«Acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España». Con estas palabras, recogidas en el bando que firmó el 11 de septiembre de 1714, Rafael Casanova, conseller en cap de Barcelona, llamó a sus conciudadanos a defender la ciudad frente a las tropas de Felipe V. La proclama, escrita de su puño en la jornada que hoy conmemora la Diada, invoca de forma expresa la libertad «de toda España», una idea difícil de conciliar con el uso que el independentismo catalán hace de su figura.
Casanova ejercía como conseller en cap, un cargo que equivaldría hoy al de alcalde y que constituía la máxima autoridad de la ciudad. En sus bandos de aquel día ordenó tomar las armas a todos los varones a partir de los 14 años «bajo pena de muerte» y convocó a la defensa «en guarda de la bandera de la invicta virgen y mártir Santa Eulàlia», al servicio «del Rey y de la Patria». El Rey al que se refería no era otro que el archiduque Carlos de Austria, el candidato al trono español al que apoyaban los catalanes en la Guerra de Sucesión.
La contienda de 1714 fue un conflicto dinástico, no una guerra de independencia. Los defensores de Barcelona luchaban por que Carlos de Austria reinara en España frente a Felipe de Borbón, y por conservar las instituciones y los fueros catalanes dentro de la monarquía hispánica, no por separarse de ella. La derrota del 11 de septiembre trajo consigo la abolición de esas instituciones mediante los Decretos de Nueva Planta, un hecho histórico incontestable que explica la carga simbólica de la fecha.
El relato que presenta a Casanova como mártir caído en combate tampoco se sostiene. El conseller en cap resultó herido aquel día, pero sobrevivió. Curado de sus heridas y con sus bienes embargados, pasó a residir en casa de su hijo en Sant Boi de Llobregat, fue amnistiado en 1719 y regresó a Barcelona, donde volvió a ejercer como abogado hasta que se retiró en 1737. Murió en 1743, a edad avanzada, casi tres décadas después del asedio en el que, según la versión popular, habría entregado la vida.
La conversión de Casanova en héroe nacional llegó mucho después, de la mano del catalanismo del siglo XIX. Fue la Renaixença, y más tarde el nacionalismo catalán, la que rescató su figura y la revistió de un significado identitario, hasta institucionalizar la ofrenda floral a su monumento y convertir el 11 de septiembre en Día Nacional de Cataluña, oficializado en 1980. El independentismo actual ha llevado esa reinterpretación un paso más allá, al erigirlo en emblema de la reivindicación soberanista.
Ese uso choca de frente con sus propias palabras. Proyectar sobre 1714 un independentismo que entonces no existía, y hacerlo con un personaje que reclamó luchar «por la libertad de toda España», supone atribuir a Casanova una bandera contraria a la que él mismo enarboló. El personaje y los hechos son auténticos; lo que resulta insostenible es la etiqueta que se le ha colgado tres siglos más tarde.
El mecanismo no es exclusivo de Cataluña ni del independentismo. Casi todos los símbolos nacionales, también los españoles, nacen de hechos reales revestidos después de un significado que en su origen no tenían, del Dos de Mayo a las gestas fundacionales de otras naciones. La diferencia, en el caso de Casanova, es que basta con leer lo que escribió para comprobar la distancia que separa al hombre real del icono en que ha sido convertido.



