sábado, 31 octubre, 2026

Qué mala costumbre tenemos de esperar

Tengan mucho cuidado con las canciones que escuchan cuando están enamorados. Sobre todo, cuando están enamorados de alguien que no les conviene, que suele ser aproximadamente el 80 % de las veces.

Uno se pone a escuchar canciones de amor, se viene arriba, empieza a interpretar las letras como si fueran señales del universo y acaba convencido de que lo suyo no es una relación sentimental complicada, sino una historia épica, como si de un guion de cine se tratara. Luego resulta que la otra persona tarda seis horas en contestarte un mensaje y tú ya estás viendo el traje de boda.

Nos gusta sufrir por amor. Bueno, no sé si nos gusta exactamente, pero tenemos una facilidad extraordinaria para complicarnos la existencia cuando aparece alguien que nos revuelve un poco el estómago.

Y pocas canciones han retratado mejor esa capacidad nuestra para quedarnos enganchados a algo que ya no está que «En el muelle de San Blas», de Maná.

La historia de aquella mujer que se quedó esperando a su amor perdido tiene algo que nos incomoda. No porque nos resulte ajena, sino precisamente porque, salvando las distancias, todos hemos sido un poco ella alguna vez.

No hace falta ponerse un vestido de novia y plantarse en un puerto mexicano a esperar la llegada de un barco. Algunos hemos hecho cosas bastante más ridículas sin necesidad de salir de casa.

Yo, por ejemplo, siempre he sospechado que el ser humano pierde una parte importante de su inteligencia cuando se enamora. No toda, porque hay gente que ya viene justita de fábrica, pero sí una cantidad considerable.

Personas perfectamente capaces de resolver problemas en el trabajo, gestionar una hipoteca, cambiar una rueda o discutir con una compañía telefónica durante cuarenta minutos pueden convertirse en auténticos imbéciles cuando alguien les gusta.

Y lo peor es que no nos damos cuenta, o sí.

Si una persona pasa de nosotros, pensamos que tiene miedo al compromiso. Si nos contesta con desgana, que está pasando una mala época. Si desaparece tres días, que necesita espacio. Y si vuelve después de un mes con un «¿qué tal todo?», de repente encontramos sentido a nuestra existencia.

¡Un «qué tal todo»!

Hay gente que ha recibido menos atención en su vida que una farola y, aun así, se permite el lujo de elegir cuándo iluminarte.

Y tú ahí, encantado, porque ha vuelto.

Volvemos siempre a los mismos sitios, a las mismas conversaciones, a las mismas personas. A veces porque las queremos. Otras porque echamos de menos cómo éramos cuando estábamos con ellas. Y otras, siendo honestos, porque nos cuesta muchísimo admitir que nos hemos equivocado.

Que también tiene su mérito. Uno puede pasarse meses defendiendo una relación que no funciona simplemente porque le da muchísima vergüenza reconocer que llevaba meses defendiendo una relación que no funcionaba.

Es como comprar un sillón horroroso y pasarte diez años diciendo que tiene una personalidad especial.

Con las personas hacemos lo mismo, solo que el sillón no te deja en visto.

Lo curioso de «En el muelle de San Blas» es que, cuando piensas en aquella mujer esperando, enseguida te preguntas cómo pudo pasar tanto tiempo sin dejar de hacerlo. Y, sin embargo, seguro que conoces a alguien que lleva años esperando a que una persona cambie, a que una relación mejore o a que alguien le dé por fin aquello que lleva tanto tiempo pidiendo.

Puede que incluso seas tú.

No hace falta que te pongas a la defensiva. Yo también he esperado cosas que, vistas desde fuera, no tenían demasiado sentido. Todos tenemos algún capítulo de nuestra vida que, si lo leyéramos en un libro, le gritaríamos al protagonista que espabilara de una vez.

«¡Pero sal de ahí hombre!»

«¡Bloquéalo!»

«¡Que no te quiere, pollaboba!»

Y el protagonista, por supuesto, hace exactamente lo contrario.

Porque desde fuera todo se ve estupendamente. Los amigos lo tienen clarísimo. Tu hermana lo sabe. Tu compañero de trabajo, que no ha conseguido mantener una relación estable desde que se inventó el teléfono, también tiene una opinión bastante contundente sobre lo que deberías hacer.

Pero luego estás tú, con tus sentimientos, tus recuerdos y esa maravillosa capacidad para recordar una tarde buenísima e ignorar los otros seis meses en los que aquello fue un desastre.

La memoria tiene esas cosas. Te guarda con una nitidez espectacular el primer beso y te borra convenientemente las doce veces que terminaste llorando en el baño. Es como un documental de La 2, que a diferencia de los de La 1, solo aparecen los paisajes bonitos y nunca el animal que se come a otro animal.

Y claro, así es imposible cerrar una historia.

Uno no se despide solamente de una persona. También se despide de lo que imaginó con ella. De los viajes que iban a hacer, de las cenas que se darían, de aquella casa que alguna vez mencionaron y hasta de los nombres que les pondrían a unos hijos que jamás estuvieron cerca de existir.

