Hay un momento en la vida, no sé exactamente cuándo ocurre, en el que uno empieza a convertirse en esa persona que juró no ser jamás.
A mí me pasó hace unos meses.
Estaba tranquilamente en el sillón cuando escuché una moto pasar por la calle haciendo un ruido absolutamente innecesario. De esos que hacen vibrar los cristales y alteran el orden natural de las cosas.
Sin pensarlo, pronuncié una frase que me dejó profundamente preocupado:
—No sé qué necesidad hay de hacer tanto ruido.
Me quedé en silencio.
Porque esa frase no la había dicho yo.
La había dicho mi padre durante treinta años.
Y antes que él, seguramente mi abuelo.
Hay expresiones que se transmiten genéticamente.
Desde ese día empecé a prestar atención y descubrí algo inquietante: me están empezando a molestar cosas que hace diez años ni siquiera registraba.
Por ejemplo, los restaurantes con la música demasiado alta.
Antes me encantaban. Me parecían modernos, animados, llenos de ambiente.
Ahora entro en uno y lo primero que pienso es:
—¿Y aquí cómo se habla?
Porque uno llega a una edad en la que sale a cenar para conversar. No para gritarle a un amigo a veinte centímetros de la cara:
—¿QUÉ TAL TODO?
Y que él responda:
—¿CÓMO DICES?
Y así durante dos horas.
Tampoco entiendo ya a la gente que pone vídeos en el móvil sin auriculares en lugares públicos.
Antes ni me fijaba.
Ahora me parece una declaración de guerra.
El otro día había un señor viendo algo en el teléfono en una cafetería. No sé qué era, pero por el volumen parecía el desembarco de Normandía.
Y yo allí, intentando leer tranquilamente.
Llegué a plantearme cambiarme de mesa.
Luego recordé que esa es otra cosa que hacen las personas mayores: cambiarse de mesa porque hay demasiado ruido.
Me quedé donde estaba, pero por orgullo.
También he desarrollado una relación muy intensa con la temperatura.
En invierno me quejo del frío.
En verano del calor.
Y en primavera de que ya no existen las primaveras como las de antes.
Esto último me salió el otro día de manera completamente espontánea y creo que es la frase más cercana a la jubilación que he pronunciado nunca.
Pero donde he notado un cambio definitivo es en los horarios.
Antes cenar a las once era perfectamente razonable.
Ahora, si alguien propone quedar a las diez de la noche, siento que me están invitando a una expedición nocturna.
No digo que no vaya.
Voy.
Pero durante todo el día estoy mentalmente preparándome para ello.
Y al día siguiente necesito una recuperación que antes reservaba para las mudanzas.
Lo peor es que empiezo a entender a ciertas personas que, hasta hace poco, me parecían exageradas.
La gente que lleva una chaqueta “por si refresca”.
La que sale de casa media hora antes “por si hay tráfico”.
La que llega al aeropuerto con tres horas de antelación.
Toda esa gente, de repente, empieza a tener sentido.
Y eso da bastante miedo.
Porque el envejecimiento no llega de golpe.
Nadie se despierta una mañana y dice:
—Ya soy un señor.
No.
Sucede poco a poco.
Empiezas quejándote del ruido.
Luego te molesta que alguien arrastre una silla.
Después descubres que las ferreterías tienen cosas interesantísimas.
Y un día te sorprendes mirando colchones por internet sin ninguna necesidad de cambiar el tuyo.
Ahí ya no hay vuelta atrás.
Aun así, tampoco está tan mal.
Hay cierta tranquilidad en estas pequeñas manías.
Uno deja de correr detrás de cosas absurdas y empieza a apreciar placeres muy sencillos.
Una terraza sin música.
Una comida que termina pronto.
Un domingo sin planes.
Una cama recién hecha.
Y, sobre todo, el enorme privilegio de que nadie llame al telefonillo después de las diez de la noche.
Si algo he aprendido en estos últimos años es que la juventud quizá tenga más energía, pero la madurez tiene algo mucho más valioso:
La capacidad de disfrutar enormemente de que no pase absolutamente nada.





Gracias Moi. Sencillamente genial. Me encantó.