sábado, 24 octubre, 2026

La conquista de Tenerife se pagó con personas

Las fuentes etnohistóricas al hablar de la conquista de Tenerife, cuenta una historia que muy poco tiene que ver con los acontecimientos que se desarrollaron en los primeros tiempos de la colonización de la isla en sus dinámicas sociales. Sin embargo, los archivos notariales de La Laguna cuenta otra historia. La de cómo la venta de guanches y otros cautivos financió la incorporación de la isla a Castilla, entre finales del siglo XV y comienzos del XVI.

Doblas de oro por una niña de siete años, maravedíes por la libertad de un guanche, esclavos hipotecados igual que se hipoteca una finca, nos habla de una conquista que se parece más a una operación financiera que a una gesta.

Una empresa de alto riesgo

La incorporación de Tenerife a la Corona de Castilla fue, antes que una epopeya o una cruzada, un negocio arriesgado. Alonso Fernández de Lugo, el Adelantado, mandaba un ejército y arrastraba una deuda enorme.

En la primavera de 1494 los guanches destruyeron a las tropas castellanas en la Matanza de Acentejo y Lugo quedó arruinado. Para levantar un segundo ejército en 1495 vendió sus ingenios de azúcar en Gran Canaria, hipotecó sus bienes y pidió préstamos de condiciones durísimas a mercaderes genoveses. La victoria llegó en 1496 y con ella la prisa por pagar. La población indígena fue el recurso financiero que los europeos tenían más a mano.

El botín de guerra incluía tierras y ganado, pero también personas. Los Reyes Católicos intentaron regular la esclavitud. En Tenerife, sin embargo, se levantó un mercado humano muy activo que ayudó a costear la propia expansión colonial.

La ley distinguía entre «bandos de paces» y «bandos de guerra». Los guanches que se habían sometido por voluntad propia, como los de Güímar o Anaga, debían ser tratados como vasallos libres. En la práctica, la distinción estorbó poco, pues Alonso Fernández de Lugo capturó y vendió a guanches del bando de Güímar, aliados en teoría, para desquitarse de sus deudas.

Esto genero un conflicto jurídico que duró décadas, y los archivos demuestran que los indígenas no se quedaron callados. Leonor, mujer indígena, litigó en 1512 para que se reconociera su condición de mujer libre.

Don Enrique, hijo del último rey de Anaga, actuó en 1508 como procurador y «denunciador» de guanches libres vendidos de forma ilegal.

La Corona dudó presionada por sus consejeros espirituales, resistiéndose a aceptar la esclavitud de las poblaciones indígenas en América, pero en Canarias la toleró y dejó que fuera la base material de la sociedad inicial, siempre que se justificara como fruto de una «buena guerra».

Guanches, berberiscos y negros

El guanche fue la primera víctima, pero la sociedad tinerfeña del siglo XVI reunió pronto cautivos de otras procedencias, focalizados en tres grupos.

Los guanches se empleaban sobre todo en el pastoreo, su oficio de siempre. Se asimilaron tan deprisa que, en pocos años muchos de ellos, esclavos o ya libres, se comportaban socialmente como castellanos.

Los berberiscos llegaban de las «armadas», las razias en las costas de Berbería, en el actual Sáhara. Eran cautivos «blancos» o «loros» (mulatos), muy valorados en el mercado doméstico. Convertirse al cristianismo era un camino frecuente hacia la libertad, pues Andrés y Fernando, esclavos berberiscos del Adelantado, fueron ahorrados en 1508 por ser «cristianos convertidos».

Los negros llegaban sobre todo por el mercado de Cabo Verde o directamente de Guinea, a veces de forma ilegal para esquivar el monopolio portugués. Eran la mano de obra preferida en los ingenios de azúcar, porque se les suponía una mayor resistencia física para las duras tareas de la zafra.

Los precios variaban mucho según la edad, la salud y las habilidades de cada persona. En 1522, una «esclavilla negra de 7 años» podía valer 10 doblas de oro; un «esclavo negro de 20 años», 45. La esclavitud estaba tan extendida que entraba incluso en las dotes de boda. En 1506, Gonzalo del Algaba entregó a Francisca, una esclava blanca de 12 años, como parte de la dote de su hija.

La economía de la isla no habría arrancado sin esa mano de obra. En el campo, los esclavos preparaban la tierra para plantar viña, destruyendo el helecho a «tajo abierto», o trabajaban en compañía con sus amos, que se quedaban con una parte de los frutos.

En ciudades incipientes como La Laguna, la esclavitud doméstica era lo normal en las casas de regidores y mercaderes.

Un esclavo era además un activo financiero: se alquilaba junto con yuntas de bueyes para las faenas agrícolas y era corriente hipotecarlo para garantizar deudas. El propio Adelantado, acosado por sentencias judiciales en 1508, hipotecó a sus esclavos negros Francisco y Capitán para pagar las indemnizaciones debidas a los hijos de los menceyes guanches.

El ahorramiento

El sistema tenía una salida legal para la tan ansiada libertad de estas personas; el «ahorramiento». Se podía llegar a ella por disposición testamentaria del amo, a menudo «por los muchos y buenos servicios prestados», por conversión religiosa o comprando la propia libertad con lo ahorrado.

Entre los casos que recoge los actos notariales, está la de un guanche cuya libertad pagaron otros indígenas en 1507, con la suma de 12.000 maravedíes a su dueña, destacándose la solidaridad entre guanches, esclavos y libres, siendo una superioridad moral frente a la envidia y la persecución que a menudo dividían a los «cristianos viejos».

El Adelantado también tuvo algún gesto de gracia en contadas ocasiones. Concedió la libertad a «María la Pendolera», esclava guanche, y renunció incluso al derecho de patronazgo que la ley le reconocía sobre ella.

Lo que dicen los legajos

Los archivos notariales no se queda en una recopilación de datos económicos. Nos muestran la presencia de miles de personas anónimas, que, con su sufrimiento al ser reducidos a esclavitud, nos deja claro que la identidad de Tenerife no se entiende sin su pasado servil.

La servidumbre impuesta a la población indígena se extinguió relativamente pronto por la asimilación social de la nueva cultura y por la presión legal de la Corona que dejó una sociedad mestiza. Quien pasee hoy por La Laguna puede mirar más allá de las fachadas señoriales y de pasados de alta alcurnia, pues en los legajos siguen los nombres de Leonor, de Francisca, de Francisco y de Capitán, quienes contribuyeron a costa de su libertad con las riquezas que generaron la construcción de esos edificios.

Fernando Hernández González
Fernando Hernández González
Antropólogo por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, especializado en la cultura de los antiguos canarios y en la etnografía de la cosmovisión del archipiélago. Su trabajo se centra en la tradición oral, las prácticas propias de la cosmovisión de los canarios actuales —brujas, santiguados y «lugares de poder» de las islas— y la antropología de las poblaciones nativas. Es director científico de la expedición Raíces Ancestrales, que investiga las conexiones ancestrales entre la cultura canaria y otros pueblos originarios. En Página 13 firma la sección «El Guirre», donde rescata y divulga la memoria etnográfica y las tradiciones del pueblo canario.

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