Hay gente que ha perdido una relación y, además, ha tenido que cancelar mentalmente una jubilación en común.

No es poca cosa.

Quizá por eso cuesta tanto pasar página. Porque no estás soltando únicamente lo que pasó, sino todo lo que pensabas que iba a pasar.

Y ahí nos quedamos, en nuestro particular muelle de San Blas, mirando hacia un horizonte en el que puede que no aparezca absolutamente nadie.

Hasta que un día, por lo que sea, te cansas.

No suele haber música de fondo. Nadie te entrega una medalla. No aparece una voz en off anunciando que has alcanzado un nuevo nivel de madurez emocional. Normalmente estás en casa, un viernes cualquiera, haciendo algo tan poco cinematográfico como recoger la cocina, y te das cuenta de que ya no quieres seguir con aquello.

O quizá no es que dejes de querer a esa persona. Quizá simplemente empiezas a quererte un poco más a ti.

Y entonces recoges tus cosas y te marchas. O dejas de llamar. O dejas de esperar ese mensaje que llevabas meses esperando. Cada uno tiene su manera de bajarse del barco.

No siempre es tan sencillo, claro. Algunas despedidas pueden durar años, y otras, nunca terminan de cerrarse del todo. Hay personas que vuelven a nuestra cabeza cuando suena una canción, cuando pasamos por una calle o cuando alguien pronuncia un nombre que creíamos archivado para siempre.

La vida no es una mudanza en la que metes todo en cajas, contratas una furgoneta y empiezas de cero el lunes siguiente.

Pero tampoco podemos pasarnos la vida esperando a que vuelva un barco.

Y esto no significa que haya que dejar de creer en el amor, ni que debamos convertirnos en unos desconfiados profesionales que analizan cada mensaje con lupa. El amor merece la pena. Enamorarse sigue siendo una de las cosas más bonitas que nos pueden pasar, incluso con el riesgo de acabar haciendo el ridículo y escuchando canciones que, en circunstancias normales, jamás admitiríamos que nos gustan.

Lo que no merece tanto la pena es confundir el amor con la espera. Pensar que querer mucho a alguien significa aguantarlo todo. Creer que, si insistimos lo suficiente, la vida acabará dándonos la razón.

A veces las cosas salen mal y no hay ningún misterio detrás. A veces alguien se marcha, deja de querernos o simplemente no es la persona que pensábamos. Y no pasa nada por reconocerlo, aunque en ese momento nos parezca que se acaba el mundo.

Se acaba una historia. Que no es lo mismo.

Por eso, cuando escucho «En el muelle de San Blas», no pienso solamente en aquella mujer ni en la tristeza de su historia. Pienso en todas las veces que nos hemos quedado esperando algo que ya no dependía de nosotros. En las llamadas que no hicimos por orgullo, en las que hicimos por desesperación y en esos mensajes que escribimos, borramos y volvimos a escribir hasta terminar mandando un simple «jajaj» para disimular que llevábamos cuarenta minutos mirando la pantalla.

Pienso en lo complicado que es querer a alguien sin perderse uno mismo por el camino.

Y también pienso que, por suerte, no estamos condenados a quedarnos ahí para siempre.

Todos hemos tenido nuestro muelle de San Blas. Algunos durante meses, otros durante años y alguno todavía sigue allí, mirando al horizonte, convencido de que esta vez sí que vuelve.

Si eres uno de ellos, no te preocupes. No voy a decirte que espabiles, que bastante tendrás ya con lo tuyo.

Pero hazme/hazte un favor: mira de vez en cuando hacia los lados.

Igual descubres que llevas tanto tiempo mirando al mar que te has perdido todo lo que estaba pasando en tierra firme.

Y, por favor, si algún día vuelve el barco, comprueba quién viene dentro antes de volver a subirte.

Que una cosa es creer en las segundas oportunidades y otra muy distinta sacarte el abono de temporada para sufrir.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Comunicador canario, director y cofundador de Página 13. Impulsor del periodismo independiente en las islas desde una perspectiva crítica y comprometida con la calidad editorial, apuesta por un proyecto que da voz a colaboradores de distintas disciplinas. Apasionado de la música, la cultura popular y el mundo del motor, firma en el diario las secciones «La Mirilla», «Música» y «Érase una vez», donde combina la información con una mirada personal y cercana.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Información básica de protección de datos

Responsable: Moisés Castilla Melián.

Finalidad: publicar su comentario, sugerencia o valoración. 

Derechos: puede ejercitar su derecho de acceso, rectificación, supresión y otros, tal como aparece en la información ampliada que puede conocer visitando nuestra política de privacidad. https://pagina13.es/politica-de-privacidad/

Compártelo:

spot_imgspot_img

Popular

Otras noticias
Página 13

La sorprendente resistencia de la izquierda

Es curioso cómo el PSOE, en la Transición un...

La marca España

¿Qué se puede esperar de un país cuyo ministro...

¿Cuántos muertos más para que el Gobierno se vaya?

46 muertos en el accidente ferroviario de Adamuz; diez...

Modern Mud

Detrás de Modern MUD no hay un gran estudio...