2.106 varas de estameña; 600 piezas de lienzos de colores; 1.639 varas de estameña; otras 600 piezas de lienzos de colores; 4.639 varas de berfalias o westfalias; 40 piezas de sargas blancas y frailezcas; 70 docenas de servilletas; 140 manteles; 118 quintales y 85 libras de cera, en pasta y labrada; 405 piezas de calamacos; 15 piezas de creas vasconas; 272 libras de pimienta; 300 gruesas de botones de estaño; 572 libras y media de incienso; 6 churlas de canela, con 628 libras; 107 libras de clavo de comer; 190 resmas de papel; 184 ternos de cajetas; 510 vidrios de cristal; 1.192 libras de albayalde; 20 millares de cañones; 22 saquillos de munición; 19 quintales y 31 libras de alhucema; 737 libras y media de peltre; 25 docenas de cepillos; 4 barriles de hoja de lata; 12 cajones con 444 gruesas de peines de palo; 22.612 varas de encajes del condado; 160 piezas de rasillos de seda; 4 piezas de calamaquillos; 243 varas de rasillos; 652 piezas de cinta de Córdoba; 224 pares de medias de capullo; 417 camisas ordinarias; 288 pares de calzones blancos; 64 docenas y 4 pares de calcetas; 40 tapapiés; 11 piezas de lienzos estampados; 36 piezas de otros lienzos estampados; 374 piezas de beatillas; 64 piezas de esterlines; libros y cuadernos de rezo por valor de 1.755 reales; 4 piezas de tafetán de Francia con flores de oro y plata; 5 piezas de tafetán de Sevilla; 6 retazos de gorgorán; 160 mantos; 273 pares de medias de seda; 576 libras de seda; 43 libras de seda floja; 180 piezas de colonias; 180 libras de listonería; 39 piezas de tafetanes sencillos; 47 piezas de tafetanes dobles; 2 piezas de sayal de la reina; 9.366 varas y media de encajes de Flandes; 665 piezas de encajes del Puy; 31 piezas de encajes de seda negros; 334 piezas de encajes de pita; 178 libras de hilo; 140 cajetas de dicho hilo; 606 varas de nobleza; 619 varas de media nobleza; 158 varas de damasco carmesí; 71 piezas de cintas de tisú de seda y de Sevilla; 4 piezas de cintas de oro y plata; otras 50 piezas de cintas; 191 libras de galones de oro y plata falsos; 12 libras de galón fino de oro y plata; y diferentes mercerías, como dedales, tijeras, anillos, cuentas de remate, corales, cascabeles y espejuelos.

Recreación de los contadores y oficiales de Amaro Pargo apuntando el conteo.

Entre el género embarcado destacan productos como el hilo blanco, la canela, las hachas de Vizcaya, los quintales de hierro, la seda, los saquillos de munición, las medias, los vidrios de cristal, la cera, el peltre, los encajes, el papel y la loza de Sevilla. Todo ello permite observar hacia dónde dirigía la Compañía su apuesta comercial: artículos de uso cotidiano, herramientas, textiles, géneros de lujo menor, productos religiosos, especias y mercancías de consumo doméstico.

Sin embargo, tras más de diecinueve meses en la provincia, solo se había conseguido vender o beneficiar alrededor del 40 % de la carga. Las razones fueron varias, aunque una de las principales fue la competencia del comercio ilícito, especialmente el que entraba desde Curazao a través de redes vinculadas al contrabando holandés. Aquellos productos podían circular con mayor rapidez y, en muchos casos, a precios más competitivos que los géneros legales introducidos por la Compañía.

La propia relación firmada por Amaro y Cróquer señalaba que los nombramientos de tenientes y corregidores en puertos, surgideros, caletas y valles se habían hecho sin suficiente examen de las personas elegidas. Esa falta de control facilitaba que determinados puestos de responsabilidad quedaran en manos de sujetos poco adecuados para impedir las introducciones ilícitas de mercancías.

Curazao y la estructura centralizada para dar salida al comercio de contrabando

Otro dato interesante es el tonelaje del Nuestra Señora de la Concepción y San Xavier, el Blandón. Aunque los expedientes consultados todavía no confirman su capacidad exacta, la naturaleza y volumen de la carga permiten pensar en un navío de dimensiones importantes, posiblemente entre 150 y 250 toneladas, y quizá uno de los navíos de mayor envergadura que Amaro había capitaneado hasta entonces.

Entre los géneros que pudieron colocarse con mayor facilidad destacan los sombreros, el papel, los mantos, el peltre (aleación de estaño usada para vajillas, platos, jarras y objetos domésticos), la pimienta, las hachas de Vizcaya, la ropa común, la listonería (cintas, lazos y adornos textiles usados en ropa, tocados y labores de costura) y parte del galón fino de oro y plata (tira o cinta bordada con hilo metálico, usada para decorar vestidos, uniformes, ornamentos religiosos y textiles de lujo). También tuvieron buena salida algunos productos españoles y de consumo inmediato, como el aceite, las aceitunas, el vinagre, la loza de Sevilla y el vino, mercancías que no competían del mismo modo con los géneros introducidos por las redes neerlandesas desde Curazao.

En conjunto, los artículos de uso cotidiano, herramientas, ropa común, especias, papel y objetos domésticos parecen haber encontrado mejor mercado. En cambio, buena parte de los textiles, lienzos, encajes, sedas, cintas y géneros finos continuaban pesando en los almacenes, condicionados por la lentitud de la venta legal y por la competencia de un comercio ilícito muy estructurado, alimentado en buena medida por las redes neerlandesas establecidas en Curazao (Holanda controlaba la Ruta de la Seda).

En esa valoración pesimista, Amaro y Cróquer indicaron que la Compañía necesitaría todavía treinta meses más para dar salida al resto de la carga.

La operación que debía generar liquidez rápida en La Guaira había quedado atrapada en pleitos, demoras, competencia del contrabando y falta de apoyo efectivo por parte de las autoridades locales. Si a ello se añade la enfermedad y posterior fallecimiento del Marqués de Montesacro, uno de los principales impulsores y accionistas de la Compañía, se entiende mejor hasta qué punto Amaro Pargo tuvo que reinventarse durante aquellos años en el Caribe.

Marco Polo Alonso
Marco Polo Alonsohttps://amaropargo.es/
Investigador, escritor y empresario.

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