El 1 de octubre de 1908 salió de la planta de Piquette Avenue, en Detroit, la primera unidad comercial del Ford Modelo T. Con aquel lanzamiento, la industria del transporte cambió para siempre, transformando un objeto de lujo reservado a las clases acomodadas en un bien accesible para la población general.
Henry Ford diseñó un automóvil resistente, ligero y fácil de reparar, adaptado a los caminos de tierra y a las infraestructuras deficientes de la época. Su motor de cuatro cilindros y 20 caballos de potencia alcanzaba una velocidad máxima cercana a los 70 kilómetros por hora, un rendimiento sobresaliente para los estándares del momento.
El verdadero hito del Modelo T no estuvo únicamente en sus especificaciones técnicas, sino en el proceso de fabricación. A partir de 1913, la introducción de la cadena de montaje móvil redujo drásticamente el tiempo de ensamblaje de cada vehículo de más de doce horas a tan solo noventa minutos. Esta eficiencia permitió recortar costes de forma continua y abaratar el precio final de venta.
La rebaja progresiva de la tarifa facilitó que millones de trabajadores adquirieran su propio coche, al tiempo que la empresa aplicaba mejoras salariales para sus operarios. Durante casi dos décadas de producción continuada se fabricaron más de quince millones de unidades en todo el planeta.
La irrupción del Modelo T impulsó el desarrollo de la red de carreteras, el crecimiento de los suburbios y la expansión de industrias auxiliares como el petróleo y el caucho. Aquella jornada de otoño de 1908 marcó el inicio de la era del automovilismo de masas y remodeló de forma definitiva la economía y la sociedad del siglo XX.



