Fíjense ustedes si este Gobierno es malvado que permite la asquerosidad de la Puerta del Sol, una acampada insalubre abandonada ya por el Sindicato de Inquilinos, o de Inquilinas, que la convocó, y ocupada ahora por pro-etarras, personas sin techo de Madrid y alrededores, delincuentes comunes y hasta algunos prófugos, según se comenta por ahí. Sin contar a unos pocos ilusos y engañados. Todo eso, en el kilómetro cero de España, en la plaza más emblemática de Madrid, donde impera una ley administrada e impartida por los acampados, con la complicidad del delegado del Gobierno en la Comunidad Autónoma y, por supuesto, de Pedro Sánchez y de su ministro Marlaska. Es un pedazo del Estado fallido que ha creado Sánchez dentro de la vieja y orgullosa Europa, a la que sencillamente España le importa un carajo. Las revueltas en la calle no le darán un solo voto a la izquierda. Los revoltosos tampoco votan porque no creen en la democracia. Y la algarada autorizada o mal reprimida recrea ante el mundo la imagen de un país en almoneda. El triste espectáculo de la Puerta del Sol es también una página de la España negra, de esa España que nos ha hecho pasar a la historia por culpa de los ignorantes dirigentes que hemos tenido –reyes incluidos en la ecuación— y por nuestra actitud ante esa historia, desde las Cruzadas a la Inquisición, pasando por la guerra civil, provocada por la izquierda, que en el 36 empezó a matar curas, a asesinar monjas y a ajusticiar a políticos y personas de bien en calles y paredones de fusilamiento. Luego vino, como ignominiosa respuesta, la represión franquista, igual de horrible. Para la izquierda sólo existe la parte de esa historia que le interesa y para la derecha, la otra. No tenemos remedio. Lo de Sol es sólo el principio del incendio de las calles que anunciaron los sanchistas, porque creen que el incendio les dará las elecciones. Están equivocados, las elecciones las ganan el orden y la cordura. A España la han convertido en un país de tercera, un país en donde manda el sinsentido, pero no tenemos remedio. La historia, cuando esto mejore –que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista— se volverá a repetir, una y otra vez, sin solución de continuidad. Estamos condenados al fracaso como país y somos víctimas de nuestra propia ignorancia. Nos salvan momentos gloriosos, como la bendita Transición democrática. Pero nos olvidamos de los logros y repetimos lo peor porque somos también un país sin memoria. Tenemos muy metido en el alma el sentimiento trágico de nuestra propia vida. Y así nos va.



