Hace unos días, un popular youtuber (creador de contenido, creo que es la palabra exacta) llamado Zazza el italiano hizo una pregunta a uno de los personajes caricaturescos de los que se suelen encontrar en su aventura: «¿Qué droga se suele tomar escuchando este tipo de música?». En ese momento no le di importancia, pero al cabo de los días me surgió una duda: «¿Son fachas todos los que llevan la pulsera de España?».
Generalizar es necesario. A la hora de abarcar temas complejos, basar un debate únicamente en experiencias individuales no suele llevar a buen puerto. En este texto no vamos a criticar a Zazza, ni mucho menos, sino a profundizar en ciertos clichés y prejuicios que, aun saliéndose de la realidad cotidiana, se han perpetuado con el tiempo como verdades absolutas.
Si llevas tatuajes, eres un delincuente. Si bien es cierto que en los albores de la humanidad —cuando no había internet y la tecnología puntera era frotar dos palos para hacer fuego— se marcaba a los miembros de una tribu para diferenciarlos de sus rivales, con el tiempo la práctica evolucionó. Ciertas organizaciones criminales pasaron a tatuar a sus integrantes para señalar su rango en la «familia», si eran traidores o a cuánta gente habían matado. Sin embargo, hoy en día, salvo casos muy concretos como la Mara Salvatrucha, tener tatuajes no es sinónimo —no necesariamente— de ser un delincuente. Médicos, carpinteros, profesores… Lo que cada uno lleve en la piel no debería asociarse a un bajo estatus social ni a la calidad con la que desempeña su trabajo.
En el mundo de la música, el consumo de drogas está muy asociado a la escena. Música de la noche, no vayamos a generalizar, eso es de hijos de puta. Yo recuerdo cuando era más pivito (la semana pasada) ir a ver a Steve Aoki a un megaevento con barra libre. Me puse hasta el culo, tanto que hasta me pareció estar escuchando la décima sinfonía de Beethoven (esto es mentira, terminé vomitando y con una resaca de tres pares de cojones). Ahora, una semana después y totalmente recuperado, disfruto de la música totalmente sobrio. Porque escuchar hardstyle no te convierte en un yonki, ni beber té a las 6 de la tarde con dos pastas de elaboración propia en una taza artesana creada por Katsufumi Baba me hace pertenecer a la alta clase inglesa (creo).
La pulserita para la ideología, los tatuajes para los antecedentes y la noche para asumir los vicios. Ni salir de noche te convierte en un adicto, ni llevar tinta te hace delincuente, ni el combo de pulserita de España y fachaleco habla de tu ideología. Al final, vemos la vida tal y como somos, no como es. De ahí nace el prejuicio.
Por cierto, ¿alguien sabe cuántos tatuajes tiene Pedro Sánchez?



