No recuerdo quién tuvo la idea. Y seguramente es mejor así, porque cuando una pandilla de adolescentes hace una cosa de estas, siempre hay uno que dice que fue otro y otro que asegura que él no estaba allí. Pero estar, estábamos todos.
Era verano y en aquel pueblecito lindo y costero las noches tenían otra cosa. Cuando se iba el último bañista y las piscinas quedaban vacías, aquello cambiaba. De día eran las piscinas de siempre: gente tomando el sol, niños corriendo, señoras hablando y alguno buscando una sombra donde no la había. Pero de noche, sin gente y con las luces apagadas, parecían otro sitio.
Bajamos en silencio, aunque lo de bajar en silencio nos duró poco.
Íbamos hablando bajito, riéndonos por cualquier tontería y mirando hacia atrás de vez en cuando, como si fuéramos a encontrarnos con la Guardia Civil detrás de cada esquina. La verdad es que no teníamos muy claro si aquello estaba prohibido o simplemente nos parecía que lo estaba. A esas edades daba lo mismo.
Llegamos a las piscinas y nos quedamos un momento parados.
El mar estaba negro.
Las rocas apenas se distinguían y, de vez en cuando, una ola rompía abajo con ese ruido que por la noche parece mucho más fuerte. No había casi ninguna luz y, durante unos segundos, a más de uno se le quitaron las ganas de hacerse el valiente.
—¿Nos tiramos o qué?
Era la frase que hacía falta.
Uno se quitó la camiseta. Otro los pantalones. Y en menos de un minuto estábamos todos en bañador, empujándonos unos a otros para que nadie pudiera echarse atrás.
El primer salto fue una locura.
El agua estaba fría y alguien pegó un grito que despertaría a medio pueblo. Nos reímos como tontos. Nadábamos de un lado para otro, nos salpicábamos y hacíamos carreras que nadie ganaba porque apenas veíamos dónde estaba el otro.
Y entonces ocurrió algo que seguramente solo podía ocurrir cuando teníamos aquella edad.
Nos sentimos libres.
No había padres preguntando dónde estábamos. No había horarios. No había que volver porque al día siguiente había que madrugar. No había nadie diciéndonos que tuviéramos cuidado.
Solo estábamos nosotros, la piscina, el mar y aquella noche de verano.
Hasta que vimos la luz.
Al principio fue un pequeño resplandor que apareció por arriba.
—¿Qué es eso?
La linterna se movió lentamente.
Y entonces alguien dijo:
—¡Corran!
El problema era que estábamos todos dentro del agua.
Salimos como pudimos, tropezando, buscando la ropa a oscuras y tratando de no hacer ruido mientras aquella luz se acercaba.
—¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¡Alto a la Guardia Civil!
Nos quedamos congelados. Nadie contestó.
La linterna volvió a barrer la piscina.
Yo creo que en aquel momento todos pensamos lo mismo: se acabó la fiesta.
Pero las personas, que eran dos, siguieron avanzando y durante unos segundos solo se escucharon sus pasos.
Después, como suele ocurrir con los grandes sustos de aquella edad, alguien empezó a reírse.
Y aquello fue contagioso.
Tuvimos que mordernos la boca para no soltar la carcajada.
Primero vimos la luz. Una linterna grande que iba de un lado para otro, acercándose por el lateral oscuro de las columnas del hotel. Después aparecieron las siluetas de los tricornios y, debajo, dos hombres vestidos de verde.
Uno era alto y delgado, con un bigote que parecía todavía más grande en aquella oscuridad. El otro, más bajo y recio, caminaba despacio, haciendo sonar las botas sobre el cemento.
No hacía falta que dijeran nada. Aquellos dos hombres, sus tricornios y aquella linterna habían conseguido que de repente todos recordáramos que estábamos bañándonos donde y cuando no debíamos.
Nos miraron.
Los miramos.
Y durante unos segundos nadie dijo nada.
Luego el más bajo, y con más mala leche, soltó algo parecido a:
—¡Venga, ponerse aquí, en fila, bajo la luz que los veamos!
Y salimos al descubierto. Mediados de agosto, pero algunos temblábamos.
El más alto se dirigió a las chicas:
—Señoritas, vístanse y siéntense en el muro.
Luego nos miró a nosotros.
—Y vosotros, machitos, a vestirse también. Y coloquen los bolsos y las mochilas todos juntos, allí.
—¿Puedo ponerme las gafas? —pregunté.
El del bigote cabeceó asintiendo.
Nievitas, a mi lado, cruzada de brazos, preguntó si podía ponerse la toalla sobre los hombros.
