lunes, 27 julio, 2026

El gato, la ciencia y la vieja pregunta de siempre

La pregunta es: ¿cómo ser felices?

Que un autor canario que ha dedicado más de tres décadas a documentar con rigor las leyendas, los enigmas y la memoria oral de Canarias vuelva su mirada hacia esa pregunta tiene, cuando menos, el mérito de la coherencia: José Gregorio González lleva toda una carrera asomándose a las fronteras de lo que la ciencia todavía no explica del todo, y la felicidad —conviene recordarlo— sigue siendo uno de esos territorios donde el conocimiento avanza a tientas. Quien ha sabido rastrear lo que la razón no alcanza, sin renunciar a la razón, parte con ventaja para hablar de algo tan escurridizo como el bienestar.

Lo primero que agradezco de Felizmente Felices es lo que promete no ser. El autor lo dice sin adornos: no hay fórmulas mágicas, sencillamente porque no existen. Es una frase pequeña con una decencia enorme. En un mercado saturado de gurús que venden el atajo, que un divulgador empiece desactivando la promesa del milagro es casi un acto de rebeldía comercial. José Gregorio no ofrece la piedra filosofal de la alegría; ofrece los decálogos y las estrategias que la psicología positiva ha ido decantando, con la ciencia como columna vertebral. Es una diferencia de grado, pero también de honestidad.

Lo que me sorprende — para bien— es que el libro no vende únicamente el lado luminoso. Que dedique espacio a los peligros de obsesionarse con la búsqueda de la felicidad, y que reivindique el lado útil de las llamadas emociones negativas, sugiere una madurez que muchos manuales de autoayuda no alcanzan. Existe incluso un nombre para el círculo vicioso en el que perseguir la felicidad con demasiada ansia acaba alejándola: la paradoja hedónica. La tristeza informa, el miedo protege, la rabia señala una injusticia. Un libro sobre la felicidad que hace las paces con la infelicidad tiene ganada la mitad de mi confianza.

Está también el gato. El autor insiste, casi con travesura, en que un gato sí puede enseñarte a ser feliz, y confieso que es el gancho más simpático del volumen. Detrás de esa ingeniosa afirmación hay algo cierto: buena parte de la sabiduría sobre el bienestar cabe en observar a una criatura que no aspira a nada más que estar donde está. Los estoicos lo llamaban ataraxia, esa calma de quien ha dejado de estar en guerra con el momento, y Séneca —que dedicó todo un tratado a la vida feliz— lo habría firmado.

Hay un matiz que no quiero pasar por alto, porque es donde la trayectoria de José Gregorio juega a su favor y en su contra a la vez. González viene del periodismo del misterio, ese oficio noble y resbaladizo de contar lo que aún no tiene explicación. Es un terreno que exige un músculo raro: la capacidad de fascinarse sin dejar de dudar. Aplicado a la felicidad, ese músculo puede ser oro —curiosidad genuina, respeto por el lector, olfato para la buena historia— o puede ser el mismo que, mal empleado, confunde lo asombroso con lo verdadero. La psicología positiva no necesita más asombro; necesita más rigor.

Al final, la honestidad me obliga a una última reflexión. Ningún libro te hará feliz, y el mejor de todos lo sabe y lo dice. Lo que un buen libro sobre la felicidad puede hacer es más modesto y más valioso: quitarte de encima las promesas falsas, ordenarte lo que ya sabías, y devolverte a tu vida con una pregunta mejor formulada. Si Felizmente Felices consigue eso —desinflar el mito, respetar la evidencia, dejarte a solas con tu gato y tus propias decisiones—, habrá cumplido con creces Eso convierte a Felizmente Felices en algo poco frecuente en su estante: un libro sobre la felicidad escrito por alguien que no te toma por tonto.

No es poca cosa. En este género, casi es una revolución.

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