En el barrio nadie recordaba exactamente cuándo había llegado Don Jorge. Parecía haber estado siempre allí, como la esquina donde tenía su carrito de periódicos, cigarros y caramelos, o como la buganvilla que trepaba por la pared de la casa de enfrente. El carrito era poco más que un mostrador de cristal y madera gastada, dos estantes llenos de golosinas en frascos de cristal, cajetillas de cigarros, hojillas de afeitar y algunas otras cosas pequeñas que siempre hacían falta en el momento menos pensado. Siempre me llamó la atención que hubiera… imperdibles. Se sostenía sobre dos ruedas parecidas a las de las carretas de las pelis del oeste y unas patas, de quita y pon, pero que desde hacía tiempo ya no eran sino fijas, y una extensión con un toldo detrás, cogido con alcayatas a la pared del bloque, donde algunos se sentaban en unos bloques de obra, a fumar o a echarse una cerveza. En la trasera del carrito en sí, una puerta que quedaba cerrada con dos candados cada día.
Pero si algo distinguía a Don Jorge no era su carrito, su “aprendiz de estanco” pasado de fechas, sino su manera de caminar. Tenía una cojera leve, apenas perceptible al principio, pero constante. Daba un paso normal y el siguiente parecía quedarse un instante suspendido en el aire antes de apoyarse en el suelo. Los pibes del barrio lo imitaban a veces, con la crueldad inocente de la infancia, aunque siempre bajaban la cabeza si él los sorprendía.
Nadie sabía realmente de dónde venía aquella cojera. Las historias circulaban por el barrio como el humo de los cigarrillos que se vendían en el carrito.
Unos decían que había sido marinero y que una noche de temporal, en algún puerto lejano, una cadena de ancla le había atrapado la pierna. Otros aseguraban que la herida era más antigua, de cuando era joven y había tenido un accidente en una obra. Había también quien afirmaba, bajando la voz como si contara un secreto peligroso, que la cojera era consecuencia de un duelo por amor, una pelea de juventud que había terminado mal.
Don Jorge jamás aclaraba nada.
Cuando alguien, con demasiada confianza, le preguntaba por su pierna, él sonreía apenas, como si recordara algo muy antiguo, y cambiaba de tema mientras abría un paquete de chicles o buscaba un periódico entre los que aún olían a tinta fresca.
—Eso fue hace mucho —decía—. Ya ni me acuerdo.
Pero todos sabían que sí se acordaba.
El carrito se abría temprano, casi con la primera claridad del día. Doña Amparo, su señora, era siempre la primera en aparecer tras el mostrador; bajaba todos los días por la acera para abajo, bandeando caderas, desde su casa dos calles más arriba. Tenía un carácter tranquilo y esa forma de moverse que parecía medir el tiempo con esos relojes de péndulo, de pared; luego, colocar los tarros de caramelos, ordenar las cajetillas de cigarrillos, colocar en fila las hojillas de afeitar como si fueran pequeñas láminas de plata.
Doña Amparo era una mujer de pocas palabras, pero de mirada firme. En el barrio se decía que sin ella el carrito no habría durado ni una semana. Era quien recordaba qué vecino debía todavía unas monedas, quién prefería los cigarrillos sueltos y qué niño se llevaba siempre los mismos caramelos de plátano.
Don Jorge llegaba poco después. Y casi siempre lo hacía en su Vespa verde.
La moto tenía un brillo particular, como si cada tarde la limpiara con paciencia. No era nueva ni mucho menos, pero estaba cuidada con un cariño que rozaba el orgullo. Don Jorge la aparcaba siempre en un lateral del carrito, apoyándola con cuidado, y durante un momento parecía quedarse mirándola, como si entre él y aquella máquina hubiera un acuerdo silencioso.
Luego entraba detrás del mostrador con su paso desigual y saludaba a Doña Amparo con una inclinación leve de cabeza.
—¿Llegó ya? —preguntaba.
Y ambos sabían perfectamente a qué se refería.
Porque cada mañana, cuando la primera guagua subía al barrio, traía consigo los periódicos. El conductor dejaba el paquetón atado con hilo de bala, junto a una de las ruedas ancladas en el cemento o se lo entregaba a Don Jorge, o Doña Amparo con un gesto rutinario. A esa hora el barrio aún estaba despertando: alguna ventana que se abría, el ruido de una escoba en la acera, el eco lejano de un gallo de las casas pegadas al barranco.
Don Jorge tomaba el periódico con respeto, como si fuese un objeto delicado.
Lo abría despacio, alisando las páginas con la palma de la mano, y durante unos minutos parecía desaparecer dentro de él. Mientras tanto, Doña Amparo atendía a los primeros clientes: un vecino que pedía una caja de 46, un pibe que compraba regaliz y -un Winston suelto Doña amparo, por favor- camino del “istituto”, un obrero que buscaba un paquete de hojillas Palmera, acanaladas, que ya se le habían terminado.
Apoyarse en el lateral o en el mostrador del carrito te olía siempre a una mezcla extraña: azúcar de las golosinas, tabaco fresco y papel de periódico.
Y en medio de ese olor estaba Don Jorge, leyendo con la frente fruncida, moviendo a veces la cabeza como si el mundo que describían aquellas páginas fuese demasiado grande para el pequeño barrio.
El carrito también formaba parte de los puntos de encuentro. Allí se comentaban las noticias, se discutía de fútbol, se hablaba de política o del tiempo. Y siempre, en algún momento, alguien volvía a mencionar la cojera de Don Jorge.
—Eso fue en la guerra —decía uno.
—Qué va, fue en el mar —respondía otro.
Don Jorge escuchaba aquellas teorías sin intervenir, apoyado en el mostrador, con la sonrisa tranquila de quien sabe que la verdad es menos interesante que las historias.
A veces, cuando el sol de la tarde entraba de lado por el lateral del carrito y hacía brillar el cristal de los tarros de caramelos, Doña Amparo lo miraba caminar hasta la esquina y volver.
Y entonces su mirada cambiaba ligeramente.
Como si ella, y sólo ella, conociera el verdadero origen de aquella cojera.
Pero nunca decía nada.
Cuando caía la noche, Don Jorge cerraba el carrito con calma. Guardaba los periódicos que quedaban, contaba las monedas, apagaba la luz… Después encajaba la puertita, echaba un candado, el otro… Y se detenía un momento junto a la Vespa verde.
El barrio estaba ya en silencio. -Voy a echarle un vistazo a la viejita y vuelvo-.
Entonces, con su paso irregular y paciente, empujaba la moto unos metros antes de arrancarla. Y durante ese breve trayecto, bajo la luz amarilla de las farolas, su cojera parecía más evidente, más antigua, como si cada paso guardara un recuerdo que nadie más podía ver.
Quizá por eso, con los años, en el barrio se llegó a pensar que la verdadera historia de Don Jorge no estaba en lo que vendía en su estanco, ni en los periódicos que llegaban cada mañana en la primera guagua.
Estaba en ese pequeño silencio que se producía cada vez que daba un paso.
Ese instante breve en que su pierna dudaba. Como si el pasado, por un momento, tirara de él hacia atrás.
(Como habrás adivinado, querido lector, del carrito ya no queda sino algún recuerdo, como este).



