Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, permaneció secuestrada durante cuarenta minutos, a causa de un escrache, en la sede de la Cámara de Comercio de la calle Prado, en Madrid. Si los de la algarada son los profesores que van a impartir clases a los más pequeños de mi familia, yo prefiero no vivir en España. Unos individuos vociferantes, con pinta patibularia, disfrazados de anarquistas, insultaban a Ayuso que sólo escuchaba el ruido desde dentro del edificio, pero que tuvo que salir por una puerta trasera hasta su coche oficial. ¿Consecuencia de que la diputada autonómica Manuela Bergerot, nacida en La Plata, Argentina, haya anunciado la agitación de las calles de Madrid en la propia Asamblea de la comunidad autónoma? No lo sé, lo que sí sé es que la integridad física de Ayuso se vio comprometida, que la Policía tuvo que cargar contra los manifestantes y que nadie tiene derecho a insultar a nadie, ni a acosarlo, y menos quienes teóricamente tienen que dar ejemplo de educación y de respeto a sus alumnos. Detrás de toda la movida, de ésta, de la de la Puerta del Sol y probablemente de lo que pueda venir están Sánchez y sus secuaces. Ellos creen que la algarada, ahijada de las que organiza Melenchon en Francia, les da votos y no es así. Ya lo verán. Sánchez va a ser recordado como una desgracia nacional, por muchas parodias amorosas ridículas que protagonice con su amante e imputada esposa Begoña. Por cierto, que Melenchon, exsocialista y ahora líder de la ultraizquierda francesa, cuyas huestes incendian su propio país, es descendiente de españoles, como no podía ser menos: tres de sus cuatro abuelos proceden de España. En París, los parisinos sufren ¡un toque de queda! Porque lo que está viviendo Francia es una guerra, una guerra terrible, con vandalismos, saqueos, invasión de hogares y violación gravísima de los más elementales derechos ciudadanos. Aquí, Sánchez acude al amor, pero detrás de esa declaración hay un hombre sin escrúpulos, que agita la calle sin él dar la cara –porque no puede— y que pretende dejar detrás tras de sí, cuando abandone el poder, un país instalado en el caos, para ponérselo más difícil a sus sucesores. Francia es un ejemplo de lo que no debe ocurrir en una Europa en crisis y otra consecuencia de la ola antisemita, instada sobre todo por los musulmanes violentos que en Francia son legión y de los que Melenchon es cómplice. En Italia se han producido –en Milán, concretamente— parecidos episodios. Pero con Meloni no van a jugar. Cuidado, España. Cuidado, porque España suele copiar todo lo malo, cuando al frente del país hay gente como Sánchez.



