Sánchez, huyendo de la quema, se ha ido a Nueva York a abrazar a su alcalde comunista, Mamdani. Delcy, haciendo un maratón, se ha ido a abrazar a Sánchez en la ONU, el que le dejó pisar suelo europeo con sus maletas misteriosas. Sánchez hace que habla por teléfono y está unos segundos sin hacerle puto caso, tan poco como aquel paseo con el gagá Biden, que duró cinco segundos. María Corina Machado, la mujer que regaló su medalla del Nobel de la Paz a Donald Turmp, vaya catetada, lleva siete intentos para entrar en Venezuela y tampoco le quieren renovar su pasaporte venezolano. A la hora en que escribo no ha conseguido ninguna de las dos cosas. El PSOE, que fue un partido serio en la Transición, pretende contratar a unos narcos extremeños para “dar un sustito” y también para “eliminar” a la jueza que instruyó el caso del hermano de Sánchez, la magistrada Biedma. ¡Los narcos se niegan y denuncian públicamente a la cloaca mafiosa del PSOE! Cerdán y Leire son los cabecillas de la trama, presuntamente claro. Y siguen en libertad. Ceuta arde, hay más de 15.000 invasores todavía vagando por las calles de la ciudad. Marlaska, el ministro del Interior español, cabeza de turco de Sánchez, es un sujeto acabado, está pálido como un gufo, con una cara el pobre que no le deseo ni a mi peor enemigo. Será la próxima víctima de Sánchez, quizá al mismo tiempo que su delegado del Gobierno en la ciudad invadida. Albares, ministro de Exteriores, en su papel de teleñeco y de bufón, se graba un video por las calles de Nueva York, paseando con el teléfono móvil en ristre. Ridículo. Begoña Gómez, la mujer de Sánchez, será juzgada por un jurado popular, pero desde el Gobierno, su portavoz, una tal Sáenz, o Sáinz, la absuelve antes del juicio y pide al jurado –que no ha sido elegido todavía—que la declare inocente. Conde Pumpido, sanchista irredento, convierte al Tribunal Constitucional, que es de garantías, en un tribunal de apelación, para enmendarle la plana al Tribunal Supremo. Y ni siquiera se pone colorado. Se va a rectificar la ponencia contraria a la amnistía y Turull, el recurrente, será indultado de los delitos por los que el Supremo lo condenó. Y Puigdemont dormirá oficialmente en Barcelona, o en Gerona (se dice que entra y sale cuando quiere, aunque yo esto no lo puedo confirmar). Sánchez reconoce a Amanpour, la reportera estrella –una de ellas— de la CNN, que Marruecos falló en el asunto del asalto a Ceuta (en España sostiene lo contrario). Trump recibe a Delcy, pero no ayuda a María Corina a entrar a su país, en su legítimo derecho. No se lo ordena a Delcy, que es su lacaya. Van, repito, siete intentos por tierra, mar y aire. Los aviones no despegan, los barcos se averían y se le corta el paso por una selva tupida y tortuosa. Esto es España y alrededores, señoras y señores. Les juro a ustedes que a veces me dan ganas de tirar la toalla. Sólo me mantiene mi viejo espíritu combativo. Pero, claro, los próximos años que cumpliré, si llego, serán 80 y, desde luego, la pobrecita España no es país para viejos. Está también bueno el PP y su spray de pimienta. Unos genios, son unos genios. El País, el periódico sanchista, a lo suyo: lleva docenas de portadas con el ático de Ayuso, como si España fuera un paraíso y en el solar patrio no pasara nada más. A Irene Montero, la podemita, la pasma le recuerda que, en una manifestación, es una ciudadana más, no exclusivamente una eurodiputada. Es malo pasar de la caja de un supermercado al Parlamento de Estrasburgo. Yo prefiero la caja del supermercado. En Canarias, un tal Manuel Domínguez, iletrado presidente del PP, se carga a Astrid Pérez, nada menos que presidenta del Parlamento, como jefa del partido en Lanzarote. Eligió bien el momento para provocar una crisis el genio de la derecha canaria, que no sabe hacer la “o” con un canuto. ¿Y estos son los que van a venir cuando Sánchez se vaya? Pues que Dios nos coja confesados.



