Nunca me ha gustado la playa, no le encuentro el sentido. Si hace viento, se te mete la arena en los ojos. Si hace mucho calor, entrar en el agua se convierte en una suerte de misión de supervivencia (por eso de que te queman los pies). Y siempre, siempre, siempre te llevas un souvenir de la playa a casa para que se siga alargando la tortura. A veces es en la ropa interior, otras en los pies, otras en la cabeza, o bueno, todas a la vez, pero siempre te llevas algo.
Y esto es solo en referencia a la mitad de la experiencia —por llamarla de alguna manera—, que es ir a la playa (paso por alto buscar sitio, ese es otro tema). La otra mitad es el agua.
Si hace oleaje, tienes que calcular milimétricamente para no hacer el ridículo. Si entras tarde, la ola te pilla y si entras demasiado pronto, te arrastra. Y lo que más duele no es que te arrastre. No, es la pérdida total de dignidad. Una vez estás dentro, todo transcurre lo normal que puede ir estar en mitad del agua sin saber lo que hay merodeando por abajo. He visto Jaws, Jaws, Jaws la película, lo suficiente como para no querer estar mucho flotando. Toca salir.
Y al salir pasa lo mismo que al entrar: precisión de cirujano con la presión añadida de que, en caso de fallar, tú estás mirando todas las caras que se reirán de ti. Al llegar a tu respectiva toalla con el coño lleno de arena, notas algo raro en tu cabeza. Tienes agua en tus oídos. Mueves la cabeza, te pones la mano en la nariz, la cabeza cabizbaja… nada.
En algún momento de tu vida, una persona, una persona especial, te engaña para ir a la playa, a la puta mierda de la playa. Y vas con las expectativas altas, pero nada que ver. La arena sigue quemando, se te sigue metiendo en los ojos y te la sigues llevando a casa. Sigues haciendo el ridículo al entrar al agua y te vuelves con el mismo souvenir en las orejas. Pero al fijarte en esa persona, entiendes que la playa no está tan mal.



