miércoles, 30 septiembre, 2026

Hasta los barcos necesitan puerto

Tranquilos, no se asusten. Prometo que hoy no me voy a poner a cantar canciones de autor ni les voy a dar la chapa con el desamor. Aunque, viéndolo con perspectiva, lo que me ha pasado últimamente hace que el artículo anterior parezca un bocadillo de nocilla.

Resulta que he tenido un principio de depresión. Así, sin anestesia.

Si tuviera que explicárselo a alguien, diría que ha sido algo muy parecido a un viaje en barco en mitad de la noche. Pero no un crucero de esos con buffet libre y baile con el capitán, no. Hablo de un pesquero que partió desde Benijo, en medio de una tormenta de tres pares de narices, con oleaje de seis metros y una oscuridad en la que no ves ni el palo mayor. Un panorama precioso para unas vacaciones.

Durante bastante tiempo fui del selecto club de iluminados que pensaba que esto se curaba solo. Que el tiempo, unas cervezas con los amigos o meterme de lleno en la rutina eran la panacea universal. «Ponte a hacer cosas y se te pasa», le dicen a uno a veces. Claro que sí. Lo que no le cuentan es que la propia rutina es a menudo el camarote donde te encierras con la tormenta. Estás ahí metido, dando vueltas en la misma rueda de hámster, recordando exactamente cada una de las razones por las cuales sientes que te estás hundiendo.

Y es que, si nos paramos a pensarlo un segundo con la mente fría, la distancia que nos separa del abismo a cualquiera de nosotros es, sencillamente, un mal día. Un mal día, una llamada inesperada o una mala noticia. Nadie está a salvo de ese tropiezo. La mayoría de las adicciones o los grandes agujeros negros en los que cae la gente no empiezan con un plan maquiavélico, sino con una sola tarde en la que se te juntan los planetas al revés. Estamos todos caminando por una línea absurdamente fina.

Llegas a un punto en el que la situación es exactamente como estar de pie en el borde de un trampolín alto. Debajo no hay piscina, solo el vacío. Tienes dos opciones: o decides saltar a ver qué pasa y meterte el bombazo padre contra la realidad, o pegas un frenazo, reculas y buscas a alguien que te agarre del brazo antes de resbalar.

Yo decidí recular. Y empecé a tratarlo.

Tengo que decir que siempre nos han vendido que pedir ayuda es de débiles, o que ir al psicólogo o al psiquiatra es reconocer una derrota. Menuda estupidez. Admitir que tienes un problema gordo, mirar al monstruo a la cara, aceptar que no puedes tú solo y dar el paso de pedir ayuda requiere, y perdonen la expresión, muchos más cojones que hacerse el valiente mientras te hundes en silencio. Buscar ayuda no es de cobardes; es, probablemente, lo más inteligente y valiente que he hecho en mi vida.

Ahora mismo sigo en el barco, para qué les voy a engañar. Pero las olas ya no miden seis metros y, a lo lejos, se empieza a ver una lucecita en lo que parece ser el puerto más cercano. Todavía no he desembarcado, pero al menos ya sé en qué dirección hay que remar.

Si alguno de los que están leyendo esto siente que la noche se le ha complicado más de la cuenta y que la marea le está superando, recuerden que no hay nada perdido nunca. No se metan el bombazo desde el trampolín. Reculen, pidan ayuda y dejen que alguien les eche una mano.

Y si nada de eso funciona de entrada, al menos consuélense pensando que en La Mirilla siempre habrá alguien dispuesto a hacer el ridículo públicamente para que ustedes se sientan un poco menos solos.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Comunicador canario, director y cofundador de Página 13. Impulsor del periodismo independiente en las islas desde una perspectiva crítica y comprometida con la calidad editorial, apuesta por un proyecto que da voz a colaboradores de distintas disciplinas. Apasionado de la música, la cultura popular y el mundo del motor, firma en el diario las secciones «La Mirilla», «Música» y «Érase una vez», donde combina la información con una mirada personal y cercana.

1 COMENTARIO

  1. Buenas tardes sobrino, no tenía ni idea y ahora mismo me siento fatal x mi desconexión y abandono y a ésto tengo q sumarle q el peque de la familia ha hecho q me dé cuenta de q yo también estoy remando en la misma noche con mi particular barco paralelo al tuyo.
    Gracias xq seguro q habrá iluminado a más gente como ha hecho conmigo.

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