Hay cosas para las que nadie está preparado. Ni siquiera cuando lleva años pensando que algún día ocurrirán.
La muerte de alguien querido es una de ellas.
Podemos imaginarla, hablar de ella e incluso hacer bromas —yo soy partidario de hacer bromas sobre casi todo—, pero cuando llega de verdad siempre aparece algo pendiente: una llamada, un abrazo, un «te quiero», un café o, simplemente, cinco minutos más.
Hace unos días recordé una entrevista con Ricardo González, Cepillín, el popular payaso mexicano. En 2019 contó que su madre murió mientras él estaba trabajando en Los Ángeles. Le comunicaron la noticia y su primera respuesta fue: «Ok, que la entierren». La frase, escuchada fuera de contexto, parece una muestra de frialdad. Su explicación era otra.
«Todo lo que yo quise hablar con ella lo hice en vida», explicó. Había viajado con ella, había procurado que conociera otros países y sentía que ya había compartido lo importante. No entendía qué sentido tenía desplazarse para contemplar un cuerpo sin vida.
La historia dice bastante sobre la manera en que algunas personas afrontan la muerte, pero sobre todo habla de cómo vivimos antes de que llegue.
Nos preocupamos mucho por despedirnos bien y bastante menos por estar bien mientras estamos juntos. Damos por hecho que nuestros padres seguirán ahí, que ese amigo de toda la vida volverá a llamar y que tendremos tiempo para pedir perdón después de una discusión.
No lo sabemos.
Por eso quizá convenga decir las cosas antes. «Te quiero». «Gracias». «Perdona». «Me lo he pasado muy bien contigo». No hace falta convertir cada conversación en una ceremonia. Después se puede hablar de cualquier tontería. Yo, de hecho, suelo necesitarlo. Hay gente que llora y yo hago un chiste. No es exactamente equilibrio emocional, pero tiene sus ventajas.
Con los años también cambia la forma de recordar a quienes se han ido. Al principio aparece la enfermedad, el último día, el momento de la muerte. Después regresan otras imágenes: una comida, una conversación, una carcajada, una frase absurda, una manera de enfadarse.
Hasta que un día volvemos a recordar a esa persona como era cuando estaba viva.
Quizá ahí empieza realmente la memoria: cuando alguien deja de estar asociado a la forma en que murió y vuelve a estar asociado a la vida que tuvo.
Por eso entiendo la reacción de Cepillín. Hay personas a las que prefiero recordar caminando, hablando, riéndose o discutiendo conmigo. No quiero que su última imagen sustituya a todas las anteriores.
Y ocurre algo parecido con las pérdidas que no tienen que ver con la muerte. Hay personas que siguen vivas, pero dejan de formar parte de nuestra vida. Es una situación bastante más difícil de explicar. El cerebro puede entender que una relación ha terminado; el corazón suele necesitar bastante más tiempo.
A veces basta una canción para desmontar todo el trabajo.
La música tiene esa capacidad de devolvernos personas que creíamos olvidadas. Durante unos minutos alguien que desapareció hace años vuelve a sentarse a nuestro lado. Después la canción termina y seguimos adelante.
Perder forma parte de la vida. Perderemos amigos, familiares, amores, juventud y también algunas cosas que, visto con perspectiva, nos hicieron bastante desgraciados.
La cuestión no es evitar las pérdidas. Es haber vivido algo que merezca la pena perder.
Cepillín hablaba de la muerte con una naturalidad poco habitual. También quería que se le recordara por cómo había vivido y por el trabajo que había hecho. En una entrevista de 2020 decía que quería que el público lo recordase como una persona «leal, derecha, trabajadora».
Quizá no necesitemos mucho más.
Al final de una vida puede quedar una fotografía, una canción, una frase, un número de teléfono que alguien tarda años en borrar o una historia que otro contará dentro de veinte años.
Y será suficiente.
La verdadera despedida quizá no ocurra cuando alguien muere, sino mucho después: cuando podemos recordar a esa persona sin pensar en cómo se fue; cuando una anécdota vuelve a hacernos reír; cuando escuchamos una canción y, en lugar de tristeza, aparece una sonrisa.
Entonces entendemos que alguien puede haberse ido y, aun así, seguir formando parte de nosotros.
Mientras tanto, estamos aquí.
Quizá lo más sensato sea llamar esta noche a alguien. Decirle que le queremos. Darle las gracias. Pedirle perdón, si hace falta.
Y después hablar de cualquier tontería.
Tampoco hay que ponerse insoportables.



