martes, 25 agosto, 2026

70 años y 31 días preso: muere a los 101 el recluso que más tiempo pasó encarcelado en EE.UU.

Francis Clifford Smith entró en prisión en 1954 condenado por un asesinato que negó hasta el final. Sobrevivió a ocho fechas de ejecución, se fugó una vez, probó brevemente la libertad y llegó a negarse a salir de la cárcel. Ha muerto con 101 años, siendo el preso que más tiempo ha estado encerrado en la historia del país.

En julio de 1949, un vigilante nocturno llamado Grover Hart apareció muerto durante un robo en el Indian Harbour Yacht Club de Greenwich, en Connecticut. La investigación apuntó a un joven de 25 años, Francis Clifford Smith, y aquel nombre quedó atado al crimen durante el resto de su vida, que resultó ser larguísima. Smith fue juzgado, declarado culpable de asesinato en primer grado y condenado a morir en la silla eléctrica. Él dijo que no lo había hecho. Lo repetiría durante más de setenta años, y se llevaría la duda a la tumba.

Lo primero que tuvo que hacer fue sobrevivir a su propia condena. Antes de que su pena se conmutara, Smith vio cómo se fijaban y llegaban hasta ocho fechas distintas para su ejecución. Ocho veces se preparó para morir y ocho veces se detuvo el reloj en el último momento, por recursos, aplazamientos y trámites legales. Esa espera terminó en 1954, cuando le conmutaron la sentencia de muerte por cadena perpetua. Se salvó de la silla, pero a cambio entró en un encierro que no tendría casi final.

A partir de ahí, su historia se convirtió en algo insólito. Hubo una fuga, un intento de dejar atrás los muros que no llegó a buen puerto y que terminó con él de nuevo bajo custodia. Hubo, mucho más tarde, un breve periodo de libertad condicional, unos meses en los que probó a vivir fuera después de décadas dentro. Y hubo algo aún más difícil de entender: llegó un momento en que Smith, sencillamente, no quiso salir. Tras haber pasado más tiempo preso que libre, la cárcel se había convertido en el único mundo que conocía y manejaba. Fuera no le esperaba casi nadie ni casi nada.

Mientras los años pasaban, el caso que lo mantenía encerrado se iba desmoronando por dentro. Su condena se había sostenido en buena medida sobre pruebas circunstanciales, y con el tiempo esas costuras empezaron a ceder. Algunos testigos se retractaron de lo que habían declarado. Otro hombre llegó a señalar que él había estado implicado en la muerte de Hart. E incluso el agente que en su día lo había interrogado terminó admitiendo que dudaba de su culpabilidad. Nada de eso fue suficiente para revisar la sentencia. El sistema que lo había condenado no se movió, y Smith siguió siendo, a ojos de la ley, un asesino convicto.

Solo la vejez le abrió la puerta. En 2020, ya muy mayor, salió de prisión bajo libertad condicional supervisada y pasó a vivir en el centro 60 West, una residencia asistida de Connecticut. Para entonces arrastraba demencia y el deterioro propio de la edad. Allí murió mientras dormía el 25 de junio de 2026, a los 101 años. Un portavoz del centro lo resumió sin dramatismo: esencialmente había muerto de viejo. Fue incinerado, con su familia prácticamente ausente, y su fallecimiento no se hizo público hasta más de un mes después. Un portavoz de prisiones despidió aquella vida con una frialdad casi administrativa, diciendo que, con 101 años y medio, al menos en cuestión de longevidad le había ido bastante bien.

Los números lo colocan solo en la cima de una lista sombría. En total sumó 70 años y 31 días de cárcel, más que ningún otro recluso en la historia del país. El segundo, Walter Bourque, se quedó a un año, con 69 años y 31 días, y murió entre rejas en enero de 2025. El tercero, Paul Geidel, condenado en 1911 siendo un adolescente, cumplió casi 69 años y salió en libertad en 1980. La diferencia es que aquellos otros dejaron la prisión, de un modo u otro, antes que Smith.

Su historia se puede resumir en una cifra fácil de decir y difícil de imaginar: setenta años. Pero lo que deja no es la cifra, sino una pregunta que ninguna sentencia respondió. Murió sin que nadie aclarara si mató de verdad a Grover Hart aquella noche de 1949, con testigos que se desdijeron y hasta con el policía que lo interrogó dudando de la condena. Qué se le debe a un hombre que pasó siete décadas encerrado por un crimen que quizá no cometió, y qué se le debe a la sociedad en cuyo nombre se le mantuvo allí, es algo que Francis Clifford Smith se llevó consigo.

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