La situación en España actualmente ha tomado -y con perdón de los hacedores de kebabs- aire de telenovela turca: grotesca y pueril. En este tipo de entretenimiento todos sabemos a lo que nos acogemos. El hombre más guapo, rico y con la tranca más grande del multiverso está, por conveniencia, casado con la chica más atractiva, sagaz y también rica del mundo.
En los primeros compases de todo parece idílico: tanta belleza, tanta ostentación y tanta cámara lenta hacen que exclames: «Dios mío, que buenos están». Pero sabemos que es mentira y queremos que sea mentira. Rápidamente entran elementos, y qué elementos, provocando que el status quo se empiece a quebrar. Él ya no es tan galán, ha perdido su aura (6-7, perdón). Y el hecho de verlo aparecer en pantalla nos hace tratarlo igual que tratamos a un árbitro cuando entra al campo de fútbol.
Sin embargo, el nuevo hombre que se ve a escondidas con la mujer del marido hijo de puta, ese sí lo tiene todo: guapo, amable, ayuda a una ONG de hormigas de fuego en Perú… ¡qué brazos, oh Ferran! (Perdón, volverá a pasar). Y de repente, sin saber cómo, vamos por la séptima temporada tragándonos la boda (¿¡Cómo cojones hemos llegado hasta aquí!?). Nos tragamos los anuncios, nos indignamos en los giros de guion, juramos que mañana apagamos la tele… pero llega el capítulo siguiente y ahí estamos otra vez.
Con lo fácil que sería apagar la tele, ¿no?
Pero qué ricos están los kebabs.