—Vístanse todos y vayan sacando sus documentos de identidad.
Creo que por edad todos teníamos DNI, menos dos.
Pablo, el más entero del grupo, preguntó qué les pasaba a quienes no llevaran encima el DNI. En su caso había venido con una camiseta de asillas, el bañador, una toalla y las cholas. Y no llevaba encima el documento.
El guardia nos recorrió con la vista a todos y preguntó:
—¿Alguien más no tiene su DNI?
Ninguno lo llevaba encima.
Ninguno.
Nos quedamos mirando las luces de un coche, que alumbraba hacia las piscinas y que, de paso, iluminó algo más el escenario.
El bajito le dijo al otro:
—Quédate con ellos; voy a ver de quién se trata.
El guardia civil que se quedó con nosotros comenzó entonces con «el sermón».
Que el documento había que llevarlo siempre con nosotros. Que había un horario de baños en las piscinas. Que la mar a oscuras era peligrosa. Que tomáramos conciencia los chicos de no «llamar al peligro» por quedar de machotes delante de las chicas. Que no se era más hombre por no tener cuidado. Que no confundiéramos la irresponsabilidad de lo que estábamos haciendo con «no sé qué» …
Yo ya llevaba un minuto o dos perdidos de la filípica, mirando lo que sucedía con el coche que había llegado y con el otro guardia civil.
De repente reconocí al conductor del coche y al otro ocupante, el que iba a su lado.
Don Pepe, el padre de Pablo.
Y don Mateo, el abuelo de Aurorita, con su eterno puro, cuya brasa distinguía perfectamente desde allí.
Llegaron en dos minutos a nuestra altura y el bajito le decía a don Pepe:
—Entonces, ¿este de aquí es su hijo y estos, su sobrino y su sobrina?
—Sí, señor. Y al resto también los conozco, y a sus padres. Todos veraneamos en la Avenida del Club Náutico.
—Bueno —terció el otro guardia—, aquí los hemos pillado bañándose a horas intempestivas y armando jaleo. Nos han avisado desde aquel edificio de apartamentos. Y porque han llegado ustedes, que si no…
Nos miró a todos.
—Hubiéramos llamado al furgón para llevarlos a la Comandancia en San Benito, para proceder a su identificación. Una noche de calabozo no se la hubiera quitado nadie.
Don Mateo comenzó a hablar:
—Qué bien que han aparecido ustedes para que este follón no hubiera pasado a mayores… Ya se sabe que a estas edades no se mide la prudencia…
—Ni la decencia —sentenció el otro guardia civil.
—Exacto —siguió don Mateo—. ¿Les vale a ustedes que aquí don José, que ha reconocido a su hijo y sobrinos, y yo mismo testifiquemos ante ustedes que estos muchachos y muchachas son todos de buenas familias, reconocidos como vecinos por nosotros, y que nos hacemos cargo de ellos con la seguridad de que de sus padres respectivos recibirán su reprimenda y oportuno castigo?
Los civiles se miraron.
Nos miraron.
Se acercaron un par de pasos hacia nosotros y el más alto sentenció:
—Así lo dejamos. Acaben de vestirse y que no vuelva a ocurrir.
Se dieron media vuelta, saludaron militarmente a los adultos y, con pasos marcados, se alejaron hacia la avenida.
No nos atrevíamos ni a respirar.
A algunos, como era mi caso, todavía nos quedaba escuchar la sentencia de nuestros padres.
—¡Venga las chicas!, todas al coche.
—¿Y nosotros? —preguntó Pablo.
—Ustedes… a enfriar la hombría, caminando hasta los apartamentos.
No hubo multa. Sí aguantamos un sermón memorable, primero del número de la Guardia Civil y después en casa, pero no hubo tragedia alguna.
Solo aquella carretera general, que nos pareció esa noche mucho más cuesta arriba, todavía medio mojados, muertos de risa y con el corazón golpeándonos en el pecho.
Hoy, cuando pienso en aquella noche, me hace gracia recordar que entonces nos parecía que estábamos haciendo algo enorme.
Y quizá lo estábamos haciendo.
Porque a aquella edad bastaba con una piscina vacía de gente, un poco de oscuridad y una linterna apareciendo de repente para convertir una noche cualquiera de verano en una aventura que, muchos años después, todavía seguimos contando.
Porque hubo un tiempo en que la libertad podía durar exactamente lo que tardaba alguien en encender una linterna.




Una vez escuché a alguien decir: “ que inocencia tan bonita “, creo que salvando la distancia temporal, se puede emplear. Aunque, nosotros los de entonces ya no volvamos a ser como antes. 🤷♂️