Hay canciones que uno guarda como guarda ciertas cartas: sabiendo dónde están, sin atreverse a abrirlas demasiado a menudo. A mí me pasa con «Nunca te escribiré algo tan hermoso», la que abre Los hombres que bebieron con Dylan Thomas, aquel disco que Andrés Molina levantó hace ya unos cuantos años sobre los sonetos de Pedro Flores. La conozco desde entonces. La he tenido cerca todo este tiempo. Y hace poco, una tarde cualquiera, volví a ponerla después de una temporada larga sin escucharla.
Mal hecho. O bien hecho, según se mire. Porque me hizo exactamente lo mismo que la primera vez, que ya es decir, y encima algo más.
La canción es voz, piano y una guitarra. Nada más. Ningún arreglo que venga a socorrer a nadie: cada cosa está ahí porque hace falta.
Al piano está Samuel Labrador, y conviene detenerse en esto porque no es un acompañante: es la otra mitad de la conversación. Hay pianistas que tocan mucho y pianistas que tocan lo justo, y Labrador pertenece a esa segunda estirpe, la más escasa. Sabe cuándo sostener, cuándo retirarse y cuándo decir él lo que la voz calla. En esta canción hay momentos en que uno no distingue dónde termina el fraseo de Molina y dónde empieza el del piano, y ese tipo de entendimiento no se ensaya: se tiene o no se tiene. Un pianista extraordinario haciendo lo más difícil, que es no notarse más de la cuenta. Molina siempre ha sido así, desde los tiempos del Taller Canario: un tipo que no levanta la voz ni cuando tendría motivos.
No pienso contar de qué va la letra. Primero porque no lo sé del todo, después de tantos años, y sospecho que el único que lo sabe de verdad es él, si acaso. El soneto es de Flores, la música de Molina, y lo que ocurre entre ambos es asunto suyo. Pero puedo contar otra cosa, que me parece más honesta: lo que se le queda a uno en el cuerpo.
Se queda, sobre todo, una especie de silencio raro cuando termina. Conozco pocas canciones que produzcan eso, ganas de no poner la siguiente. Lo curioso es que ese efecto no se ha gastado. Las canciones suelen desgastarse como las monedas, de tanto pasar de mano en mano, y esta no. La dejé reposar un tiempo prudencial, la volví a escuchar con las defensas puestas de quien ya se sabe el truco, y me desarmó igual. Puede que más, porque ahora hay años míos metidos dentro.
Hay algo desarmante en cantar bajo un título que anuncia una renuncia. Cualquiera diría que es una trampa, y a lo mejor lo es, pero es de las trampas en las que da gusto caer. Uno escucha y piensa en todas las veces que quiso decirle algo a alguien y le salió una cosa mediana, aproximada, que no era. Ahí duele. Ahí es donde la canción te encuentra, tengas la edad que tengas y la hayas escuchado las veces que la hayas escuchado.
El fantasma de Dylan Thomas, decían los autores en su día, anda vagando por todo el disco. Será verdad. Yo lo que oigo es a un hombre diciendo cosas difíciles, con el piano de Labrador y una guitarra por toda compañía, con una tranquilidad que asusta un poco. Y eso, con el paso de los años, en vez de envejecer ha ido a más.
Molina lleva toda la vida en esto y sigue sin hacer ruido. Peor para el ruido.
Este es el primer artículo de una serie que iremos dedicando a su figura y a su obra. Habrá más. Hay material de sobra y ganas también.



