Decía el actor Guillermo Francella en la película Mi obra maestra, que Buenos Aires es la mejor ciudad del mundo. Pero, paradójicamente, también puede ser la peor ciudad del mundo. Y ese contraste es, precisamente, lo que la hace tan seductora. Tiene algo de la sofisticación de las grandes capitales europeas, pero con la justa y necesaria cuota de decadencia que evita esa belleza casi empalagosa de París. Buenos Aires no intenta ser perfecta. Y quizá por eso resulta tan fascinante.
No sé qué tiene Buenos Aires, pero uno baja del avión con la sensación de estar llegando a un sitio nuevo y, al mismo tiempo, extrañamente conocido.
Es una ciudad que no intenta impresionarte.
Simplemente ocurre.
En otras ciudades los monumentos parecen empeñados en salir en todas las fotografías. Aquí no. Aquí basta una esquina cualquiera, un edificio antiguo con balcones de hierro, un café con las mesas en la acera o un señor paseando al perro mientras discute de fútbol con otro al que probablemente no volverá a ver en su vida.
Buenos Aires tiene la rara habilidad de convertir lo cotidiano en algo digno de mirar.
Lo primero que me llamó la atención fue el ritmo.
No es que sea una ciudad lenta. Tampoco va con prisas. Va a su manera.
Hay gente caminando deprisa y gente que parece no tener ninguna intención de llegar nunca a su destino. Ambos conviven con absoluta normalidad.
Y luego está el tráfico.
Creo que aquí la pita no se utiliza para protestar. Es una forma de comunicación. Como un idioma paralelo que todavía no he conseguido descifrar.
Uno toca porque sí.
Otro responde.
Un tercero se suma por solidaridad.
Y, sorprendentemente, nadie parece ofenderse.
Lo que más me gusta, sin embargo, son los cafés.
No porque sean mejores que en otros sitios —aunque algunos lo son—, sino porque aquí nadie parece tener prisa por terminarlos.
Entras para tomar un café y descubres que la mesa de al lado lleva una hora resolviendo el mundo.
Hablan de política, de fútbol, de economía, de la vida… y cuando terminan una discusión empiezan otra.
No sé si llegan a alguna conclusión.
Pero da la impresión de que tampoco les preocupa demasiado.
Eso sí, hay una cosa que me sigue haciendo gracia.
El acento.
Llevo varios días aquí y todavía sonrío cuando alguien me dice un «dale» o un «¿todo bien?» con esa naturalidad que solo tienen los porteños.
Es un español que parece estar siempre de buen humor.
Hasta cuando te están diciendo que no.
Otra cosa curiosa es la facilidad con la que uno acaba caminando muchísimo sin proponérselo.
Sales del hotel pensando en dar una vuelta rápida y, tres horas después, sigues andando porque cada calle parece llevar a otra que merece la pena.
Y cuando por fin decides volver…
…te das cuenta de que no recuerdas por dónde has venido.
Pero tampoco importa demasiado.
Porque perderse en Buenos Aires tiene algo de agradable.
Siempre acabas encontrando una librería, una plaza, un músico tocando en una esquina o un restaurante que huele tan bien que cambia automáticamente tus planes.
Hay ciudades que se visitan con una lista.
Buenos Aires se recorre mejor con tiempo.
Sin mirar demasiado el reloj.
Sin la obsesión de verlo todo.
Porque lo mejor suele aparecer cuando uno deja de buscarlo.
No sé cuántos días más estaré aquí.
Probablemente no sean suficientes.
Nunca lo son.
Pero ya empiezo a entender por qué tanta gente vuelve.
No por los edificios.
Ni por los barrios.
Ni siquiera por la carne, que merece un capítulo aparte.
Se vuelve porque Buenos Aires tiene una virtud muy poco frecuente.
Consigue que un desconocido deje de sentirse turista mucho antes de marcharse.
Y eso, créanme, no ocurre en muchas ciudades del mundo.



